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ANDARES

LIMA, UN VIAJE CAPITAL - Segunda parte

Canta , un pueblo con voz
Los paisajes se suceden con rapidez sobre una carretera asfaltada que nace luego de haber dejado la extensa avenida Túpac Amaru, al norte de Lima. Camino a Canta, en uno de los buses, que se toman frente a la Universidad de Ingeniería, pero también se puede ir con colectivos que se toman a la altura del kilómetro 22 de "la Túpac". Los cerros aparecen y con ellos paisajes que nos indican que ingresamos a la sierra del noreste de Lima.
Son 101 kilómetros desde Lima que fácilmente se pueden hacer en tres horas en bus. Primero hay que pasar por Santa Rosa de Quives, santuario, congrega a millares de fieles cada 30 de agosto, en memoria de Isabel Flores de Oliva, cuya niñez de deslizó por estos parajes.
Luego de una hora más de ascenso ingresamos a Canta, capital de la provincia del mismo nombre, ubicada en las alturas del valle del Chillón. Es la típica y bucólica población serrana donde el aire puro ayuda desintoxicar los pulmones colmados de smog.
Hermosos paisajes que están en la lista para recorrer. Obviamente tenemos que hacer un pequeño programa de visitas. Una opción es recorrer sus pintorescas calles, colmadas de casas con altillo y sonrisas cordiales. En el recorrido ubicamos la iglesia colonial donde se encuentra la imagen milagrosa del Niño Mariscal Chaperito, muy venerada por todos los canteños. Ahora, si se desea ir al campo, se puede iniciar la excursión visitando sus verdes campiñas.
Incluso se puede alquilar algún caballo para descender hasta la pintoresca localidad de Obrajillo. El recorrido es de lo mejor, un descenso sinuoso a través de la campiña donde el ganado rumia indiferente ante el trote de los equinos. Finalmente llegamos hasta Obrajillo para dar cuenta de una trucha frita y las fotografías de rigor. Pero si el espíritu aventurero va más allá se pueden visitar el bosque de puyas, las bellísimas lagunas de Chuchún y Yanacocha, y las misteriosas ruinas de Cantamarca. Es de acuerdo del gusto del cliente.

Lima de costa a costa
Cuando uno piensa en Lima las visiones de balcones coloniales se mezclan con aquellas de puentes suspendidos entre añosos árboles barranquinos y hermosas iglesias coloniales cuyos ángeles con trompetas de bronce, encaramados en lo más alto de sus torres, interpretan silenciosas melodías al cielo de típico color panza de burro, como lo bautizó el escritor Salazar Bondy.
Pero en Lima también existen otras imágenes, otros olores que se perciben cuando uno se aleja unos cuantos kilómetros del bullicio de la metrópoli. Visiones de campiña serrana, bosques de piedras de formas enigmáticas, de restos arqueológicos albergando parte de nuestra historia, además de olores de tierra recién regada por la lluvia, de ríos espumosos que se encabritan en sus cauces, lagunas; cataratas y aguas termales que brindan la placidez del alma y del cuerpo.
Pues bien, ANDARES cargó sus mochilas y se lanzó nuevamente a la búsqueda de estos lugares que se encuentran por los cuatro puntos cardinales de las provincias de Lima.
Decidimos inicialmente lanzarnos por la estrecha franja costera, hacia el norte. Salimos muy temprano, desfilando por la cinta oscura de asfalto de la Panamericana Norte. Abajo, el mar, amplísimo, besa las costas. Luego de cuarenta minutos de trayecto llegamos hasta el kilómetro 82 donde recalamos en Chancay.
Ciudad netamente comercial en cuyos alrededores todavía se encuentran extensos cementerios de lo que fue la llamada cultura Chancay. Quienes recuerdan de aquí salían las famosas muñecas preincas que eran vendidas por lo huaqueros al mejor postor. Ahora es muy normal ver cómo en las tiendas de souvenirs y artesanías han sido tomadas como modelo por los artesanos modernos que tratan de imitar la calidad de estos delicados juguetes que antes de la llegada de los españoles, e incluso cuando los incas todavía no pensaban expandirse más allá de las fronteras del Cusco, habrían dejado de ser el simple objeto lúdico para convertirse en acompañantes hacia el mas allá. Antes de alejarnos de esta ciudad visitamos uno de sus atractivos El Castillo. Levantado en 1920; bajo el modelo de antiguas edificaciones medievales, mira hacia el mar sobre un acantilado. Desde hace algunos años ha recuperado el antiguo esplendor del cual se mostraban orgullosos los chancayanos. Ahora sus amplios salones y habitaciones se han convertido en un singular hospedaje con restaurante incluido, pero sin que deje de brindar la experiencia insólita de estar caminando en plena época medieval a la espera que alguna princesa de cuento nos pida ayuda desde el ventanal de uno de sus torreones. Y nosotros, muy caballeros, iríamos prontamente en su ayuda con la cuchilla suiza desenvainada.