Dejamos la hacienda con un poco de pena. Huánuco es realmente divertido. Nuestro conductor-guía nos lleva ahora a Tomayquichua, un poblado a 18 km de la ciudad, formado por casas antiguas, calles angostas, gente amable y paisajes extraordinarios. No bien vamos llegando oímos los fuegos artificiales y todos sonreímos: la fiesta continúa.
Hay alguna fiesta en el pueblo, hay feria, fuegos artificiales, danzantes con trajes multicolores que pasean por todas partes y puestos de comidas típicas rodeando la plaza. Algunas señoritas nos colocan cuyes fritos ensartados en palitos casi en la cara, las vendedoras de comida nos llaman revolviendo sus humeantes guisos cocidos en ollas de barro. Luego de tanto aguardiente el hambre gana y ya que llegamos en día de fiesta no podemos perder la oportunidad de seguir celebrando.
Invitamos a José, el taxista, a nuestra mesa en uno de puestos de la plaza. Primero llegan las jarras de chicha de jora que alegran aun más la tarde. José nos cuenta que el escritor peruano Enrique López Albújar solía venir a este pueblito y en él se inspiró para escribir su novela “El hechizo de Tomayquichua”.
Ordenamos diferentes platos para probar la variedad. La mesa se llena con picantes de cuy, pachamanca de chancho, picante de queso, picante de carne, locro de gallina y chicharrón con mote. La chicha sigue llegando, la banda toca en algún lugar de la plaza, las bombardas siguen surcando los cielos y Tomayquichua nos ha hechizado.
Después de terminar el almuerzo caminamos hasta la casa donde alguna vez vivió Micaela Villegas, La Perricholi, aquella famosa cantante que se convirtió en amante del virrey Amat durante la época colonial. La casa sigue la arquitectura típica de la provincia, techos altos y arcos en las puertas. Todavía pueden apreciarse algunos de sus objetos personales, como una cama, un tocador y algunas mesitas, pero tal vez lo más interesante sea su fotografía, probablemente la única que existe.
Volvemos a Huánuco, nos despedimos de José y caemos rendidos en nuestras camas. Ya es de noche cuando despertamos y el cielo está nuevamente despejado, no tenemos muchas ganas de ir a bailar pero tenemos muchas botellas de aguardiente que pueden amenizar nuestra noche. Pedimos permiso para hacer una pequeña fogata que luego Janice convirtió en algo parecido a un altar en honor al fuego por la cantidad de leña que usó.
Conversamos, nos reímos, escuchamos historias. Había algo especial en esa noche de luna junto al fuego y junto a buenos amigos, algo así como una lejana costumbre casi olvidada donde al final del día la gente se sentaba alrededor de una fogata a contar historias y leyendas.
Schumacher peruano
Tercer día de viaje y todavía cuesta levantarse temprano. Son las ocho y luego del desayuno salimos en busca de algún auto que quiera llevarnos a Tingo María.
Para llegar a Tingo María hay que recorrer unos 135 km desde Huánuco. El paisaje va cambiando y la vegetación aumenta conforme avanzamos. Las curvas también abundan y lamentablemente nuestro conductor creía ser un piloto de carreras que por momentos nos tenía estrellados contra una puerta del auto y luego contra la otra según como las curvas iban apareciendo.
A la mitad del camino simplemente tuvimos que parar y correr a conseguir algo para el mareo en una tienda del camino; lo extraño era que nuestro conductor parecía no notar lo que ocurría. Finalmente llegamos a “Tingo”, como le dice comúnmente la gente, y el calor era abrasante.
Es un pueblo muy rural con una avenida principal por donde corre una especie de bulevar. A un costado está un inmenso mercado y varios restaurantes y tiendas. Y al fondo con imponente presencia descansa la Bella Durmiente una cadena montañosa (Puma Ringri) que asemeja el perfil de una mujer echada, una imagen que habíamos visto hasta el cansancio en nuestros libros de geografía, pero que ahora se mostraba hermosa delante de nosotros.