Escribe: Roberto Ochoa B.
Fotos: Andex Perú
Uno a uno los cinco integrantes de la Asociación Andex Perú fueron llegando hasta la agencia de transporte San Juan de Yauyos, en medio del barullo de la calle Montevideo en
Lima. Cada uno de ellos había dicho en casa que esta sería travesía muy especial: un recorrido de nueve días por la ruta del río Cañete hasta Escalerayoc, una impresionante escalinata de piedra que forma parte del camino inca que une Lurín, Huarochirí y Jauja, y ubicado en las faldas del imponente Apu-nevado Pariaqaqa, dios tutelar de los antiguos limeños.
Cada quien tomó su asiento en el ómnibus de la empresa San Juan de Yauyos, que partió a las cuatro de la tarde con casi una hora de atraso. Buscaron la mejor forma de acomodarse pues el viaje sería largo. Su primera parada fue
Lunahuaná, donde se acaba la autopista y empieza un camino afirmado. Medio adormilados, las primeras luces del amanecer los sorprendió llegando al pueblo de Llapay y una hora más tarde ingresaban a Tingo Allis, donde existe una bifurcación que pasa por Yauricocha y por la cual se llega hasta el valle del Mantaro.
El bus continuó paralelo al curso del río Cañete hasta llegar al simpático y bucólico poblado de Vitis. Allí pudieron estirar los pies sólo unos momentos, pues se reinició el trayecto hasta llegar finalmente a las ocho de la mañana a Huancaya, sobre los 3,354 msnm, el paradero final y el inicio de la caminata. El viaje había durado 16 horas. Y eso que recién comenzaba la aventura.
El grupo en pleno, integrado por Mónica Gálvez, Nancy Palomino, Michel Verschoore, Jaime Luna y Luis Zavala, de la Asociación ANDEX-PERU, se sentaron en una mesa del restaurante "Tradición" para dar rienda suelta al hambre. Después de saciar el hambre, el grupo se sintió dispuesto para emprender de inmediato la caminata hacia el Pariaqaqa. Pero no querían iniciar el trayecto sin haber conocido las famosas cascadas de Viti, sin saber que allí nomás, a la vuelta de la esquina, estaban las cristalinas aguas de estas cascadas: se trata de una sucesión de caídas de agua, rodeadas de bosques de eucaliptos, que for¬man espejitos de cielo color turquesa donde se pueden ver a las truchas arco iris.
Con estas imágenes en las retinas reiniciamos la marcha. Un kilómetro más adelante llegaron a un nuevo grupo de cascadas (algunas de 80 metros de ancho) que los dejaron boquiabiertos. Siguiendo la ribera del río llegaron hasta la carretera e iniciaron el inolvidable y penoso ascenso en zigzag bajo un sol abrasador que vació rápidamente las cantimploras del grupo. Abajo, como una brillante y fresca serpiente, el río Cañete se deslizaba sin prisa. Afortunadamente se cruzaron con un pastor que les indicó el camino seguro hacia la laguna de Hualhua, lugar donde levantarían su primer campamento.
Habían ascendido hasta los 3,578 msnm y caminado alrededor de seis kilómetros. Armaron sus carpas en un lugar privilegiado desde donde se podía ver la laguna, el valle y el río serpenteante. Poco a poco la luz natural comenzó a extinguirse y el frío bajó hasta el punto de congelación del agua: 02 centígrados. El silencio de la noche sólo era interrumpido por el murmullo del río.