Consuelo, la dueña del hospedaje, nos recomienda ir a descansar temprano para terminar de aclimatarnos y así evitar el soroche (mal de altura).
A los pies del Huascarán
Muy temprano en la mañana una sinfonía de gallos cantores nos despierta. Ya no cabe duda. Estamos muy lejos de la gran ciudad y aquí, en el campo, el día empieza no bien aparece el sol, no bien los panes de piso abandonan los hornos y no bien el café pasadito es servido. Trozos de queso fresco a granel, pan calientito y café son suficientes para calmar el hambre.
Doña Consuelo nos recomienda ir a la placita desde donde parten todos los buses de turismo. "Vayan a los pueblitos que están cerca, si se van a la altura les puede dar soroche" nos dice con aire de mamá preocupada, y desaparece detrás del humo de las tazas de café que sigue sirviendo a los demás huéspedes que tienen la mala noche grabada en la cara.
Llegamos al paradero de los buses turísticos a espaldas de la avenida Luzuriaga, los mismos guías para ofrecer el viaje. Siguiendo la recomendación de Doña Consuelo decidimos tomar un tour hacia la Laguna de Llanganuco. Nuestra primera parada es en Yungay, todos guardan un silencio respetuoso mientras el guía nos relata los tristes hechos que sepultaron por completo a este pueblo. Algunos fierros retorcidos sobresalen de la tierra, han quedado atrapados para siempre. Las puntas de las cuatro palmeras que adornaban las esquinas de la plaza de armas aun pueden verse. Acompañando al grupo hay extranjeros y algunos descendientes de la gente que murió bajo estas toneladas de barro y piedras. No solo es el guía el que explica ahora, son varias las personas que se animan a contar su historia, y aunque hayan pasado los suficientes años para superar la tragedia, sabemos que Yungay todavía duele en el alma de los hijos de Huaraz.
Seguimos nuestra ruta y a 25 km al noreste de Yungay se encuentran las Lagunas de Llanganuco. Todos bajan presurosos, el sol brilla intensamente regalándonos un cielo totalmente azul y despejado, al frente, como una enorme turquesa atrapada entre las montañas esta Chinacocha o "Laguna Hembra" y a un costado, reflejando su belleza en esas cristalinas aguas, el Huascarán muestra imponente su cima nevada.
Hay un pequeño embarcadero y decidimos tomar un botecito que nos lleva hasta la mitad de la laguna, el aire empieza a correr fuerte y como por arte de magia aparecen algunas nubes que tapan nuestro maravilloso sol. El frío aumenta, empiezan a caer algunas gotas de lluvia y todos empezamos a congelarnos. El único que ríe es el "capitán" de nuestro bote, que sabe que un poquito de agua no nos hará daño. Alguien saca un termo pequeño y empezamos a compartir unos sorbos de tibio mate de coca. La complicidad se ha armando entre estas 10 personas que difícilmente hablan el mismo idioma pero que sienten el mismo respeto y admiración frente a tan bella creación de la naturaleza.
Llegamos sanos y casi secos a la orilla y compramos algunos pedazos de chicharrón, queso y choclo, que se ofrece en unos puestos de comida junto a la laguna. Es francamente imposible describir la sensación de estar allí, a 3,800 msnm, al pie del Huascarán, con una laguna demasiado hermosa para ser real enfrente y con un aire tan puro que logra quitarnos todo el cansancio de encima. Densos bosques de queñuales cubren las orillas y algunos se animan a hacer una caminata. Fotos por aquí y por allá, los clicks parecen no terminar nunca. Pueden llevarse lo que quieran de este lugar…siempre que sea en fotos, dice el guía a modo de broma y asegurándose de paso que todos sepan cuidar el lugar.
De regreso al bus la gente empieza a conversar alegremente, los lazos se van estrechando, algunos comentan felices su experiencia en otros viajes en otras tierras, del castellano se pasa al ingles, al francés y un poco al alemán, eso creo. Nuestra ultima parada es en Caraz. Bajamos a comprar el famoso manjar blanco y la cristalina miel de abeja de este pueblo, todos estiran sus billetes como niños para poder llevarse un poco y el vendedor sonríe paciente. Se me ocurre, mientras estiro también mi billete, que esta escena debe repetirse día tras día.
Quédate hasta el amanecer
Volvemos a Huaraz al atardecer, cansados en extremo pero con ganas de seguir disfrutando de nuestro viaje. Es jueves, pero a nadie parece importarle. Grupos de jóvenes se reúnen en las esquinas a tomar unos tragos antes de ir a la discoteca. Nosotras preferimos ir de una vez. Está casi abarrotada, jóvenes y no tan jóvenes bailan y toman felices, comparten sus experiencias del día. Algunos lucen una sonrisa triunfante y casi podemos adivinar que tuvieron un día lleno de aventura.
Casi al amanecer hemos hecho un grupo de amigos, huarasinos, limeños, americanos y un francés, salimos cantando y brindando, no hay mejor lugar que Huaraz. Mientras tanto, la ciudad se va preparando para despertar y nosotros tenemos que apurar el paso para dormir algunas horas antes de nuestro próximo tour.