Máncora tiene una historia que se remonta a la época de la Colonia, más precisamente a 1629, cuando la Hacienda de Máncora es adjudicada por el mismo Rey de España al capitán Martín Alonso Granadino. Para 1705, estos terrenos -que eran extensos y se prolongaban desde el río Chira hasta el río Tumbes- pasan a propiedad del Convento Belén de Piura, y luego, en 1827, a don José de Lama. En el año de 1865 la hacienda quedó dividida, tocándole "Máncora" a doña Juana Lama de Cardó, la misma que el año 1876 fue vendida a don José Figallo, y éste la vendió a la familia Boracino Figallo. Con la reforma agraria, en 1975, los trabajadores se convirtieron en propietarios, y para 1989 es reconocida como Comunidad Campesina de Máncora.
Pero un 14 de noviembre de 1908 se crea como distrito de la provincia de Paita, cuya capital es el poblado de Pariñas (Talara). Según cuenta una de las leyendas sobre el origen de su nombre, existía en la época de la colonia un pescador que había perdido uno de sus brazos, pero que siempre se postraba ante Dios (manco-ora) para lanzarse hacia el mar en busca del sustento diario.
La pesca es la principal actividad económica de Máncora (también el turismo), pues sirve de sustento para sus ocho mil habitantes. Cada día se lanzan al mar más de cuatrocientos pescadores en busca de una buena faena. Cuando la pesca es buena, los pescadores llegan contentos y cargados de especies como el merlín, atún, espada, etc., con un promedio de casi 200 toneladas al mes. Un ochenta por ciento se destina a los mercados de Chiclayo y Lima, y sólo un veinte por ciento queda en el distrito.
Para Braulo Díaz, biólogo del Instituto Peruano del Mar (IMARPE), Máncora es la caleta con mayor número de especies -más de cien- en toda la biodiversidad del país. En la década de los sesenta, Máncora fue considerada el "boom" pesquero por ser la principal zona de extracción del país, y una de las más conocidas en el mundo, en especial por la presencia del pez espada. En la actualidad se siguen extrayendo muchas especies de interés comercial, como el atún, merluza, pota, sierra, pez vela, merlín, entre otras.
Otras de las bondades que ofrece al turista este balneario son sus hostales. Los más exclusivos están ubicados cerca del mar, y, como es de esperar, están todos reservados para la fiesta de fin del milenio.
Uno de ellos es Las Arenas de Máncora Beach, donde se puede degustar más de cien platillos entre carnes, pescados y mariscos, exóticos tragos y cocteles, practicar la caza submarina, pasear a caballo, ping pong y lona saltarina. Además de sus cómodos bungaIlows dobles y familiares, todos con terraza de vista al mar. También está Máncora Beach Bungallows, que ofrece lo mejor en mariscos, tragos y música, paseos y pesca en lancha y amplias terrazas con hamacas,
Si busca algo menos exclusivo y no tan caro, Sol y Mar, punto de reunión de la juventud. Pilar Solís de Zambrano, su propietaria, nos asegura que para fin de año todas las habitaciones están reservadas, en su mayoría por limeños. Para esa fecha el hostal está ampliando sus instalaciones para recibir como se debe el fin del milenio.
No podemos dejar de mencionar los ricos platos que se sirven en los restaurantes de Máncora. Para los paladares más exigentes está el famoso Espada, ubicado, como todos los principales restaurantes, en la avenida Piura, vía principal de Máncora. Harto conocido por los lugareños por su especialidad, la parihuela tipo espada, y las gigantescas langostas a lo macho.
Pero además de playas y buenas comidas, Máncora también ofrece la oportunidad de adentrarse en la Reserva Natural de Cerros de Amotape, cuyo ingreso a un kilómetro de la población permite el encuentro con los bosques de algarrobos y observar especies animales como pumas, ciervos y pacazos (lagartos), por cierto, con el manejo apropiado de organismos nacionales e internacionales. Allí, a un par de kilómetros de la entrada, se encuentra la propiedad de la alemana Heidí Christian. Hace cinco años ella llegó en un velero desde Alemania, y ni bien pisó el suelo norteño se quedó para siempre. Se quedó encandilada con Máncora. En la actualidad se dedica a la crianza de caballos, que los alquila en los hoteles como parte de un paquete turístico para los visitantes. Sin las comodidades de la gran ciudad, Heidí convive feliz con la naturaleza, el aire puro y la paz que sólo esta tierra le pueden dar.
Al momento del retorno, Máncora nos despide como nos recibió: con su enorme y rojizo sol sumergiéndose en el mar.