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ANDARES
VIAJE A LA SEMILLA
Escribe: Roberto Ochoa B.
Fotos: José Loo
Un recorrido por la rica historia del maíz, planta sagrada de los incas
A mediados de la década de los años 70, el antropólogo Juan Ossio convivió con los comuneros de Andamarca (provincia de Lucanas, Ayacucho) estudiando, entre otras cosas, por qué los enormes andenes que rodean la zona se desarrollaron íntegramente en función del Sara, el hermoso nombre quechua del maíz.
Estas terrazas de sembríos ubicadas a casi 3,500 metros sobre el nivel del mar fueron explotadas al máximo aprovechando las laderas inclinadas de las montañas, y usando hasta la última gota de agua gracias a un impresionante sistema de riego construido ex profeso para sembrar maíz.
Pero Ossio no entendía por qué los lugareños seguían sembrando Sara pese a su escasa rentabilidad en el mercado local y a su extrema sensibilidad a las heladas y cambios climáticos. "Ni siquiera lo vendían", recuerda el conocido antropólogo.
Tiempo después comprendió que el maíz era un vehículo de identidad cultural de los andamarquinos: un mecanismo de defensa colectivo para salvaguardar su ancestral cosmovisión, afectada por la injerencia de la cultura occidental.
La reciprocidad, la relación entre los ayIlus y otras formas de vinculaciones sociales giraban en torno a esta planta sagrada de América.
Casi tres décadas después, Juan Ossio nos invita a un recorrido por su historia en la exposición Arte y Sacralidad del Maíz en los Andes, inaugurado la semana pasada en la Sala del Centro Cultural del Banco Wiese, ubicado en la cuadra 11 de la avenida Larco, en Miraflores.
"Las altas culturas de los Andes y de Mesoamérica están vinculadas al maíz -afirma Ossio-. En ambas regiones su consumo mereció una esmerada tecnología y estimuló el desarrollo de un complejo ropaje cultural vinculado a lo sagrado".
Los estudiosos aún no se ponen de acuerdo sobre los orígenes y la domesticación del maíz. Por un lado, hay quienes sostienen que el maíz fue importado de México siendo su origen botánico el teosinte. Otros tienen sus propios argumentos para afirmar que fue domesticado en los Andes a partir de una especie silvestre local.
En ambos casos, sin embargo, está demostrado que el maíz ya se sembraba hace siete mil años y que luego se fue expandiendo hasta alcanzar 252 variedades, de las cuales 55 se desarrollaron en los Andes peruanos.
El árbol genealógico del maíz andino parte de las variedades Confite Chavinense y del Protoconfite Morocho, que ya se sembraban en el periodo arcaico, para luego evolucionar durante el apogeo Moche y se difunden por todo el territorio peruano con los waris e incas, quienes lograron producir el afamado Cusco Gigante.
Ossio sostiene que además de la tecnología que acompañó a la producción del Sara, la importancia de esta planta se manifiesta en su asociación con las principales divinidades del Tawantinsuyo. Es así que en la iconografía incaica el maíz se vincula al Sol, de acuerdo a la investigaciones realizadas por la recordada Rebeca Cárrión Cachot.
Ahora se sabe, por ejemplo, que durante el Incanato el maíz era comida de uso ritual, un instrumento para las complicadas relaciones de reciprocidad entabladas por los jerarcas cusqueños con los pueblos de todo el Tawantinsuyo, mientras que la papa y otros tubérculos eran de consumo masivo.
En sus célebres crónicas, Guamán Poma de Ayala escribió que los habitantes del Chichaysuyo eran fuertes porque consumían maíz, mientras que los Collas eran "flojos y pusilánimes" (sic) por tener una dieta basada en la papa.
Esto lo confirmó el antropólogo John Murra al descubrir que el cultivo y consumo del maíz eran acompañados de una rica parafernalia festiva, mientras que la papa no estaba acompañada de elaborados rituales.
Se sabe también que el maíz y sus derivados motivaron un tratamiento especial desde épocas preincaicas. Es así que en la enorme ciudadela de Jicamarca, al este de Lima, existen numerosos pozos en forma de aríbalos que sirvieron como depósitos de granos; se trata de qollpas rectangulares con piso de piedra y un adecuado sistema de ventilación que permitió conservar el maíz durante largos periodos de tiempo.
En México el uso del maíz tuvo la misma importancia, sin embargo, hoy en día su consumo está más difundido que en el Perú. Si bien en nuestro país existe una amplia variedad de potajes (tamales, patachi, mote y cancha) y bebidas (la irremplazable chicha), en México su consumo es masivo e incluso han logrado internacionalizar sus famosas tortillas y "tacos". Falta saber, empero, por qué en el país de los aztecas no se consume el maíz como cancha o chicha.
Hoy en día en el Perú las coronas de maíz de tres colores (Misa Sara, en quechua) molidos como harina dan lugar al Yampu, conocido por sus propiedades curativas. Y aquellas corontas "siamesas" aún se cuelgan en las paredes de las casas para atraer la suerte a los habitantes.
La exhibición se inicia con ilustraciones y muestras de semillas fosilizadas del periodo de domesticación del maíz, pasando por una muestra de vasijas moches alusivas y artesanías contemporáneas, entre las que destacan un "misterio" navideño donde uno de los reyes magos presenta como ofrenda una coronta de maíz y un kero de chicha.
Llama la atención un hermoso retablo que ilustra el Sara Tarpuy (siembra del maíz), realizado por el conocido artesano ayacuchano Claudio Jiménez Quispe, y las reproducciones de las ilustraciones a color de Guamán Poma de Ayala descubiertas por el propio Juan Ossio en una colección privada en Irlanda.
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