Fueron catorce horas de agotador viaje hasta el poblado de
Cotahuasi, capital de la provincia de la Unión en
Arequipa. A medida que nos trasladábamos desde la Ciudad Blanca los paisajes iban tornándose realmente impresionantes y espectaculares. Mesetas altiplánicas, vicuñas corriendo entre el dorado ichu, el verdor de los eucaliptos destellando al lado del río y al fondo los imperturbables cerros.
Cruzamos la cordillera de Huanzo y pudimos observar el Solimana y el Coropuna; sus majestuosos nevados. Finalmente llegamos hasta la tranquila población de
Cotahuasi, ubicada en la margen izquierda del río del mismo nombre, que bajo el plácido sol marca el inicio del cañón más profundo del mundo.
Y estábamos allí para recorrer parte de este accidente geográfico cuya profundidad fue conocida recién en 1991. Se denominó científicamente que tiene 3,535 metros, sobrepasando al del
Colca que tiene 3,200 metros.
Primero, obviamente, teníamos que conocer el poblado anfitrión, cuyas callecitas empedradas y casonas con amplios patios son habitadas por gente sencilla y trabajadora. Dedicados básicamente a la agricultura sobre antiguos andenes que rodean la población y que hasta hoy en día cumplen su labor a cabalidad. Tuvimos que detenernos ante la bella e impecable parroquia construida totalmente en sillar, la cual alberga cuadros y esculturas de origen colonial.
A su costado, en su pequeña Plaza de Armas, se levanta una pequeña pileta sobre la cual un niño de piedra se coge traviesamente la cabeza. Suponemos que debe ser para cubrirse del intenso sol serrano.
La historia de los pueblos que se hallan diseminados en la cuenca del
Cotahuasi si se inicia hace diez mil años. Eran hombres que vieron que esta zona era perfecta para vivir y adorar a sus dioses. Dominaron sus valles, se alimentaron de los peces que le proporcionaba el rugiente
Cotahuasi y se vestían con la lana de las vicuñas que corrían sobre las altiplanicies.
Luego estos asentamientos fueron conformando grupos organizados, que posteriormente fueron influenciados por la cultura Wari. En el siglo XI, con la decadencia del poder de los waris los Chancas invaden esta zona y arrasan con todos los poblados del lugar. Fue recién durante la época incaica cuando los hombres que habitaban el cañón fueron sometidos pacíficamente y enviados hasta los poblados creados por el imperio para engrandecer las extensiones de sus territorios. Desde aquella época los poblados que viven del
Cotahuasiconservan los nombres quechuas impuesto por el vencedor.
Desenfundando el cañón
El día siguiente se presentó de buen talante: un sol esplendoroso rodeado de algunas abultadas nubes sobre el azul profundo del cielo. Calzamos las andariegas y nos lanzamos hacia la catarata de Sipia.
Tres horas después de habernos puesto en marcha y haber cruzado la campiña de Piro y dos puentes colgantes, nos llega el rugido del
CotahuasiUna impresionante caída de 150 metros. Allá abajo, el agua se estrella contra el lecho de rocas y se eleva como una nube de finísimo y frío rocío que nos baña por completo. La adrenalina circula a cien por hora cuando nos colocamos en una de sus escarpadas salientes. Uno se siente empequeñecido, un pequeño punto en medio de este universo líquido.
En una de sus escarpadas riberas todavía se puede observar los vestigios de las bases de lo que fue un antiguo puente inca, pero el tiempo hizo lo suyo.
Luego de habernos tomados las fotos de rigor, regresamos a Cotahuasi justo a la hora de almuerzo para dar cuenta de un sabroso guiso de cochayuyo, que es especialidad de la zona. Con dos platos de este potaje nos dimos por satisfechos.
Al día siguiente la misión era conocer los baños termales de Luicho. Un buen desayuno compuesto de un vaso tamaño familiar de leche fresquísima y sus tres panes con queso elaborado en la zona fue el primer paso. Luego, llenar la mochila y enrumbar hasta nuestro destino termal. Durante la agotadora caminata logramos conocer los poblados de Tomepampa, Taurisma y Alca. Al llegar hasta la fuente de estas aguas termomedicinales, las piernas ya no daban más.
Después de cinco horas de caminata estaban agarrotadas y realmente cansadas. Pero cuando decidimos sumergirnos lentamente en estas aguas que alcanzan los 44 grados, la cosa cambió radicalmente. Los músculos se tonificaron y recibieron la ayuda necesaria. No queríamos salir del agua, pero la tarde llegó y había que buscar un albergue. La noche se cierra sobre esta inmensa garganta; abajo el río levanta espuma del color de la luna.
Honda belleza
Durante los doscientos kilómetros que tiene el
Cotahuasi, sus riberas y alturas se ven salpicadas de pueblos y atractivos del más intenso colorido y costumbres. Los pisos ecológicos y climas se suceden con asombrosa variedad. En un momento, durante el recorrido por las zonas bajas el cañón, la temperatura puede alcanzar los calurosos treinta grados; pero si uno asciende hasta sus alturas puede convertirse en una fría estatua de hielo.
Siguiendo a través del cañón se pueden gozar de sus campiñas, las cuales han alcanzado renombre en la región por sus magníficas paltas, higos, lúcumas, pacaes, y uvas. Por cierto, existe el poblado de Velinga donde utilizan sus viñedos para elaborar hasta dieciséis clases de vino. Probamos algunos de ellos y realmente conservan aquel toque doméstico, artesanal, que lo hacen aún más exquisitos.
Poblados como el de Pampamarca que se encuentran a cinco horas de camino desde
Cotahuasi. Una impresionante muestra de andenería que aún conserva la majestuosidad y los usos que hicieron de nuestros antepasados maestros en el arte de la agricultura.
Igualmente descubrimos que aquí confeccionan hermosas alfombras de alpaca. Una de ellas particularmente se ha hecho famosa pues tiene aproximadamente 200 metros cuadrados y que actualmente se encuentra adornando una de las paredes del Salón Túpac Amaru del Palacio de Gobierno.