Villa de la Asunción de Nuestra Señora del Valle Hermoso de
Arequipa es el nombre de pila con el que fue bautizada la ciudad, el 15 de agosto de 1540, por el conquistador Garcí Manuel de Carbajal, un hidalgo extremeño que hizo fama por su adhesión a la Corona demostrada durante las rebeliones de Diego de Almagro El Mozo y Gonzalo Pizarro.
La zona fue visitada años antes por las alicaídas huestes de Diego de Almagro cuando retornaban de su desastrosa gira por territorio chileno, sin embargo, cuentan las crónicas que la zona fue epicentro del Contisuyo (la estratégica zona sur del Tawantinsuyo) luego que las tropas dirigidas por Pachacútec conquistaran sucesivamente a Collaguas, Kuntis, Arunis, Cabanas y Puquinas, imponiendo el señorío cusqueño.
De aquellas épocas quedan los imponentes sistemas de andenerías cercanos a la ciudad y los recientes hallazgos de sacrificios humanos en los santuarios de altura ubicados en las cimas de varios volcanes arequipeños. De aquella época también surgió la célebre frase "Ari Quipay" ("Sí, quedaos") con la que el inca Pachacútec instó a poblar la zona, absorto por el paisaje characato.
La imponente presencia de los volcanes está sujeta a la historia de
Arequipa. Desde la espectacular y trágica erupción del Huaynaputina, que cubrió de cenizas la Ciudad Blanca y con detonaciones que se oyeron en Lima (dicen que el virrey subió al cerro San Cristóbal creyendo que los piratas atacaban el Callao), hasta la reciente actividad del Sabancaya, cuyas cenizas derritieron las nieves del vecino volcán Ampato permitiendo el espectacular hallazgo de la momia "Juanita". Pasando por un sinnúmero de temblores y terremotos que destruyeron varias veces la ciudad, poniendo a prueba el temple de su población.
Porque así se forjó el temperamento arequipeño: a fuerza de enfrentar la naturaleza, de convivir con la agitada actividad telúrica y, al mismo tiempo, gozando su clima y sus paisajes. Porque así se forjó la célebre fertilidad de su tierra, abonada con cenizas y minerales volcánicos que brindaron, de paso, la piedra sillar que dio fama a la arquitectura arequipeña, blanca y resistente.
Por todo esto es una obligación para los peruanos conocer
Arequipa, una tierra que desde sus costas hasta sus imponentes serranías garantizan una inolvidable jornada al visitante. Se puede llegar por tierra o en avión. En el primer caso, viajar en auto es muy buena alternativa pues se cuenta con una autopista en excelente estado y lugares para descansar del largo camino.
Pasando
Nazca se ingresa al departamento de
Arequipa por el puerto de Lomas, desde donde se continúa camino hasta la intersección que se dirige hacia Acarí, un antiguo pueblo colonial recientemente afectado por un terremoto, De retorno a la Panamericana Sur se pasa por Yauca hasta el puerto de Chala (Km 612) que cuenta con buenos servicios para el turista, incluyendo un cómodo hotel para turistas.
Doscientos kilómetros más al sur se llega a la ciudad de Camaná (Km 830), puerta de acceso al valle de Majes y con buena infraestructura turística, y luego de un corto recorrido costero la autopista se interna hacia las sierras rumbo a la Ciudad Blanca. Sin embargo, sólo 130 kilómetros después está la intersección que va hacia Aplao, en pleno corazón de la Pampa de Majes, donde además se pueden visitar los petroglifos de Toro Muerto, las primeras manifestaciones artísticas arequipeñas dispersas en un paisaje lunar lleno de misterio e historia.
De vuelta a la Panamericana Sur la ruta ya no se detiene hasta Repartición, donde el camino se bifurca hasta Arequipa, al este, y hacia Mollendo o Moquegua, al oeste.
Camino a Mollendo se pueden visitar los puertos de Matarani e Islay, con playas tranquilas pero de aguas frías con suficientes servicios para los turistas. De Mollendo se continúa hasta el exclusivo balneario de Mejía y al Santuario Nacional Lagunas de Mejía.
Pero si se optó por viajar en avión, la cosa empieza en la Ciudad Blanca, con suficientes atractivos para gozar de un inolvidable paseo, tal y como lo comprobarán en las siguientes páginas.
Ahora que si la intención es añadirle adrenalina al viaje, nada mejor que tomar rumbo hacia el
Cañón de Colca o al de
Cotahuasi, dos impresionantes formaciones geológicas que son sede de pueblos con tradiciones que se pierden en la noche de los tiempos y con paisajes poblados de una flora y fauna difícíl de hallar en otros pisos ecológicos.
Pero Arequipa da para más, no en vano es la segunda ciudad en importancia política y económica del Perú, pero al mismo tiempo la urbe más bella del país con su fina e imponente arquitectura de sillar, su campiña y el espectáculo que brinda el volcán Misti resguardando la ciudad, su ciudad.
Ciudad Señorial
Desde la ventanilla del avión el Misti se va acercando peligrosamente mientras nos disponemos a aterrizar. De pronto la nave realiza un pronunciado giro en su descenso y contenemos la respiración hasta sentir el tren de aterrizaje tocando pista mientras los frenos reducen poderosamente la velocidad.
Apenas descendemos respiramos profundamente como si tratáramos de limpiar nuestros contaminados pulmones con todo ese aire puro y seco de Arequipa.
Nuestros ojos se llenan del cielo increíblemente azul y el calorcito es una bendición luego de sobrevivir en este crudo y húmedo invierno limeño.
Una guapa arequipeña que viajó en nuestro avión se despide no sin antes advertirnos "no olviden su pasaporte" y su sonrisa es una bendición para el largo recorrido que nos espera.
En el taxi que nos lleva al hotel comprobamos que pese a la pujante economía de la ciudad, Arequipa la logrado conservar su temperamento de recia hispanidad. Es una de las más hermosas ciudades que hemos visitado en este impresionante recorrido por el Perú. Recorrer sus calles permite internarnos en un territorio distinto con sus casas e iglesias de sillar, sus calles empedradas y esas plazuelas que surgen como islas de nostalgia.