A pesar del viaje decidimos buscar un restaurante y almorzar antes de continuar nuestra visita a Tingo. Todos vendían comida típica que nos era totalmente desconocida, por lo que escogimos el lugar que tenía más público. Ordenamos tacacho con cecina, juane, bistec de picuro y chifles, y para acompañar jugo de cocona. No teníamos la menor idea de lo que llevaba cada plato, y al final el almuerzo estuvo bastante bien.
Como ningún otro lugar
Con las energías renovadas aunque muriendo de calor buscamos a “Michael Schumacher” para ir a la Cueva de las Lechuzas, en el Parque Nacional Tingo María. Llegamos al pie de la “Bella Durmiente” y la vegetación lo invadía todo. Seguimos la amplia senda que conducía a una larga escalera que subimos lentamente para no sofocarnos.
Cuando terminamos de subir las escaleras, nos detenemos para admirar algo que seguramente ninguno de nosotros había visto jamás en sus vidas. Frente a nosotros, a mitad de la montaña, había un inmenso boquerón, una inmensa cueva de piedra caliza con estalactitas colgando del techo y con curiosas figuras de piedra por todos lados, como bosques de piedras en miniatura.
El olor es bastante fuerte ya que la cueva es el hábitat de cientos de murciélagos que cubren por completo el techo. El primer tramo está formado por unas plataformas de madera con pasamanos que seguimos lentamente, poco a poco nos vamos introduciendo en la penumbra, en las entrañas de la tierra. La cueva va perdiendo tamaño y el camino de madera se acaba, ahora hay que seguir sobre tierra (o abono). Las emociones son una mezcla entre asombro, emoción y un poco de temor.
Ya nadie está con nosotros, los otros turistas han ido saliendo, agarramos con fuerza las linternas y contemplamos cada palmo de los muros. Erick nos señala una extraña figura en la pared del fondo, algo que parece ser la silueta de un hombre escapando de la roca, luego un sonido muy fuerte como un rugido nos hace salir corriendo. Más tarde nos enteraríamos de que es el sonido que hacen los guacharos, un ave que habita la cueva.
Nos quedamos un rato más, contemplando la cueva desde la entrada y sentimos la satisfacción de haber conocido un lugar como ningún otro: el objetivo de nuestro viaje se ha cumplido.
Caminamos finalmente un rato por algunos de los senderos del parque para conectarnos con la naturaleza y luego buscamos a nuestro piloto de carreras para regresar a Huánuco. Nadie dice una palabra durante todo el camino, nuestro conductor pasa a uno y otro carro, hace maniobras que nos quitan el aliento y creemos que lo mejor es no molestarlo.
Finalmente llegamos sanos y salvos y nunca estuvimos más contentos de caminar. Al llegar a la casa tomamos un pequeño descanso y salimos a continuar nuestra noche. Al día siguiente hay que volver a Lima. Y Huánuco, sus provincias, su gente, sus comidas y sus lugares hechizados estarán siempre en nuestro corazón.