En Pacarán no existen circuitos turísticos ni nada por estilo, así que acompañados por el recepcionista del hostal armamos un recorrido "histórico" a partir de los monumentos arqueológicos de la zona.
En un paseo previo por el pueblo y su campiña no logramos hallar ningún resto arqueológico, pero con nuestro amable guía descubrimos que todas las ruinas están escondidas en los terrenos particulares. Fue así como a pocas cuadras del hostal llegamos caminando a una típica casa campesina de adobe rodeada de viñedos y árboles frutales. "Aquí está el palacio de San Marcos" nos dijo el guía como para vencer nuestro escepticismo. Su propietario, don René Sandoval, nos acompañó entre sus cultivos de uvinas (uvas negras para vino y cachina), platanales, paltos y molles, hasta llegar a unos impresionantes muros de adobones con ventanas trapezoidales, escalinatas de piedra y pasadizos. Pero nuestra sorpresa fue mayor cuando comprobamos que la construcción aún guarda los restos de un segundo piso amurallado y con placitas Interiores.
"Un amigo de mi bisabuelo logró desenterrar un tapado -nos cuenta don René-, pero murió envenenado en el Intento. Desde entonces sólo hemos recibido las visitas de algunos arqueólogos. Nunca supimos si publicaron sus conclusiones".
Nos despedimos de don René luego de comprar una cabeza de plátanos de seda y de cargar con todas las paltas y racimos de uvas que alcanzaron en nuestras bolsas de viaje.
Desde allí continuamos hasta otras imponentes ruinas de dos pisos y mucho mejor conservadas que las de San Marcos. Lamentablemente el guardián impidió el ingreso cumpliendo con las órdenes de los propietarios,
Luego seguimos camino hasta unas ruinas ubicadas en las faldas de los cerros vecinos, pasando por enormes cultivos de pan llevar y bosques de árboles frutales. "En Pacarán hasta los mosquitos son decentes" -nos dijo el guía en alusión a esa vieja rivalidad con Lunahuaná.
Luego de cruzar un canal de regadío ascendimos sin problemas hasta unas antiguas habitaciones rodeadas de un sinnúmero de tumbas saqueadas. Restos de cráneos, huesos de extremidades, retazos de tejidos prehispánicos y de cerámicos dan fe de los sistemáticos saqueos que ha sufrido la zona. Desde el camposanto se pueden contemplar otros cementerios en las laderas de los cerros vecinos, así como restos de grandes construcciones ubicadas entre las tierras de cultivo.
Agotados por el trajín, pero contentos por los hallazgos y por el largo paseo en medio de la campiña de Pacarán, volvimos al pueblo y tomamos por asalto uno de los escasos restaurantes. La comida es buena y barata. El menú empieza con tamalitos o yuca con queso frito, como entradas, para seguir con un suculento chupe de camarones, sopa chola, puchero o caldo de albóndiga; complementados con un cuy chactado. Se puede acompañar con chicha de jora, chicha morada o un buen vaso de cachina o vino manzanilla.
El clima es una bendición los doce meses del año. Don Fidel nos cuenta que la temperatura no llega a extremos, que nunca falta sol, que apenas si llueve en la zona y que casi todas las noches se pueden contemplar las estrellas. Esto lo comprobamos esa misma noche cuando armamos una fogata para escuchar las viejas historias contadas por don Fidel.
Así nos enteramos que además de San Marcos también se pueden visitar la Plaza Ceremonial de Huaguil y el castillo del Señor de Paccamarca, de donde proviene el nombre de Pacarán. "Pacca significa 'oculto entre cerros' y Marca es una palabra aimara que equivale a 'poblado'. Somos un pueblo oculto entre los cerros" -nos explica.