Luego de la sorpresa inicial y casi con un movimiento sincronizado todos sacan sus cámaras y empiezan a tomar decenas de fotos. Todos quieren una foto del Candelabro para, seguramente, de regreso a sus ciudades contar las leyendas que envuelven estas costas.
La lancha vuelve a tomar velocidad y esta vez el trayecto es más largo, hasta que al fin podemos ver los islotes. Las aguas se pueblan de expertos nadadores, cientos de Lobos Marinos, de todos los tamaños, se mueven de un lado a otro. Nadan, hacen una que otra pirueta, suben a algún peñón, se lanzan al agua y todo vuelve a empezar, más piruetas, otro peñón y nuevos saltos. Todos aplauden y la sesión fotográfica parece interminable.
La lancha baja la velocidad hasta casi dejarse llevar por las olas, nuestro guía inicia una interesante explicación sobre las especies que habitan esta parte de la Reserva, nos explica que esta es la única área protegida del país que comprende dentro de su extensión un ecosistema marino. Nos habla también del importante papel que las aves guaneras jugaron dentro de la economía peruana en décadas pasadas cuando el auge del guano permitió al Perú ser uno de los países más ricos de Sudamérica.
Aunque algunos tours ofrecen bucear junto a los lobos marinos ese no es mi caso, por el contrario prefiero seguir contemplando como la vida invade cada centímetro de roca. Como la naturaleza ha creado una armónica y perfecta convivencia entre todos los seres vivos que habitan estos requeríos, creando en medio del mar una maravilla natural que nos asombra.
Luego de dar algunas vueltas alrededor de las peñas el bote vuelve a aumentar la velocidad y nos alejamos de las Islas Ballestas, los minutos avanzan y con el aire fresco del mar pegando fuerte en mi cara voy grabando esas nuevas imágenes en mi memoria. Nuevos recuerdos sobre un lugar que siempre será fascinante.
Nuevamente estamos en tierra firme y el hambre hace que mi estomago ruja, voy a ver a Doña Elena y ella, casi adivinando que regresaría, ha preparado algo especial para mi. Un enorme plato de cebiche de mariscos, camarones y pescado fresco me espera, acompañado del infaltable vaso de cebada helada.
La tarde ha empezado y decido dar una caminata por la playa, lamentablemente la contaminación ha causado grandes daños en el Chaco y ya no es más un balneario para días de verano. Me quedo el resto de la tarde conversando con algunos turistas que llevan meses viajando y finalmente vuelvo al hotel. La noche está tibia, el cielo despejado y un fresco olor de mar entra por las ventanas, duermo tranquilamente arrullada por el sonido de las olas.
Belleza e historia de un refugio junto al mar
El nuevo día trae un sol espectacular, voy al Chaco y Ángel esta en el muelle otra vez, me ha conseguido un tour para visitar el resto de la Reserva. Somos cinco personas en un pequeño pero confortable bus, una arequipeña y su novio norteamericano, dos australianos y yo.
Ingresamos a la Reserva y tras unos minutos nos detenemos. Nadie tiene la menor idea de cual es la razón pero el conductor saca unos binoculares y nos dice que miremos hacia el mar. Comiendo despreocupadamente y sin nadie que los moleste decenas de Flamingos caminan por la orilla de la playa. Las imágenes de mis libros de historia vienen inmediatamente a mi mente, es en esta orilla donde se dice que el Libertador José de San Martín vio en sueños a estas aves, concibiendo así la idea de la Bandera del Perú.
Nos quedamos un rato mas viendo a estas aves, mientras tomamos algunas fotos, luego nuevamente al bus y de vuelta al camino. Esta vez nuestro recorrido es más largo, el calor de la costa iqueña va aumentando y las siluetas de los cerros de arena se dibujan sin fin en el horizonte.
El tiempo pasa y nos volvemos a detener, el guía nos hace bajar por una duna hasta la orilla del mar. Todos chapoteamos felices en las pequeñas olas que llegan a la orilla, hasta que vemos la razón de nuestra venida aquí frente a nosotros. "La Catedral" esa famosa formación de arena, tallada por el tiempo y el viento, ubicada entre las Playas Yumaque y Supay nos espera.