Escribe: Roberto Ochoa
Fotos: Virgilio Grajeda.
De los granos de arena surgieron los muros, las primeras veredas, las oscuras habitaciones y los templos donde los dioses del mar y la llanura convivieron con los yungas, los hombres de las tierras bajas. Aquí el viento también se hizo Dios, y el Sol tuvo que conformarse con compartir su poder con la Luna, diosa de la noche y las mareas. El enorme valle de Lima, regado por los ríos Lurín, Rímac y Chillón fue escenario de una civilización perdida en el tiempo, invadida sucesivamente por waris, moches e incas, interesados en aprovechar su enorme producción agrícola y pesquera.
Los primeros españoles que recorrieron el valle de Lima contaron hasta medio millar de pirámides -conocidas como "huacas"- desde Ancón hasta
Pachacámac (en la foto). Amplios caminos amurallados y una red de canales de regadío rodeados de enormes sembríos y bosques complementaban el paisaje. Con el paso de los siglos y el caótico crecimiento urbano de la ciudad, éstos impresionantes monumentos fueron desapareciendo y hoy sólo quedan algunos vestigios de ese antiguo esplendor.
Lima , capital religiosa del Perú
En estos días de octubre las calles del centro de
Lima se visten de morado. Cientos de miles de fieles siguen las sagradas andas del Señor de los Milagros, llenando calles y plazas del centro histórico de la capital en un majestuoso espectáculo de religiosidad y tradición único en el mundo católico. Pero ¿qué tiene que ver la procesión de Cristo Morado con este número de ANDARES dedicado al circuito de monumentos arqueológicos de Lima?
La respuesta está en la célebre investigación realizada por la Dra. María Rostworowski de Diez Canseco, quien demostró la persistencia del antiquísimo culto a Pachacámac en la multitudinaria procesión del Señor de Pachacamilla.
Basada en la información de las crónicas y otros inéditos documentos coloniales, así como en datos de las últimas investigaciones arqueológicas y comparaciones históricas, Rostworowski revela en su libro Pachacámac y el Señor de los Milagros el proceso de sincretismo religioso que se produjo durante el Virreinato entre los cultos indios, negros y españoles, identificados además por un denominador común: el ancestral temor a los terremotos.
De ser así el valle de Lima nunca dejó de ser la capital religiosa del Perú, pues la fama del santuario de Pachacámac y otros oráculos cercanos se remontan a siglos antes del arribo de los conquistadores europeos.
En las crónicas se puede leer que el inca Huayna Cápac consultó el oráculo para saber si tenía futuro sus proyectos de invasión y conquista de los reinos del norte. Luego pasarían Huáscar y Atahualpa, en plena guerra civil, y fue el propio Hernando Pizarro quien visitó el antiquísimo templo de adobe describiendo el terror y la sumisión que producía el misterioso dios costeño entre los aborígenes de todo el Tawantinsuyo.
Sus anchas calles, palacios, enormes patios ceremoniales y ciudadelas vecinas albergaron una población aproximada de 150 mil habitantes dedicados a la agricultura, el comercio y a las tareas de culto a Pachacámac, el Dios de los Temblores, cuyo templo competía en importancia con el dedicado al culto del Sol, erigido luego de la invasión incaica.
Siglos después los enormes restos arqueológicos esparcidos en el desierto de Lurín demuestran el antiguo esplendor y la importancia que tuvo Pachacámac en el panteón de dioses andinos ...pero el respeto no se ha perdido y cada 24 de junio, mientras en las calles del Cusco se celebran las fiestas del
Inti Raymi, en las ruinas de Pachacámac numerosos pobladores y shamanes de los pueblos y anexos de Huarochirí bajan a la costa para rendir culto al dios costeño.
Estos modernos peregrinos se confunden con los cientos de turistas que día a día recorren las polvorientas avenidas y ascienden hasta la cumbre dé la huaca del Sol para contemplar desde allí uno de los paisajes más impresionantes de la costa peruana: la isla Pachacámac y el islote vecino que juntos semejan el perfil de una enorme ballena cercana a la playa.