Escribe: Roberto Ochoa B.
Fotos: Virgilio Grajeda, José Alva, José Abanto, Jhonny Laurente. Fidel Carrillo, José Loo, Archivo La República.
Dicen que todo pasado fue mejor. Pero esta sentencia no se cumple si recordamos el más inmediato pasado del Cercado de Lima, cuando sus calles y plazas se convirtieron en uno de los lugares más sucios, descuidados y peligrosos del mundo.
Ahora las cosas han cambiado, tanto así que el Centro de
Lima ha renovado su antiguo esplendor y ya se cuentan por miles los peruanos y extranjeros que día y noche acuden a los alrededores de la Plaza Mayor para conocer sus antiguos e imponentes monumentos arquitectónicos; o para tomarse un buen trago en las flamantes cafeterías de la Calle Escribanos, o para contemplar sus renovados balcones, casonas, iglesias y plazas que la hicieron merecedora del título de Ciudad Jardín.
Todos los días de la semana el centro de Lima se ve ahora repleto de visitantes: jóvenes hastiados de las noches barranquinas o miraflorinas, adultos paseando del brazo recordando los buenos tiempos de la ciudad, turistas extranjeros fotografiando cada rincón histórico, o simples vecinos que descansan en las escalinatas de la Catedral mientras sus hijos dan vueltas montando sus bicicletas.
Si aun no se animó a visitar el "centro", es bueno saber que su historia se remonta al caluroso lunes 18 de enero de 1535, a eso de las 10 de la mañana, cuando Francisco Pizarro y doce españoles fundaron la Ciudad de los Reyes, llamada así en honor del Emperador Carlos V y su madre Doña Juana, reina de Castilla.
Días antes Juan Tello, Alonso Martín de Don Benito y Ruy Díaz recorrieron el valle desde Pachacámac hasta la caja de agua ubicada en las faldas del cerro San Cristóbal, comprobando la belleza y comodidad de la zona: "uno de los mejores (valles) del mundo, muy ancho, abundante, de muchas y muy buenas tierras, todas de riego y pobladas de chacaras...".
También es cierto que los cincuenta mil indígenas que habitaban el valle regado por el río Rímac apenas si se percataron de la presencia española, menos aun de la ceremonia de fundación. Para ellos hubiera sido por demás incomprensible ver a ese pequeño grupo de wiracochas carapálidas y barbados, rodeando al más viejo de todos (Pizarro frisaba la base seis cuando fundó la capital del Perú) que con la espada desenvainada y el yelmo en la otra mano proclamaba incomprensibles palabras mientras golpeaba un tronco de madera clavado en medio de la plaza.
Si bien es cierto que en el valle del Rímac existían por aquel entonces medio millar de huacas, oráculos y otros monumentos preincaicos que reflejaban un antiguo esplendor, la historia propiamente dicha de la Ciudad de los Reyes se debe a la voluntariosa decisión de Francisco Pizarro, quien por motivos "geopolíticos" (Alvarado y sus colonos habían desembarcado en el norte; mientras que Almagro y Los de Chile presionaban desde el sur) decidió abandonar Xauxa, la primera capital del Perú:
Continuando con la ceremonia, Pizarro trazó los límites de la Plaza de Armas, ubicó la pileta de agua, puso la primera piedra de la Catedral y eligió el palacio del cacique Taulichusco como su nuevo hogar, donde radicaría con su mujer, la princesa inca Doña Inés Muñóz, hasta su asesinato el 26 de junio de 1541.