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La Laguna de los Cóndores y
sus momias

Leymebamba es un pueblo muy pequeño, colonial, acoger y de clima agradable, ubicado en la ribera oriental del Río Marañón (región Amazonas), a 2.203 msnm, con una población de 5.550 habitantes, que saltó a los oídos del mundo en el año 1997, cuando se anunció a la comunidad científica y mundial la ubicación de 280 momias, en perfecto estado de conservación, dentro de recintos funerarios labrados en paredes rocosas, así como una gran colección de artículos fúnebres y ofrendas.

En junio de 1997 se produce el hallazgo de una gran cantidad de momias y artículos diversos, en unas montañas cercanas y a día y medio de caminata y cabalgata, que al ser expuestos permitieron apreciar la más fina colección de objetos Chachapoyas, Chimú e Inca jamás desplegados sobre las bancas y mesas del municipio distrital de Leymebamba.

En ese momento las apreciaciones iniciales eran por demás alentadoras, incluso un inventario superficial hubiera abrumado a cualquier persona. Destacaba un gran manto rojo combinado con azul en las mejores condiciones y sin mayor signo de deterioro; docenas de vasijas en buen estado; artículos en madera; jarrones de madera; cerámica decorada; un recipiente tallado, aparentemente de uso ritual; varios quipus, siempre misteriosos y desafiantes intelectualmente.

Confirmando la teoría de que los Chimú se fusionaron con ellos, parte de los objetos era de clara influencia Chimú, otros presentaban una marcada influencia de otras culturas, algunos muy incaicos y, para sorpresa de muchos, una vasija claramente colonial. Algunas de las vasijas parecían provenir de la cultura Chimú, que los Incas conquistaron; algunas máscaras y cetros de madera parecían pertenecer más al estilo Chachapoyas, muy extendido antes de que los Incas conquistaran esta región; y una vasija incluso mostraba claros signos de influencia colonial española. Cuatro fardos de momias bien envueltos en sencillo algodón de color crema yacían en el piso. Estos tampoco mostraban signos de deterioro.

Era el año 2002 un día de agosto y nosotros pasábamos por Leymebamba, viniendo desde Celendín, y después de 9 horas de viaje, ingresamos al pueblo para comer algo, ver la posibilidad de dormir y continuar nuestro viaje el día siguiente, hasta Tingo, para desde allí subir hacia Kuélap. Al ingresar a un sitio pequeño que ofrecía comida local y sentarnos en una mesa larga, escuchamos a un vecino comensal sobre lo interesante que habría sido vivir en la época de los Chachapoyas, caminar por los dominios del pueblo Sachapuyo, conocer sus secretos y su cultura. Esto nos atrajo inmediatamente y nos cautivó. Después de unas horas y haber entablado una amena conversación, ya hablábamos de la posibilidad de conocer la Laguna de los Cóndores.

Al día siguiente ubicamos a Fernando Rivas, un guía reconocido, cordial, ameno, muy conocedor de la ruta. Nos recomendó tomar mulos y caballos para todos, ya que parte de la ruta era en ascenso y otra en descenso. Conseguimos carpas, buenas bolsas de dormir, abrigo, ropa interior limpia, alimentos y bebidas, sin omitir nuestro botiquín, linternas y cámaras de video y fotos.

Una mañana de agosto, bajo un cielo azul, en el que destacaban nubes aisladas, acompañado por tres mulas y cinco caballos, nuestro guía, dos acompañantes y todas nuestras provisiones, carpas, ponchos plásticos, botas de jebe, bolsas de dormir, fósforos, emprendimos nuestra aventura hacia la misteriosa Laguna de los Cóndores, un viaje de diez horas por una exigente ruta, felizmente en época poco lluviosa.

Avanzamos a lomo de mula a través de un sendero estrecho que nos conducía por las alturas, al este de Leymebamba. Esta región se caracteriza por una larga temporada de lluvias y una corta estación seca, y las elevaciones que nos rodeaban lucían verdes y boscosas, con muchos pastizales despejados. Seguimos el tramo de un sendero empedrado que claramente se podía apreciar eran restos de un camino Inca.

A medida que dejábamos atrás los valles arbolados y ascendíamos por elevaciones oscuras, empezamos a toparnos, cada vez con mayor frecuencia, con profundos charcos de oscuro barro. Almorzamos en un lugar alto, disfrutando algunas conservas, bastante líquido y algunas galletas, luego empezamos a descender por otra vertiente. El barro era cada vez peor, teníamos que desmontar con frecuencia y los charcos parecían sucederse durante todo el camino. Estábamos en una ciénaga y nos encontramos con Oscar Talledo, un explorador peruano muy interesado en conocer esta cultura y su imponente obra; aprovechamos el encuentro e intercambiamos conocimientos e impresiones. Luego de una amistosa conversación, un refrescante refrigerio y una calurosa despedida, reanudamos nuestras marchas, para un kilómetro más adelante observar a uno de nuestras mulas enterrarse aterrorizada hasta la panza en un agujero de barro negro en el camino. Sacarla nos costó dos horas de arduos intentos. Pero ya anochecía y teníamos frente a nosotros un precario refugio en medio de una elevación. Eran las siete de la noche y estábamos cerca de la Laguna de los Cóndores, el lugar causante de nuestra inmensa curiosidad. Habíamos caminado casi doce horas y nuestro cuerpo exigía reposo. Nos instalamos, comimos con bastante apetito y preparamos nuestro descanso. Nuestro recorrido había sido exigente, pero a la vez compensado por una belleza del paisaje impresionante. Y aún nos quedaba el regreso.

Al día siguiente, después de haber pasado bastante frío durante la noche, tomamos un reparador desayuno, recogimos nuestras carpas y bolsas de dormir y empezamos a armar nuestro bote, frente a una imponente laguna enclavada entre altas paredes de roca, con frías aguas y muchas truchas. Luego cruzamos la laguna con nuestro guía, quien hizo el viaje tres veces trayendo a nuestros compañeros y el equipo que necesitábamos para subir a tan desafiante complejo. Mientras subíamos y mirábamos hacia lo alto de la pared, distinguimos los recintos que habían albergado a las momias que vimos en el museo de Leymebamba antes de iniciar nuestro viaje.

Recién pudimos comprender la magnitud del trabajo al labrar en la roca sus recintos, para después rellenarlos con bloques de piedras pegados con argamasa y decorados con pinturas en ocre rojo, muchas con figuras geométricas, con restos diseminados en el piso, trozos de tejidos aún conservados y, por supuesto, una profunda sensación de respeto a ese lugar que albergó por casi quinientos años a seres humanos pasados a mejor vida.

La visita fue insuperable, y el retorno ocurrió al tercer día. Llegamos a Leymebamba bastante cansados y exhaustos, con mucha hambre, ganas de darse un baño reparador, dormir en una cama y pensar en lo que pudimos apreciar, casi trasladarnos hasta la época en que se produjeron los entierros Chachapoyas, sus símbolos, sus visiones sobre el otro mundo.

 
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