Eran las siete y media de la noche del viernes vísperas de nuestro retorno a
Lima, luego de una dura pero inolvidable jornada de viajes por todo el departamento de
Puno. Sin pensarlo dos veces, pese a nuestro cansancio, nos presentamos al comandante y le solicitamos realizar un reportaje a bordo del Ollanta en su larga travesía de ida y vuelta hasta el puerto de Huaqui, en Bolivia.
Luego de las coordinaciones del caso, de las llamadas a Lima y
Puno, el comandante de la nave, Capitán Cleto Rodríguez Prieto, nos dio la bienvenida al viejo e imponente navío construido a principios de los años ‘30 en un astillero inglés y transportado en tren hasta Puno y considerado buque insignia del Perú en el lago sagrado de los Incas.
Cuaderno de bitácora
Mientras el buque realizaba sus maniobras de salida, el comandante Rodríguez dio la orden de instalarnos en nuestros camarotes.
Guiados por un contramaestre nos enteramos que el Ollanta cuenta con 70 camarotes (personales y familiares, 50 de primera categoría y 20 de segunda) repartidos estratégicamente dentro y sobre cubierta en sus 90 metros de eslora.
El mío no superaba los 4 metros cuadrados, con sus cómodos camarotes de fierro forjado sujetos a una de las paredes, un hermoso ojo de buey que me comunicaba con el exterior, lavatorio de loza inglesa (fechados en 1895), hermosos grifos de bronce con indicadores de agua caliente y fría, y una fina lámpara de bronce que en sus primeros años de uso servía para colocar velas encendidas, que se mantienen estables gracias a un sistema interno que las equilibra hasta en condiciones de huracán.
Fue así que inicié mi cuaderno de bitácora a las 8 y 20 minutos de la noche: "Mientras me instalo en mi cómodo y pequeñísimo camarote no puedo evitar rememorar el inigualable aporte de los viajes de exploración a las mejoras de las condiciones de vida humanas: así como el Ollanta con su medio siglo de vida sabe brindar comodidad a sus pasajeros y tripulantes, así también los viajes de exploración espacial han servido para brindar el mejor servicio en el mínimo espacio.
Si no, basta ver los hornos microondas, los televisores, radios y computadoras portátiles. Precisamente, son las camas-camarotes uno de los aportes inventados por los marineros.
Un suave bamboleo interrumpió mis cavilaciones: el barco zarpaba desde el puerto puneño rumbo a Huaqui, el principal puerto y astillero boliviano. Cuando salí de mi camarote, Pepe Alva salía apurado del suyo cargando sus equipos fotográficos y abrigado hasta las orejas.
8 y 30 p.m.- Jean sobre calzoncillos de algodón, mitones de lana, polo de manga larga, camisa de franela, chompa de alpaca y chaleco forrado. Un casacón térmico hasta las rodillas, gorro de lana y sombrero con orejeras. Hace calor en mi camarote. Pero apenas salgo a cubierta el frío helado de la puna y la gélida humedad de lago me congelan hasta el alma. Caballero no más. Llegamos al puente de mando. El comandante Rodríguez y el capitán Jaime Sotomayor Salinas dirigen las operaciones de salida del puerto puneño. Están a oscuras para escudriñar cualquier obstáculo en el camino. El timonel se mantiene firme y crispado con ambas manos sobre el viejo timón de madera y bronce. En ambos lados del puente, y abrigados como para pasar sus vacaciones en el Polo Norte, dos marineros dirigen los haces de luz de los viejos reflectores General Electric. Son los faros del buque. El fuerte viento arremete contra el casco, las órdenes se dan a gritos: !Viento de sur a norte, 10 nudos! grita un contramaestre desde algún lado de la proa, tres metros debajo del puente de mando.
Tantas advertencias me parecen exageradas para salir del amplió puedo puneño. El comandante sonríe por mi ignorancia y me señala unas boyas fosforescentes que semejan señales nocturnas de autopistas. "El lago es amplio, pero sólo podemos navegar entre las boyas que forman un canal dragado para soportar la profundidad del Ollanta.