Escribe: Roberto Ochoa B.
Fotos: José Alva S.
"Pacarán 40 kilómetros" reza un cartelito escondido entre los avisos de hoteles, restaurantes y lugares de camping en Lunahuaná. La pista de tierra afirmada y calaminada nos desanimaron cuando la comparamos con la impecable autopista que une Cañete y Lunahuaná.
Pero lo cierto es que buscábamos un poco de la paz perdida en
Lunahuaná. Estábamos cansados del bullicio, de pugnar por una buena mesa en sus restaurantes o por hallar una buena habitación en sus numerosos hoteles copados de turistas. También ansiábamos huir de esa mancha de nerds que nos acompañó en la obligada jornada de canotaje entre los rápidos del río Cañete.
Así que escapamos hacia el este del paraíso turístico de Lunahuaná, pusimos primera en el coche y arrancamos raudos hacia el misterioso Pacarán: Tierra de la Eterna Primavera…hasta que una piedra se clavó en la llanta trasera. Quince minutos bastaron para cambiar el neumático, pero fueron suficientes para terminar enterrados por la estela de polvo que dejan los micros y combis (cinco soles por cabeza) que unen Lunahuaná con Pacarán, primero, y luego con Zúñiga. También vimos pasar los recios ómnibus que van desde Lima hasta Yauyos, en las encrespadas y bellas alturas de la quebrada del río Cañete.
Ya nos habíamos decidido por retornar a
Lunahuaná para parchar la llanta siniestrada, cuando un chofer nos dijo que en la entrada de Pacarán había un "Ilantero". Así que continuamos el camino que se va estrechando conforme ascendemos por las estribaciones andinas de la cordillera de Yauyos. Casi una hora más tarde, al pasar una curva, surgió ante nosotros una hermosa campiña cubierta de cultivos y bosques de árboles frutales. La cúpula de la iglesia de Pacarán sobresale entre la alfombra verde del valle. El descenso es apenas perceptible pero llama la atención cómo se va ensanchando el valle rodeado de cerros y con la vista de la imponente montaña Santa Ana. La bienvenida estuvo a cargo del parchador de llantas, un pacareño locuaz y amable que nos invitó a descansar en su casa mientras reencauchaba nuestro neumático. "Esto se acabará cuando construyan la nueva pista" -nos dijo. El gobierno nos ha prometido una autopista, y este año van a empezar los trabajos".
Del pueblo, del barrio
Cinco polvorientas cuadras más allá llegamos a la plaza mayor del pueblo, con sus veredas nuevas formando una equis en el cuadrilátero pero sin bancas, árboles ni jardines, herencia del alcalde anterior. Un poco desilusionados bajamos del auto para tomar unas gaseosas y para comprobar que la hospitalidad es casi un uniforme entre los pacarinos.
Cuando indagamos por su historia y tradición, los vecinos nos guiaron hasta la casa de don Fidel Casas Yactayo, patriarca de uno de los clanes familiares más antiguos de la zona y guardián de las viejas tradiciones orales de Pacarán.
Tuvimos que recurrir a toda nuestra cortesía para no alojarnos en su casa, pero él mismo nos acompañó hasta el hostal Palmas Reales, el único alojamiento del pueblo, con sus cómodas habitaciones de dos camas y servicios higiénicos limpios cochera y un enorme terreno para acampar que llega hasta las faldas del cerro.