Sobre una pequeña saliente de la costa que ingresa al mar se ha formado una punta (como la torre de una iglesia) y en el centro una especie de cueva que desemboca en el mar. Otros grupos de turistas están dentro tomando fotos y dejándose atrapar por encanto que toda cueva esconde dentro.
Al ingresar observamos las paredes, las rocas del suelo simulando ser bancas, el agua que fluye suave y las olas reventando con fuerza al otro lado de la cueva. Don José, nuestro guía, nos explica que allí habitan varias especies de aves marinas y la Nutria Marina, lamentablemente una especie en vías de extinción.
Salimos de la cueva, trepamos nuevamente hacia lo alto de la duna y caminamos por el borde del barranco para tener una mejor vista de la torre de la catedral y tomar nuestras propias fotografías de una de las imágenes más famosas del Departamento de Ica.
Tormentas de arena
Nuevamente al bus y esta vez es para ir a almorzar. Llegamos a Lagunilla, una playa que posee un paisaje bastante particular. La arena de la orilla es de un rojo ocre bastante intenso que contrasta con el dorado de las dunas que rodean la playa.
Baje inmediatamente del bus, los recuerdo de niñez venían por montones. Alguna vez, mi familia y yo nos habíamos perdido todo un día en el desierto tratando de encontrar esta playa, en una de nuestras innumerables aventuras en este lugar.
En el restaurante todos compartimos la mesa y disfrutamos de una variedad de mariscos y pescados frescos mientras Don José nos relata sus anécdotas. Los extranjeros tratan de sonreír mientras apuran grandes vasos de agua, el cebiche esta muy picante y sus caras se tornan de un rojo mas intenso que del propio ají. Todos reímos y brindamos por el valor de los extranjeros.
El almuerzo acaba y vamos a caminar un momento hasta que los gritos de Don José nos avisan que tenemos que irnos y rápido al mismo tiempo que señala como una de las famosas "Lluvias de arena" (tormenta de arena) se acerca a nosotros a bastante velocidad.
Nos refugiamos en el bus y reemprendemos la marcha, por momentos nos sentimos como protagonistas de una película huyendo de esa pared de arena. Es francamente divertido y le agrega la cuota de emoción a nuestro viaje. Cuando llegamos al museo de sitio tenemos que correr a la entrada ya que la lluvia de arena nos ha alcanzado y cala en la piel hiriéndonos como con miles de agujas.
Entramos al museo cubiertos de arena y es francamente divertido ver a los demás con arena hasta en las orejas aunque se que me encuentro en las mismas lamentables condiciones. Don José nos lleva al interior del museo Julio C. Tello y vitrina tras vitrina averiguamos algo sobre una de las culturas más importantes de esta parte del país.
Los Paracas formaron una sociedad que se desarrollo entre los años 700 al 0 a.C., y que impresionaron al mundo por la belleza de sus mantos tejidos. En el museo se exponen algunas de estas piezas, así como algunos cráneos a los cuales se les había practicado trepanaciones como parte de alguna practica curativa. Se puede observar, además, algunas reproducciones de escenas de la vida diaria de esta cultura. Otra cosa que llamo particularmente mi atención fueron los cráneos deformados, según los expertos estas deformaciones se iniciaban desde muy niños y era un símbolo de nobleza.
La tormenta ha pasado y podemos volver al Chaco. Mis compañeros de aventura vuelven a Pisco pues siguen su marcha hacia Nazca, yo me detengo una vez mas frente al muelle mientras veo como algunos niños juegan a meterse en algunos paracas (pequeños remolinos de arena) exactamente como mis hermanos y yo lo hacíamos.
Paracas es misterio, belleza e historia, todo ello atrapado en las costas de un lugar que no termina de crecer y que ofrece a sus visitantes la calidez de su clima y su gente. Ahora tiene un nuevo rostro y estoy feliz de haber descubierto y de volver llena de nuevos recuerdos.