Los campanarios
besan las nubes y las calles,

empinadamente
melancólicas, conducen a decenas de preciosos templos coloniales,
símbolos perpetuos de la fe inquebrantable de los hijos
de
Ayacucho, una ciudad de historias y
añoranzas, que se vuelve lágrima en la Semana Santa o al
escuchar la voz embriagada de amor y soledad de sus míticos
cantores.
Rodeada de tunales de formas caprichosas y bendecida por
un clima

templado
y saludable, la ciudad de
Ayacucho, capital
del departamento del mismo nombre, es uno de los atractivos
turísticos más importantes de la sierra peruana, porque
conjuga los vestigios de las culturas primigenias, con la
majestuosidad de las construcciones coloniales.
Conocida como la ciudad de las 37 iglesias,
Ayacucho
fue fundada el 25 de abril de 1540 con el nombre de Huamanga,
pero su historia se remonta a más de 15 mil años, con la
presencia de grupos humanos en la cueva de Pikimachay. Además,
en estas tierras, surgió entre los siglos VI y XII, la primera
estructura estatal del mundo andino: la cultura Wari.
Y
fue en la pampa de la Quinua, localizada a 32 kilómetros de
la ciudad, donde las tropas del libertador Simón Bolívar,
sellaron la independencia del continente, al derrotar al ejército
realista en la gloriosa batalla de
Ayacucho,
que tuvo lugar el 9 de diciembre de 1824.
Historia y presente en una ciudad andina que se encuentra
a 570 kilómetros de Lima y a 2,761 m.s.n.m.,
Ayacucho
-tierra de iglesias y casonas solariegas, de cantores y afamados
artesanos- deja su marca de libertad y melancolía en el corazón
de todos aquellos que recorren sus calles o contemplan los
campanarios que besan las nubes.