H ola...cómo
estás...sí, hablo español... quiero quedarme
en el Perú. ¿En dónde andas ahora?... ¿otra
abra?, sí, ¿Phuyupatamarka?, sí, ¿tercer
día?, sí, ¿altura?, 3,700 m.s.n.m. "¿Y
que leías ayer?", preguntas. No hay respuesta. Ella
desaparece, camina más rápido que tú: "a
mí no me duele la rodilla", se burla.
Pura bajadita, facilito, se alboroza el guía; "facilito,
claro, si es que no te duele alguna parte del cuerpo"...
"Ay, no puedo flexionar la pierna"... y los escalones
son tan altos, tan bajos, tan largos, tan anchos. Interminables.
Paso a paso... uy, papacho, que pena, ya no me va poder acompañar,
se entristece un viejo porteador de ropas raídas y "ojotas
goodyear" (zapatos confeccionados con restos de neumáticos).
Tiene los ojos hundidos y sus arrugas parecen la representación
de los ríos en un atlas. El trabajo es duro, cargamos
carpas, alimentos, balones de gas, de todo, más de 20
kilos, te había dicho el día anterior, cuando
el dolor en la rodilla era apenas una amenaza, un hincón
inoportuno en las inmediaciones del Complejo Arqueológico
de Runkurakay, una de las construcciones incas que anteceden
a la gran ciudadela.
Piedra sobre piedra. Puertas, ventanas, galerías... ¿te
gustan?, claro, son impresionantes. "Los incas eran unos
grandiosos arquitectos", musitas, ya sin rastros del encono
surgido en la fatigosas pendientes; y la frase la repites hasta
el cansancio al recorrer los complejos de Saqyamarka, Puyupatamarca
y Wiñaywayna o al observar a lo lejos las imponentes
construcciones del Intipata.
"¿Otra vez tú?". Encuentro nocturno
en Wiñaywayna. Última noche. Adiós a los
campamentos. Los grupos de caminantes se despiden en un albergue.
Allí está ella, ahora ya no lee, ahora brinda,
bromea, invita a bailar... "lo siento, no puedo, tú
sabes, la rodilla". Una marejada de aplausos. Reconocimiento
a la abnegada labor de los porteadores, gracias, gracias, misters.
Estrenan una mueca de sonrisa.
El Cusco cada vez está más cerca. Tienes que apurarte,
tienes que acabar la historia antes de llegar a la estación
final: Cuarto día. Hora: 4 y 30 de la mañana.
Amanecer lluvioso, suelo embarrado, viento frío. Se despliegan
impermeables en una caminata sombría rumbo al Inti Punku,
la Puerta del Sol, el sitio ideal para otear Machu Picchu (2,400
m.s.n.m.).
La lluvia se prolonga, las nubes parecen perpetuarse en el cielo.
Horizonte brumoso. No se ve más allá de las narices.
¿Machu Picchu?, allá abajo, ¿no lo ves?..."No,
está borroso"; mala suerte, cosas del clima, qué
se va hacer.
Sólo queda descender para acercarse a la ciudadela descubierta
en 1911, por el investigador norteamericano Hiram Bingham y
disfrutar del hermoso paisaje que la rodea.
Final inesperado. El clima es culpable. ¿Arrepentido?,
"no, jamás, imposible. Aún no me he ido y
ya pienso en volver". Risas prolongadas. Agoniza una aventura...
y ella, ¿dónde estará ella?: En el Intihuatana
o Reloj Solar -ese obelisco donde se realizaba el ritual de
amarrar al Sol para que este nunca dejara de alumbrar- o en
el sector agrícola, con sus magníficos andenes.
Renace el pitido metálico. Se acabó el viaje...
ya no hay tiempo para seguir escribiendo. ¿Y qué
fue de la mujer de los ojos verdes?. Desciendes del tren, tus
manos acarician un libro de tapas rojas o ¿azules?. Caminas
por el ombligo del mundo.

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