El sagrado Vilca
La mañana del lunes, después de un revitalizante desayuno y de sacudir la escarcha de las carpas, consultaron su mapa. El poblado de Vilca -derivado de la palabra quechua "Huillca", que significa sagrado sería el próximo objetivo.
Retomaron nuevamente la carretera. Las pequeñas lagunas interrumpían el escarpado terreno, y al fondo se distinguía la imponente
doble cumbre del Pariaqaqa cubierta de nieve. Pero no sólo la mítica montaña llamaba su atención, sino la increíble variedad de aves que viven en las orillas de las lagunas vecinas al nevado: las parejas de huashuas, o gansos andinos (llamados también "cóndor blanco", por su tamaño), yanavicos y patos silvestres. El merecido descanso llegó cuando se internaron en la quebrada llamada Potente. Desde allí el ascenso se hizo más difícil y el soroche afectó a más de un expedicionario. A poca distancia de Vilca atravesaron la quebrada de Paccho, por donde pasa una carretera que llega hasta Canchayllo y Jauja. Lograron descender hasta el nivel del río para cruzarlo y acampar en un valle altoandino. Eran las tres de la tarde. Un poco más tarde, el revitalizante fuego se encendió para cocinar y preparar una sustanciosa sopa de pollo y enlatados. Después cada quien se introdujo a su carpa. La jornada había sido agotadora.
Mi reino por un burro
Apenas despuntó el alba del martes, Michel y Lucho Zavala se dirigieron hacia Vilca, ubicado a 3,816 msnm, para desayunar. Pero su real interés -mientras los demás descansaban- era alquilar una acémila para descargar el peso de los caminantes. Esto sirvió para descubrir que Vilca es un típico y bello pueblito de calles estrechas, empedradas y techos de tejas a dos aguas. Lo que más les llamó la atención fue un moderno hotel y un jardín de niños.
Por fortuna se logró contactar con una persona para alquilar dos burros -a 20 soles cada uno- y salir el grupo en pleno cuando las manecillas del reloj marcaban las diez de la mañana. El día estaba espléndido.
En Vilca termina la trocha carrozable que viene desde Huancaya, a partir de este punto los caminos son de herradura. Habíamos decidido que nuestro siguiente campamento se haría en los alrededores de Uchucchaca "Puente Chico"-, pero primero había que pasar por Pachacchaca, que en quechua se lee "Puente de tierra".
Al promediar la una de la tarde se Ilegó hasta Uchucchaca. La gente del grupo pensó que se podía continuar con la caminata pero el arriero que los acompañaba los hizo desistir: "La subida es fuerte y no van a encontrar agua hasta Tragadero, mejor salgan mañana temprano", les dijo.
Después de consultar el grupo en pleno se creyó que los nueve kilómetros caminados ese día eran suficientes. Armaron sus carpas, recuperaron fuerzas y tomaron fotografías de la gran cantidad de aves y la flora existente. La cena fue algo ligero y cada quien se acostó temprano pues al día siguiente la caminata iba a ser realmente extenuante.
Baños de altura
El miércoles la caminata se inició a las 9 de la mañana. Cruzaron el puente de Uchucchaca y continuaron por la margen izquierda del río. El ascenso fue lento y dificultoso. Desde lo alto vieron cómo las aguas del río Cañete se internaban en las profundidades, En otras palabras, desaparecía "tragada" por la tierra en una extensión de casi un kilómetro. Desde allí sólo se veía la pampa cubierta de pastizales naturales que eran azotados por el viento frío. El día empezaba a ponerse realmente difícil la lluvia era una seria amenaza.
La marcha continuó hasta Corral Tunac, sobre los 4,050 metros de altura. Allí pudieron ver una amplia zona de pastizales, corrales de piedra y una casita de barro abandonada en la inmensidad de la pampa. Finalmente llegaron hasta Tragadero, que habían visto desde las alturas.