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ANDARES
MANU DE DIOS, EL ULTIMO OASIS
Escribe Roberto Ochoa B.
Fotos PROMPERU, Alex Treptow
Faltan apenas menos de dos décadas para el año 2020 y el panorama es poco menos que desolador para las selvas amazónicas de Perú, Brasil, Bolivia, Colombia y Venezuela.
Los especialistas más optimistas pronostican un territorio devastado: inmensos desiertos debido a la tala indiscriminada. Enormes ciudades superpobladas a orillas de ríos totalmente contaminados. Miles de especies de animales y plantas extinguidas por la caza furtiva y la deforestación. En síntesis, la muerte del último pulmón del planeta.
Parece una pesadilla pero se trata de una cruda realidad. Un reciente informe científico da un plazo de veinte años para la total desaparición de los bosques amazónicos y de todo signo de vida animal y vegetal en la zona. Las carreteras transamazónicas y las megaciudades, la explotación petrolera y aurífera, la tala de árboles, la cacería indiscriminada y la indiferencia de las autoridades políticas de los países amazónicos son las principales razones de esta muerte anunciada.
Sin embargo, en medio de ese paisaje apocalíptico sobrevivirá como un oasis de vida la Reserva de Biosfera del Manu, un rincón de 1.5 millones de hectáreas que resguarda la mayor variedad de vida natural del mundo. Allí, en los contrafuertes andinos de la cordillera septentrional, bajo las cascadas de niebla que descienden entre las quebradas y montañas de la Selva Alta, entre los bosques y sabanas cubiertas de vegetación de la Selva Baja, conviven en perfecto equilibrio más de mil especies de aves, dos mil variedades de plantas, 200 especies de mamíferos, miles de plantas medicínales e incalculables tipos de insectos.
En este perdido y protegido rincón del planeta el tiempo quedó enredado en la floresta. Sólo ahí se pueden contemplar escenas que parecen extraídas de un remoto pasado. Como la inolvidable imagen de un semidesnudo nativo amarakaeri paralizado sobre su canoa pescando con arco y flechas. 0 una escena de la Edad de Piedra protagonizada por jóvenes Mashco-Piro cazando en el corazón de la selva. 0 el juego violento y danzarín de una familia de nutrias que no saben de trampas ni de disparos de escopetas.
Muchos creen que aquí se inventó la palabra ecoturismo porque los visitantes olvidan rápidamente los trajines citadinos y son absorbidos por la magia del paisaje, por ese antiguo temor que producen los bosques encantados, por la emoción de contemplar la vida silvestre en todo su esplendor.
Pese a su cercanía al circuito turístico del Cusco, no es fácil para los turistas peruanos conocer el Manu. Más allá de la disponibilidad de tiempo y dinero, las selvas del Manu exigen un profundo y casi místico respeto a la naturaleza.
Existen varias alternativas. Desde los vuelos Cusco-Manu en pequeños aviones, hasta la ruta que arranca desde Puerto Maldonado, tardando varios días de navegación hasta el corazón de la reserva.
Pero si la idea es realizar un verdadero viaje de aventuras, la ruta se inicia en el Cusco, sigue hasta Paucartambo y se llega a la puerta de entrada casi oficial a la Reserva: el pico Akanako, más conocido como Tres Cruces, famoso por el extraño espectáculo solar que sólo se puede contemplar cada 24 de junio, en pleno solsticio de invierno.
Tres Cruces es un mirador ubicado exactamente en los picos de los contrafuertes andinos vecinos a la selva. Algunos restos arqueológicos marcan la importancia de la zona pues desde allí' se pueden contemplar los confines de la sabana amazónica.
Pero cada 24 de junio, al amanecer, el sol surge desde el horizonte selvático y se bambolea ante el estupor de los turistas. A este fenómeno atmosférico le llaman "la danza del sol" y ahora sabemos que se debe al proceso de evaporación de la selva, similar a un espejismo.
Desde aquí se inicia el descenso por un camino carrozable que atraviesa los espectaculares paisajes de la Selva Alta hasta las orillas del río Alto Madre de Dios, siguiendo hasta el embarcadero de Shintuya donde están los peque-peques que descienden por el turbulento cauce del río rodeados por las impresionantes vistas de la cordillera de Pantiacolla, con sus pétreas siluetas que parecen emerger entre las copas de los árboles. Durante todo el recorrido se pueden contemplar las hermosas playas de arena blanca salpicadas de cantos rodados que se suceden en ambas márgenes.
Hasta aquí ya se justifica el paseo, pero el espectáculo empieza en Boca Manu cuando las aguas claras del río que navegamos se encuentran con el cauce marrón del río Manu, dando vida al río Madre de Dios. Desde aquí continúa el viaje hasta el río Panahua, ubicado al sur-este de la Reserva.
Apenas cinco kilómetros más allá llegamos a Pakitza, centro de administración del Parque Bosque Nacional del Manu y punto de partida para turistas y científicos.
Porque no sólo de turistas vive el Manu. Desde su creación en 1970 como Reserva Nacional de Biosfera, el Manu se ha convertido en punto de reunión de los científicos más destacados del mundo, quienes con su silenciosa y dura tarea han contribuido al prestigio internacional de este paraíso peruano.
Sólo en la cercana Cocha Cashu, uno de los lugares más visitados por los turistas, se han identificado 460 especies de aves y continuando el recorrido hasta Tayakome se pueden observar en su hábitat natural a decenas de especies de mamíferos, reptiles y peces rodeados del impresionante paisaje selvático.
Pasando el puesto de control del parque se puede visitar una aldea Mashiguenga ubicada en un piso ecológico muy especial, con su clima templado y libre de mosquitos. Muy cerca existe un mirador donde con un poco de suerte y mucha paciencia se pueden observar a los tigrillos y el inolvidable crepúsculo selvático.
Durante todo este recorrido, desde los páramos altoandinos pegados al cielo, siguiendo por la Selva Alta se llega a la denominada Selva Baja que, a su vez, cuenta con seis zonas identificadas por los ecólogos: el bosque húmedo tropical, el bosque muy húmedo subtropical, el bosque húmedo subtropical, el bosque muy húmedo montano bajo, el bosque muy húmedo montano y el páramo pluvial subalpino.
Sin embargo los turistas pueden fácilmente identificar cada zona por la variedad de climas y paisajes durante el recorrido. Temor, asombro, reverencia y éxtasis son las sensaciones qué acompañan al viajero. Y la sorpresa aumenta conforme se van contactando con los nativos: piros, mashiguengas, yoras, amahuacas, campas, huachipairis, mashco-piros, amarakaeris conviven den-tro y fuera del parque en completa armonía con su entorno ecológico.
Pero los bosques del Manu aún esconden sus secretos. Tribus aún no contactadas, misteriosas especies de plantas, insectos, mamíferos y reptiles son un tesoro oculto en la floresta. Pese a que la visita aún resulta muy cara para el turista promedio se trata de una experiencia inolvidable y de la posibilidad de recorrer uno de los pocos rincones del mundo que no ha sufrido la presencia de la civilización.
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