Como un reloj suizo, doña Consuelo nos despierta a las siete, un café recién pasado nos ayuda a despertar. Sin duda nosotros debíamos tener dibujadas las mismas caras de mala noche que viéramos en los demás el día anterior.
Héroes del camino, siguiéndole los pasos a la aventura
El sol hiere nuestros ojos, pues Huaraz nos regala otro día de cielos despejados. Llegamos al paradero de los buses turísticos y vemos a varias de las personas del tour anterior. Nos animan a subir al bus que nos lleva a Chavín. A las nueve en punto nuestro guía sube, un limeño de madre argentina y padre peruano que se enamoró de Huaraz, se volvió guía, chamán y se quedo a vivir en esta ciudad de cumbres nevadas.
El viaje transcurre lleno de risas. Toñito es simplemente un showman y además de las historia de cada pueblo que parece conocer como el más ilustre de los lugareños, narra con sarcasmo como los relaves mineros "adornan" el paisaje de una parte del camino. Nuestra primera parada es para contemplar la maravillosa Laguna de Querococha, ubicada en una explanada de ichu dorado a casi cuatro mil metros de altura. Volvemos al bus y la clase de historia continúa.
Kilómetros mas adelante pasamos por debajo de la Cordillera Negra, según nos dice Toño cuando la oscuridad de un túnel que parece no tener fin nos envuelve. No bien salimos aparece frente a nuestros ojos el Callejón de Conchudos, formado por la Cordillera Negra y la Cordillera de la Viuda. "Quién quiere hacer trekking?", pregunta Toño y casi todo el bus levanta la mano. Asombrado por el entusiasmo, promete escoger un tramo "interesante". Debí adivinar que significaba interesante para él.
Mientras tanto seguimos nuestro camino, curvas y más curvas que rodean los cerros. Nos detenemos por un momento. Una fila de buses espera en línea a que limpien el camino. Ha habido un derrumbe y no es posible pasar todavía. Todos bajan. Toño comienza a llamar a los caminantes. Una larga fila se ha formado y, como el sol sigue quemando, decido volver al bus a dejar mi pesada casaca. No bien bajo todos empiezan a subir, "ya no hay trekking?" pregunto desilusionada, "claro que sí, anda, allá están", dicen en coro todos y el bus parte. Me acerco y el que fuera un nutrido grupo ahora esta formado por solo cuatro personas y el guía, incluso mi compañera de viaje volvió al bus. Me acerco y descubro la razón. El trekking será por la ladera de un cerro tan empinado que con solo acercarse a la orilla causa vértigo. Volteo para huir igual que los otros pero ya es muy tarde. Sóo logro ver la estela de polvo que nuestro transporte deja mientras se aleja.
No hay más remedio que seguir adelante, pienso, sin saber bien en lo que me metía. El camino está formado por delgadísimas sendas llenas de piedras pequeñas e ichu que nos hacen resbalar a cada instante. Me siento por un momento, no puedo seguir, pienso mientras escucho la voz de Toño que me anima a continuar. Reviso mi entorno. Ya he bajado demasiado para volver pero aún falta demasiado para terminar, descubro que arrastrarse es una manera no tan vergonzosa, en estas circunstancias, de seguir. Sin embargo, Toño puso mis brazos sobre sus hombros y empezó a correr cuesta abajo conmigo siguiéndole los pasos. Poco antes de llegar al final me libera y se libera de mis gritos que debieron dejarlo sordo. Gracias a Dios, tuve tiempo de frenar antes de irme de cara por alguno de los innumerables precipicios que hacían mas "emocionante" nuestra caminata. Una pareja que nos acompañaba ya había dado varios tropezones y habían caído más de una vez. A estas alturas y ya tan cerca del final no importaba nada, todo era parte de la diversión.
Finalmente llegamos y unos minutos después el bus nos alcanzó. Cuando subimos, aplausos y risas de los demás compañeros de viaje que nos veían ahora como los héroes de la jornada. Llegamos a Chavín y lo primero fue ir a almorzar. La mayoría compartía la mesa con los nuevos amigos. Algunos extranjeros trataban de encontrar la forma de comer cuyes chactados sin sentir la mirada vigilante de esos animalitos que yacían en sus platos.
Terminamos pronto y Verónica, algunos nuevos amigos y yo, salimos a caminar. Un grupo de niños jugaba fútbol en la calle e improvisamos un partido que perdimos por goleada. No había aire que alcanzara para llenar nuestros costeños pulmones y aquellos niños de mejillas rosadas y miradas inocentes encontraron francamente divertido vernos resoplar cada dos metros de carreras.
Historia de un antiguo Dios
Toño empieza a llamar a todos a la entrada del Centro Arqueológico de Chavín. Nuestro grupo era el más entusiasta, tanto así que gente de otros grupos pedía permiso para unirse y Toño accedía siempre con la sonrisa de quien se siente una estrella.
Monumento tras monumento la sabiduría de los antiguos Chavín se nos fue revelando. Esta cultura, desarrollada entre los años 1,000 al 200 a.C. fue una de las primeras grandes culturas del antiguo Perú. Recorrimos todo el complejo, pero fue en los pasadizos subterráneos del Templo Viejo que la magia de Chavín nos atrapó.