Escribe: Roberto Ochoa B.
Fotos: José Alva S.
En el altiplano andino se levantó la civilización Tiawanaco cuyos orígenes se han perdido entre las brumas del tiempo y de aquellas que se levantan desde el imponente lago Titicaca, donde la leyenda dice que nació el Tawantinsuyo. Es allí donde los estudios, realizados por diversos científicos, coinciden en que la columna vertebral de la sapiencia de los andes se encontraba cimentada en las observaciones astronómicas y los asombrosos cálculos matemáticos derivados de la observación de la Cruz del Sur.
Y justamente a orillas de éste lago se erige la ciudad de
Puno, ciudad lacustre, altiplánica donde el frío y el viento se unen al implacable sol para imprimir un tono cobrizo a la curtida piel de los puneños. Ciudad conocida como la Capital Folklórica de América, por la impresionante variedad de manifestaciones de su pueblo, que cuenta hasta con tresciéntos bailes tradicionales que se pueden admirar todos los años en las celebraciones de la Fiesta de la Candelaria,
Los que visitan Puno por primera vez -y también aquellos que regresan atraídos por su misterioso magnetismo, observan impresionados cómo después de transitar por los andes y el vasto altiplano de pronto descienden por una inmensa hoyada, donde está cobijada la capital del departamento y al lado, el vasto y azul espejo del Titicaca. Es como divisar el mar sobre la cumbre de los andes.
La historia del hombre en esta zona quizás se remonta a 10,000 a 20,000 años A.C. Los estudios han determinado que la meseta del Collao, donde se ubica Puno, estuvo poblada por diversos grupos aymaras como los collas, zapanas, kallahuayos y lupacas, La cultura prehispánica más importante y de mayor influencia en la zona fue también aymara, conocida también como Putina.
Posteriormente hicieron su aparición los quechuas que siglos más tarde forjarían el impresionante imperio de los Incas. Es tal la importancia que otorgaron los quechuas a esta zona que una de sus leyendas de origen relata que sus fundadores, Manco Capac y Mama Ocllo, surgieron de las azules aguas del Titicaca.
Al dividirse el imperio en los cuatro suyos, esta zona pasó a conformar el Collasuyo. El altiplano fue de gran importancia para los gobernantes incas pues era una región con abundante mineral y ganado auquénido que le proporcionaba carne y lana para sus vestidos.
Los españoles, a su llegada al Tawantinsuyo, se enteraron de la gran importancia minera del Collasuyo y de la riqueza que os-tentaban sus curacas. Inmediatamente viaja-ron hasta allí para hacerse de ellas, incluso fue el mismo Francisco Pizarro quien atravesó el lago logrando un impresionante botín obtenido en la región de Charcas.
En 1534 se inició el trabajo de evangelización de los poblados a orillas del Titicaca. Esta labor la inició el dominico Fray Tomás San Martín, y poco a poco, estos lugares que habían sido devastadas por la rapiña de los conquistadores, comenzaron a surgir las parroquias de Paucarcolla de Chucuito, Acora, llave, Juli, Pomata, Zepita entre otras. Por ello es posible ver en estos lugares sus impresionantes edificaciones que tienen el sello inconfundible del arte mestizo.
En la época del Virreinato,
Puno fue el paso obligado de los viajeros que se dirigían hacia la famosa mina de plata de Potosí. Fue el virrey Conde de Lemos quien en 1668 instituyó a San Juan Bautista de Puno como capital de la provincia de Paucarcolla. Posteriormente se le rebautizó como San Carlos de Puno en homenaje al entonces reinante Carlos II de España.
En la época de la independencia Puno se convirtió en centro neurálgico, lugar donde se reunían los rebeldes patriotas del Perú y aquellos de Río de la Plata, para brindar todas las facilidades que necesitaba el ejército libertador.
Los inicios de la época republicana fueron más que agitados.
Puno soportó la invasión boliviana que causó desmanes hasta en Tacna y Moquegua. Un trágico episodio que terminó en 1842, cuando se firma el Tratado de Puno. También hubo intentos separatistas, pero no lograron el fin deseado.
Posteriormente en 1870, se instala la línea férrea
Arequipa-Puno y un año después se inicia la navegación lacustre sobre los vapores Yaraví y Yapura, pero desde hacía centenares de años los pobladores de esta zona ya habían surcado el Titicaca en sus silenciosas embarcaciones de totora.
En la actualidad, Puno trata de imponerse con su febril actividad minera y comercial a la endémica situación de postración generada por el centralismo.