Existe un circuito muy bien establecido para conocer la ciudad, pero la verdad es que lo mejor es andar por sus calles para ir descubriendo sus encantos. Nuestro andar lo iniciamos por su enorme Plaza de Armas. Resguardada por la Catedral por el lado norte, al sur el Portal de la Municipalidad, al este el Portal de Flores y finalmente cerrando el exquisito caudrilátero, el Portal de San Agustín.
Damos unas vueltas mientras centenares de palomas se pasean sobre las baldosas a la espera de que aquellos que se acerquen a la fuente les brinden alimento. Inesperadamente levantan vuelo y planean en torno a la plaza para luego aterrizar nuevamente en un mar de alas sobre la baldosas grises. En el centro una fuente de bronce de tres cuerpos y sobre ellas el legendaria efigie del Tuturutú, que según los estudiosos no sería otra cosa que la imagen del un soldado del siglo XV que lanza tonadas de guerra con su trompeta.
Un niño se acerca y corre tras una paloma, ésta levanta vuelo y se posa sobre el Tuturutú. Abajo, el niño ríe a todo pulmón.
Un edificio del cual creen los arequipeños como digna casa de Dios es La Catedral. Dos torres de tipo renacentista se elevan y parecen sostener el cielo increíblemente azul entre ellas. Mientras recorremos la fachada no falta quien nos diga que sus orígenes se remontan a comienzos del siglo XVII, pero su fachada data del siglo XIX puesto que los incendios y terremotos hicieron mella en ella. Al ingresar vemos tres naves que están paralelas a la Plaza de Armas. El altar es de blanquísimo mármol, sus sillas de madera tallada, pero lo que nos llamó poderosamente la atención fue su púlpito. Una impresionante obra de arte esculpida en madera en el año de 1677 por Buisine Rigot y que fue traída especialmente desde Francia. En ella se muestra a un demonio cuya cola escamada y enroscada sostiene el mueble desde donde el sacerdote lanzaba sus sermones diarios. Impresionante.
Siguiendo con el recorrido no podía faltar la Iglesia de la Compañía. Limitada por una reja nos muesta una fachada de tipo barroco, con columnas, pináculos, además de follajes, árboles, aves, y escudos heráldicos. Dimos la vuelta para encontrarnos con su portada más antigua: Allí, sobre la pared cabalga el apóstol Santiago combatiendo a los moros, centímetros más abajo, dos bellas sirenas nadan en un océano de blanco sillar.
Nuestros amigos nos jalaron casi a rastras hasta la portada del Monasterio de Santa Catalina. Ingresar a sus claustros es como entrar al túnel del tiempo. Sus gruesos muros que han soportado varios terremotos también ocultan el ruido exterior, conservando la quietud y belleza de sus ambientes. En sus edificios la monjas aún transitan en continua oración. Al ingresar quedamos prendados por el angosto y bello locutorio. Seguimos por los corredores de piso de laja hasta llegar a un pequeño y soleado patio hasta la Sala de Recibo (allí se dice se recibía al Obispo). Miramos sus paredes, allí está la escenificación de la Ultima Cena a tamaño natural, además de otros cuadros como la de la Virgen de las Ropas y de Santa Catalina de Siena.
Seguimos por patios, claustros, celdas, calles de color ocre y en ellas la cocina, el fogón de las monjas, un bello horno de pan del cual nos remonta a antiguos aromas de cocina, ollas de barro. Otros edificios de azul añil: el Claustro de la Pasión. Cinco arcos lo sustentan y delante de ellas se yerguen tres cruces y a los lados radiantes árboles de naranja. Al pasear por el interior vemos cuadros pintados con cestos de frutas. Al lado la imagen de una morisca nos vigila.
Paseamos también por la blanca Calle Córdova, la Calle Toledo, de bello color rojo guinda. Al final de ella se observa la lavandería y sus veinte viejísmas tinajas de barro donde las monjas lavaban sus ropas y los pecados del mundo. Además están las vía Burgos, roja toda ella, donde resaltan los faroles de hierro. Luego la calle Sevilla donde existen arcos que sostienen feroces gárgolas, faroles y macetas de geranio.
Nos detenemos embelesados ante la Plaza de Zocodover. Pintada de rojo intenso, vemos al centro una fuente circular y al centro un gran surtidor de agua fresca y cantarina. Bebemos mientras observamos la Alberca lugar donde las monjas tomaban sus baños en verano. Puertas labradas en estilo barroco tienen detrás el silencio de los siglos.
Finalmente después de haber transitado también por el Claustro de Los Naranjos, y la Pinacoteca del monasterio con más de ochenta pinturas coloniales, llegamos hasta la portería y luego a la calle.
Y fue precisamente en las calles donde descubrimos que la mejor forma de conocer esta bella ciudad es recorriendo sus veredas, descansando nuestro andar en cada plazuela o en el interior de alguna de sus bellas iglesias donde el tiempo parece detenido en pleno esplendor colonial.
Es así como visitamos la plazuela de San Francisco justo a la hora del Angelus, cuando las últimas parejas de enamorados juran su amor bajo la torre de recio sillar. 0 paseamos por las callejuelas del barrio de San Lázaro, más antiguo que la propia ciudad, pese que casi todos sus edificios han sido reconstruidos luego de cada terremoto.
Pero si San Lázaro guarda la tradición, el Barrio de Selva Alegre es el jardín de la ciudad donde ni las modernas construcciones le restan esa sensación de nostalgia y romanticismo.
Nuestro recorrido duró varios días y sólo nos detuvimos a la hora del almuerzo o de la cena, sólo para gozar la célebre gastronomía arequipeña, una de las mejores del Perú.
Nada mejor para conocer Arequipa que charlar con su gente en los restaurantes, picanterías o en un simple cafetín. Amables, cultos siempre recomendando a los forasteros un buen sitio para visitar: La Casa de Arróspide, la Casona del Moral, de la Moneda o la Casa Tristán del Pozo son algunos de los monumentos más representativos del esplendor arequipeño.
Antes de visitar los alrededores de la ciudade cargamos con los mejores recuerdos: una botella de Anís Nájar, los afamados dulces de La Ibérica, sus artesanías en sillar o un buen maletín de cuero