A bra de Warmiwañusqa o abra de la Mujer Muerta. Espacio
liberado: cerros, depresiones, coloridos paisajes......... Se
vislumbra un descenso de peldaños y curvas. Ahora pasas
a su lado, está quieta, callada, casi ausente, aunque
sus ojos -soñadoramente verdes- recorren los escuadrones
de letras, puntos y comas, que conforman los ejércitos
alfabéticos de las páginas de un libro.
Ya estás escribiendo sobre el Camino Inca. Tus recuerdos
se entrelazan, se unen, se integran, forman frases y oraciones
que comienzan a reconstruir cuatro días de peregrinaje,
cuatro días de andariega agitación por senderos
que ascienden laboriosamente hasta las abras más escarpadas,
para luego morir en Machu Picchu, la ciudad perdida, la ciudad
de piedra a la que nunca llegaron las huestes españolas.
Más de 40 kilómetros de senderos empedrados que
retan abismos y cruzan tupidos bosques. Capac Ñan, llamaban
los incas a los caminos sinuosos y delgados (su ancho oscila
entre el metro 70 y los dos metros 50) que trazaron en todos
los rincones de su vasto imperio y que eran recorridos por los
Chasquis, los legendarios mensajeros andinos.
Vía férrea Cusco-Aguas Calientes. Kilómetro
82, Piskacucho: puente sobre el río, caseta de control,
hilera de caminantes con jorobas de lona. Ingreso al Santuario
Histórico de Machu Picchu, creado en 1981 para proteger
los valiosos monumentos arqueológicos y la interesante
variedad de flora (30 géneros y más de 90 especies
de orquídeas, por citar sólo un ejemplo) y fauna
(osos de anteojos, gallitos de las rocas, nutrias de río,
entre otros).
Se inicia la aventura. Una pendiente recibe a los visitantes.
Primer escollo para las piernas, que enfrentarán jornadas
diarias de más de cinco horas. Ascenso exitoso. Después,
pura pampita... ¿cansado?, "aún no, todo
bien". Un sorbo de agua, un vistazo al espectacular panorama.
Abajo, el río poderoso, un poquito más arriba,
los campos verdes; y, entre las montañas -bien, pero
bien alto, besando el cielo- una cumbre nevada.
Vuelve a despertar el tren, pero tú no sueltas la inspiración.
Sigues escribiendo: segundo día de la aventura, el más
matado, pura subida, recuerdas las palabras del guía
y evocas tus quejas de cansancio en el sufrido ascenso a Warmiwañusqa
(4,200 m.s.n.m.), el punto más alto de la ruta: "por
qué los Incas lo construyeron todo tan lejos". La
joven de los ojos verdes no te escucha. Lee.
Su imagen te intriga: por qué ella no muestra esa sonrisa
mitad cansancio mitad satisfacción de los otros caminantes,
por qué no parece estar subyugada por la demoledora belleza
del paisaje. Es extraña, sólo lee, con voracidad,
con pasión, como si cada palabra revelara algún
misterio... ¿de los Incas, esos señores de la
altura que se proclamaban hijos del Sol?, tal vez, quién
sabe.
Un libro rojo... o ¿azul? Qué importa ahora. Ella
va quedando atrás. ¿La volverás a ver?;
seguro, el camino hermana, junta, reúne a los peregrinos
en las visitas a los centros arqueológicos (mágicos
recintos de piedra) o en las noches de campamento, cuando un
bosque de carpas invade las alturas andinas. Ruidos lejanos,
riadas de estrellas, olor a frotación, gente extenuada
que deposita su cansancio en sacos de dormir.
continúa.....

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