Seguimos nuestro recorrido y el vaivén de las aguas es cada vez más intenso. Vamos a la velocidad de ocho nudos por hora (unos 14 kilómetros por hora) y el viento sopla la vela de un lado a otro. La nave surca las olas y la sensación de mareo va en aumento. Atrás va quedando La Punta, cada vez más pequeña.
A pesar que el clima no nos favorece se puede apreciar que la temperatura varía conforme nos alejamos de la costa y nos acercamos a las islas, y es que hay diferentes microclimas en esta zona del Pacífico. De pronto una espesa manta blanca como espuma envuelve el navío, y nos enteramos que esto se debe a la gran cantidad de especies hidrobiológicas existentes en nuestro mar.
A poca distancia distinguimos un grupo de extractores de conchas de abanicos realizando su faena. Bronceados, se sumergen para rescatar entre los peñascos los preciados moluscos. Seguimos avanzando y vemos una bandada de piqueros y pelícanos volando eh busca de alimento. Resulta impresionante verlos lanzarse en picada y, tras un breve buceo, emerger del mar con un pez en el pico. Estamos ya a cuatro kilómetros de la bahía y hemos llegado a la isla San Lorenzo, la más grande del Perú. Con ocho kilómetros de largo, dos de ancho y cuatrocientos metros de altura en su punto más alto.
Según los estudios arqueológicos e históricos las civilizaciones preincaicas que prosperaron en Lima la consideraron como adoratorio a la diosa Luna, la misteriosa Shi de los Moches. Aquí se depositaron muchas ofrendas y, en muchos casos, ofrecieron sacrificios de animales para la buena pesca.
Durante el virreinato fue sede de una prisión, donde los reos eran obligados a trabajos forzados. Los piratas también hicieron de las suyas por esta zona del litoral. Por allí incursionaron Spilberg y el holandés Jacobo Cierk, quien estuvo a punto de invadir Lima de no ser por una epidemia que mató a la mitad de sus tropas. Muchos de esos belicosos piratas holandeses, en su mayoría pelirrojos, aún están enterrados en la isla.
También fue prisión en 1544 para el depuesto Virrey Blasco Núñez de Balboa, y sirvió de refugio a los españoles tras la derrota del 2 de mayo de 1866.
San Lorenzo también fue estudiada por Charles Darwin a bordo del navío "Beagle", cuando recopilaba información para su obra El Origen de las Especies. Hoy en día es una zona militar donde funciona la Base Naval (Centro de Telecomunicaciones), la Escuela de Reclutas y la Playa Presidencial.
La falta de una prisión de alta seguridad obligó al gobierno peruano a recluir en San Lorenzo temporalmente al cabecilla número uno de Sendero Luminoso, Abimael Guzmán, cuando fue capturado el 12 de setiembre de 1992.
Hasta hace veinte años en esta zona existía grandes cantidades de guano. En la actualidad no queda casi nada. En la parte norte de San Lorenzo está "El Cabezo", una playa de arena blanca y mar color turquesa, pero desafortunadamente para desembarcar se necesita de un permiso especial en la Capitanía General del Puerto del Callao. Este podría ser una opción diferente para veranear y atraer el turismo.
Vamos llegando al tenebroso penal El Frontón, antiguamente conocido como El Muerto, por la forma del perfil de un hombre yacente.
Localizado a siete kilómetros de la costa, funcionó desde mediados de los sesentas como prisión. La historia tiene registrada muchas leyendas negras de crímenes, venganzas y motines. Ahí estaban recluidos delincuentes comunes, así como aquellos por sus ideas políticas, e incluso algunos periodistas incómodos a las dictaduras de turno.
Muchos intentaron huir a nado, entre ellos el ex presidente de la República, Arquitecto Fernando Belaunde Terry, pero muy pocos alcanzaron la orilla, porque caían desfallecidos y muertos de frío en manos de los guardias.
El Frontón se caracterizaba por ser la cárcel más segura del país. La temperatura fría de sus aguas, la fuerte corriente que viene de sur a norte y el extremo control policial que había en esa época, dificultaban cualquier intento de fuga.