Escribe Roberto Ochoa B.
Fotos: José Alva S.
El frío y los gritos nos despertaron. Nos levantamos inmediatamente y salimos a la cubierta del buque Ollanta. Eran las siete de una mañana brillante y helada. Nos desplazábamos dentro de un tranquilo canal de verdes aguas. Al fondo, algunos marinos bolivianos corrían de un lado a otro dando voces, dirigiendo al timonel para dar término al acoderado del Ollanta. Finalmente se colocaron las amarras. Unos patillos de las alturas jugaban sobre las aguas sin importarles demasiado el paso de la mole de 1,200 toneladas. Habíamos llegado al puerto boliviano de Huaqui.
Enseguida desde los depósitos del puerto y vagones y del tren de carga -cuyos rieles unen este modesto puerto altiplánico con la ciudad de La Paz- comenzaron a emerger una multitud de cargadores.
Ellos serían quienes llenarían de soya los amplísimos depósitos del Ollanta que serviría para alimentar a los peruanísimos pollos de las innumerables granjas cercanas a Lima. Hombres de rostros curtidos y morenos. Más de uno masticaba coca para aminorar la fatiga y el esfuerzo que desplegarían en las próximas diez horas.
Mientras desayunábamos el capitán nos propuso visitar Tiahuanaco. Desde niños habíamos soñado con conocer el lugar donde se encontraba la imponente y enigmática Portada del Sol y la ciudadela de Kalasasaya.
¿Pero no está demasiado lejos?, preguntamos. El capitán sonrió. "Nada que ver -nos dijo-. Está apenas a media hora. Nuestros ojos se agrandaron como ojos de buey: Aquella impresionante cultura de más de mil años de antigüedad y que todavía albergaba misterios todavía indescifrables para la humanidad. Ahora, toda ella estaba a nuestro alcance.
Fueron suficientes unos minutos para llegar hasta la pequeña y soleada plaza de Huaqui. Allí pudimos admirar las brillantes polleras extendidas al sol, chuno, flores, víveres de todo tipo. Gritos que arrastraban suavemente las erres hasta convertirlas en silibantes eses, ofrecían lo mejor de sus productos. Luego llegamos hasta un paradero informal desde donde salían pequeñas combis que nos acercarían a nuestra meta.
...!La Paz, La Paz!!, comenzaron a gritar los pequeños ayudantes a la espera de llenar sus asientos. Subimos a una combi que salía en ese momento, cuyo trayecto de dos horas sobre una impecable vía asfaltada llevaba hasta La Paz. Nosotros nos bajamos en un desvío que nos llevaría, previa caminata de quince minutos, hasta el complejo de Tiahuanaco.
Nuestra expectación era grande cuando arribamos. A un lado se levantaba un pequeño, pero bien montado museo de sitio donde pudimos pasearnos por las diversas etapas y muestras de esta cultura. Transitamos por salas con monolitos, trabajos en cerámica, armas, ambientaciones de la época, utensilios sagrados y domésticos, hasta que finalmente la ruta nos llevó a la salida, hacia el brillante sol.
Una pequeña senda nos guió hasta nuestra primera parada. Ascendimos sobre una pequeña colina que resultó ser una pirámide ceremonial. Durante la caminata nos cruzamos con una legión de escolares que tomaban apuntes y fotos a diestra y siniestra. También nos encontramos (en menor número que los escolares) con los imponentes monolitos de más de dos metros de altura que parecían emerger de la tierra. Seres de piedra, dioses inmóviles que llevaban en la mano báculos, ornamentos misteriosos y la mirada fija en el horizonte.
Nos encontrábamos en los dominios de Tiahuanaco, una cultura que algunos historiadores han establecido tuvo sus orígenes hace dos mil años. Luego floreció entre los siglos III y X y finalmente decayó en la época cuando los incas comienzan a expandirse en los andes altiplánicos. Pero los investigadores bolivianos, contraviniendo esta teoría, manifiestan que esta cultura megalitico se inició 1,500 años antes de Cristo y se extendió hasta el 1,200 de nuestra era y culmina dramáticamente con un gran fenómeno climático que elevó las aguas del Titicaca inundando y sepultando sus monumentos conocimientos del universo.