El viaje
Son las siete y media de una mañana fría y húmeda de fines de octubre. Faltan diez minutos para que salga el tren (siempre puntual) y ya se escucha el tronar de la locomotora calentando su enorme motor diesel mientras los pasajeros recorren el antiguo local de la estación de Desamparados, a sólo una cuadra de la Plaza Mayor de Lima, contemplando su hermoso techo vitral y su arquitectura de corte republicano de comienzos de siglo.
Peruanos y extranjeros rondan los vagones para tomar la foto del recuerdo teniendo como telón de fondo el cerro San Cristóbal el viejo Puente de Piedra que une el Rímac con la primera cuadra del jirón de la Unión al costado de Palacio de Gobierno. A pocos metros se Oye el suave rumor del río Rímac A las siete y cuarenta suena la campana de la estación. Las casi cuarenta toneladas de hierro y madera de sus cuatro vagones son arrastradas por el ferrocarril, donde el maquinista anuncia la partida haciendo tronar la sirena.
El movimiento bamboleante del ferrocarril hace que dudemos de nuestra capacidad para soportar las más de diez horas de viaje. Apenas sale del centro histórico de Lima el tren pasa por zonas poco conocidas de la ciudad, aquellas que nos hacen recordar el porqué Salazar Bondy la llamó Lima La Horrible: las zonas más pobres de Barrios Altos la espalda del viejo cementerio Presbítero Maestro y los tugurios e invasiones de El Agustino y Vitarte, muestran la cara horrenda de la metrópoli.
La bocina suena incesantemente para evitar que transeúntes y autos crucen los rieles. Por la ventanillas del tren vemos rostros adormecidos y lúgubres, embutidos en las combis, que contrastan con la alegría que impera al interior del vagón mientras las guapas ferromozas sirven el desayuno.
Pero minutos después de la partida el paisaje cambia a la altura de Santa Clara. En ambos lados de la vía se ven chacras de pan llevar y las aguas del río se tornan transparentes. El panorama se va estrechando conforme ascendemos hacia las sierras de Lima. Atrás queda el amplio valle con su selva de cemento, permitiendo la visión de los contrafuertes andinos que se van acercando por las ventanillas del tren.
Pasamos Ñaña y Chaclacayo hasta llegar a la primera parada de Chosica. El tren se detiene sólo tres minutos que son aprovechados por los turistas extranjeros para estirar las piernas y reiniciar el ritual de las fotografías. Cada uno empieza a congelar, para la posteridad; gracias a sus modernas máquinas, la belleza del paisaje. Los pasajeros peruanos, empero, ahorran rollos de película para escenarios menos conocidos. Suena nuevamente el pito y la ferromoza anuncia que debemos continuar nuestro viaje.
Minutos más tarde el tren se detiene en el pueblo de San Bartolomé (nuestra segunda parada), ubicado a poco más de 1,500 metros sobre el nivel de las playas de la Costa Verde.
Aquí los viajeros abandonan en masa los vagones para fotografiar, filmar o simplemente observar una de las ceremonias más impresionantes del viaje: el cambio de tornamesa. La locomotora se instala en una plataforma giratoria y es volteada a puro punche par cuatro trabajadores ferroviarios (dos por delante y dos por detrás) para poder subir hasta la cordillera. La faena dura casi un cuarto de hora hasta que la campana y luego la sirena anuncian la partida. El más contento con el panorama es Alexander, un "gringo" de origen suizo y declarado amante de los ferrocarriles de Sudamérica. Nos cuenta que ha viajado por las rutas de Argentina, Chile, Bolivia y Paraguay, "pero -nos confiesa- no existe punto de comparación con la imponente ruta del ferrocarril Central del Perú".
"Todos los países se ufanan en decir que tienen la vía ferroviaria más alta del mundo, pero eso es mentira. En la del Perú todo es fabuloso", concluye. Luego se asoma por la ventana y provisto de su máquina fotográfica empieza a tomar vistas del paisaje, no sin antes confiarnos que es un nuevo enamorado del Perú.
Alexander, al igual que los 60 turistas que nos acompañaban, son turistas que no pueden apreciar este espectáculo en Europa o en Estados Unidos porque sus ferrocarriles van a más de 100 kilómetros por hora y el panorama es monótono, frío y veloz. Poseen todos los ingredientes de las grandes urbes; en cambio, el Ferrocarril del Centro del Perú tiene como velocidad máxima 55 km/h, lo que permite apreciar el impresionante paisaje andino los numerosos pisos ecológicos que se suceden a lo largo del trayecto.
A medida que vamos avanzando hacia Huancayo los túneles aparecen y empiezan a "tragarse" al ferrocarril. Luego de unos minutos, una voz anuncia que nos aproximamos al famoso puente Carrión, los pasajeros se agolpan en las ventanas y miran emocionados cómo el tren avanza a través de este puente de 218 metros de longitud, ubicado sobre la profunda quebrada de Verrugas. Allí nos enteramos que su nombre se debe a la cantidad de víctimas que provocó esta enfermedad infecciosa entre los obreros que construían el tren.