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ANDARES
AYAHUASCA, LA MADRE DEL MUNDO
Texto y fotos: José Alva S
La noche estaba iluminada con inusitada brillantez. La luna llena estaba suspendida como un fruto fosforescente y maduro sobre los árboles. Estábamos algo nerviosos, teníamos una cita con los espíritus de la selva y nuestro intermediario sería la Ayahuasca, la planta sagrada de la Amazonía.
Mateo Arévalo -en realidad su nombre shipibo era Isayui, que significaba "Hombre Pajaro"- sería era el shamán shipibo-coníbo de San Francisco que nos guiaría en esta andanza por el mundo mágico de la Ayahuasca.
Un día antes habíamos llegado a San Francisco, ubicado a cuarenta minutos en bote sobre las plácidas aguas del lago Yarinacocha, para buscar a Mateo y solicitarle una sesión de Ayahuasca. El aceptó y recomendó que por lo menos veinticuatro horas debíamos abstenernos de comida grasa, licor y ají. "Por otro lado deseo que este reportaje se publique no con fines mercantiles ni publicitarios, sino para que sea tomado como la expresión -sin tergiversaciones- de un pueblo que desea mantener sus costumbres ancestrales".
Nueve de la noche. Roberto Praga, redactor de la revista y yo estábamos sobre el piso de madera de la impresionante maloca -cabaña selvática- y habíamos traído cigarrillos negros (en la sierra los llaman rompepechos), agua florida y, obviamente, repelente para insectos.
Mateo esperó que los habitantes de las casa vecinas sucumbieran al sueño y sólo se escuchara la voz de la noche. Nos sentamos cómodamente en el suelo de madera, y luego sacó un frasco conteniendo una bebida de un color parecido al de la chicha de jora.
Era el famoso Ayahuasca mezclada hojitas de Chacruna.
En el siglo XVII los jesuitas informaron al mundo europeo de la existencia de "pociones diabólicas" hechas por los indios del Amazonas. Han recibido y reciben muchos nombres según su distribución: "Ayahuasca", en la Amazonía de Bolivia, Perú y Ecuador; "Caapi", en el noreste de Brasil y Colombia; "Yajé", al este de los Andes de Colombia y Ecuador; "Nixi pae", por los indios Cashinahua de Perú, "vinho do Jurema" en los ritos afro-brasileños, y "Santo Daime" por el culto sincrético cristiano originario en Brasil.
Mientras nuestro guía en el mundo de la visiones se colocaba agua florida en las manos y se insuflaba el oscuro humo del tabaco sobre la cabeza, nos daba algunas recomendaciones. "No sientan miedo por lo que van a ver".
Antes nos habían comentado muchas escenas de pánico producidas por las visiones del Ayahuasca. "En esta primera vez verán serpientes, pues la planta de Ayahuasca es una liana, tiene la forma de una serpiente. En la selva el universo tiene la forma de una culebra, pero cada uno la verá a su modo" -nos dijo. Fue entonces cuando pensé en el Amaru, la serpiente portadora de la sabiduría andina. Pensé en la serpiente que convenció a Eva y Adán. Pensé en las serpientes y dragones chinos. Mateo nos advirtió que cuando sintiéramos necesidad de vomitar o despejar los intestinos -pues el Ayahuasca también cumplía la función de purgar los males, lo haríamos fuera del cuadrilátero de madera.
Luego Mateo repartió nuestras respectivas dosis en copas pisqueras. Un sabor a madera, ligeramente amargo, raspó mi garganta, pero nada más. Y comenzamos a conversar sobre sus efectos. Así lo hicimos durante quince minutos sin ninguna sensación. Luego Mateo apagó los mecheros sumiéndonos en la oscuridad de la noche y el fulgor de la luna sobre la selva. "Ahora descansen y relájense", nos dijo.
Roberto se echó en una hamaca y yo lo hice directamente sobre el piso. A los pocos minutos sentí una especie de sopor, el sentido del olfato se agudizó, percibí con gran nitidez el olor del agua de florida que Mateo había vertido sobre sus manos y el olor del tabaco del ambiente. Sentí los aromas del río, los olores de la selva. Mientras tanto, Mateo se había sentado y comenzado a cantar en la oscuridad una letanía en lenguaje shipibo, llamando a la madre del mundo, como se le conoce a la Ayahuasca.
De pronto desde la oscuridad surgieron figuras de brillantes colores. Parecían centenares de esferas que formaban una serpiente con un interminable cascabeleo. A su vez, todas ellas formaban figuras geométricas que se entrecruzaban. Pensé en la espiral del ADN con su mensaje genético oculto en células. Pero siempre lúcido y atento nos preguntábamos qué podían significar aquellas imágenes. Máquinas inimaginables formadas por estas mismas cuentas, que se desplazaban de un lugar a otro, cristalinas, brillantes, transparentes. Y de pronto estábamos en otro plano: estaba con mis familiares conversando, abrazándonos y luego me alejaba de ellos, siempre consciente de lo que hacía.
Abrí los ojos, vi sentado a Mateo a mi lado, seguía cantando. Sentía que podía elevarme, sabía que si deseaba podía romper la ley de la gravedad y desplazarme en el aire, pero a la vez tenía la certeza física que mi cuerpo no lo permitiría. Estuve en esa lucha cuando los efectos de la bebida comenzaron a menguar, quedando en medio de una "mareación", un sopor, entre el sueño y la vigilia, hasta que en un momento sentí la necesidad de vomitar. Me acerqué con dificultad hasta el límite de la maloca y arrojar todos mis males.
Prontamente Mateo estuvo a mi lado, colocó sus manos sobre mi cabeza, y me sopló el humo del cigarro entre sus cánticos. Un reconfortante calor me inundó y me tumbé nuevamente en el tabladillo. El efecto se desvanecía poco a poco, unos ojos brillantes me miraban desde el techo de la maloca, ojos que finalmente se transformaron en una estrella en forma de cruz que se consumía en su luz. Y después nada. Llegó el sueño, mientras escuchaba los cánticos de Mateo, la conversaciones de Roberto sobre su "mareación", los insectos de la noche, una canción que propalaba una radio portátil en la otra orilla del lago. Y de a pocos la noche se tornó en un tono celeste y blanquecino: llegaba el nuevo día.
Había estado en esta sesión durante más de diez horas. Nos dejamos abrazar por el sueño.
Despertamos, el sol brillaba en las hojas de los árboles. Mateo conversaba con mi compañero sobre la sesión: "Para poder conocer el porqué de las cosas, ver nuestro destino, y nuestro papel en la tierra eran necesarias tres sesiones consecutivas. Allí las imágenes se tornarán más complejas y reveladoras", afirmaba.
Desafortunadamente había que partir ese día. Nos despedimos de Mateo, nuestro guía. Algún día regresaríamos para conversar con la madre Ayahuasca.
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