Texto Laura Mayoral
Fotos José Alva S.
ppalva@yahoo.com
Pucallpa
Selva. Una palabra. Sólo una palabra que significa todo un mundo. Primitivo, exótico, exuberante, misterioso e impasible. Como si se hubiera quedado dormido desde el principio de los tiempos. Pero de una intensidad tal que deslumbra la retina, igual que fogonazos de luz.
Estos pensamientos van surgiendo en mi cabeza mientras veo a través del cristal por primera vez la selva. La selva de Ucayali, región del centro oriente peruano. Y continúo mirando y observando palmo a palmo la frondosa vegetación que pasa frente a mis ojos. Y es que soy yo, una europea que sólo ha visto la selva en documentales, quien ahora puede estirar la mano y tocarla y sentirla. Sin intermediarios.
Estoy dentro de una combi de mala muerte sobre una carretera de peor muerte todavía. Entre tumbos, adelantamientos y el polvo que se mete por las ventanas, termino zarandeada, cansada, con el cuerpo molido.
Es la carretera Federico Basadre, que comunica Pucallpa, la capital de Ucayali, con Aguaytía, una localidad de la provincia de Padre Abad. Esta vía además conduce hasta Lima si recorres en 22 horas los 860 km. que separa este rincón de la selva con la capital del Perú. Pero, en este tramo en concreto, es casi en su totalidad una pista sin asfaltar, que hace que el viaje se demore cuatro horas cuando en condiciones normales podría realizarse en menos de la mitad.
Todo al camino está salpicado por pequeñas casas construidas con maderas y hojas de palmeras utilizadas como techumbre. Son pobres, de una manera extrema. Medio enfangadas por la constante lluvia. Suspendidas en el tiempo y el espacio como sus hamacas, pero que, al anochecer, ya de regreso, resucitan animadas por el fin de semana.
Aguaytía
Mi primera escala en el camino es el bosque Alexander Von Humbolt. En sus 646 mil hectáreas se esconde una estación experimental con plantaciones de especies que han sido muy explotadas en la zona.
El ingeniero forestal Walter Angulo, que trabaja en la estación experimental, explica toda la labor de investigación que se lleva acabo con 17 especies de árboles, como el tornillo, mediante un sistema de fajas utilizado también en África y Oceanía.
Angulo sostiene que este proyecto puede servir además en el futuro para promover un turismo científico. Y es que a pesar de la tranquilidad reinante, sólo acompañada de fondo por el ruido de la lluvia, uno comprende que hay una lucha soterrada por la vida. Hasta el más mínimo espacio está ocupado. Las plantas compiten por luz, aire y alimento. Y entre ellas, los animales e insectos. Como la mariposa de alas enormes y color azul intenso que se cruza en el camino mientras conversamos.
El especialista me cuenta cómo los diferentes auspiciadores internacionales que colaboraban con ellos, procedentes de Suiza o Japón, entre otros países, se fueron marchando poco a poco. ¿La causa? El terrorismo “frente los ataques de Sendero Luminoso, los japoneses dejaron de cooperar con nosotros", afirma Angulo.
Aguaytía es hoy una ciudad en desarrollo. Con un pequeño puerto por donde se asoma esta localidad bulliciosa y con recobrada vitalidad tras el silencio impuesto por años difíciles.
Boquerón del Padre Abad
La siguiente parada en mi periplo fue el Boquerón del Padre Abad. Hemos dejado atrás un puente de 800 metros de largo -el más largo del Perú, según los lugareños, que cruza el río de Aguaytía, la localidad del mismo nombre y su pequeño puerto a orillas del río.
El Boquerón del Padre Abad es un desfiladero que recibe el nombre de su descubridor, un franciscano que el 25 de mayo de 1757 en compañía de tribus nativas descubrió este paraje, admirado desde entonces por sus caídas de agua, en especial "El Velo de la Novia" y "La Ducha del Diablo".