Una antigua leyenda de
Nazca cuenta que Tunga, señor de los llanos, se enamoró de la mujer del todopoderoso Illakata, amo y señor de la cordillera. Un día lo visitó llevando ofrendas de oro, frutas y licores de la costa que postraron en un sueño profundo a Illakata, situación que fue aprovechada para seducir a su mujer y huir con ella hacia los llanos, frente al mar, donde la coronaría reina del mar y de las llanuras.
Pero Illakata despertó a tiempo y llamó con su voz de trueno a los fugitivos. Rayos y relámpagos sobre los nevados de la cordillera anunciaron su furia. Aterrada, la mujer rogó a Tunga para que la deje morir, pero el amante sólo atinó a ocultarla cubriéndola con harina de maíz.
Cuando Illakata bajó a los Ilanos no pudo descubrir a los fugitivos y antes que apareciera el sol retornó a la cordillera desde donde provocó un terremoto que derrumbó los cerros de la Costa, enterrando a Tunga y a la mujer. Ella se convirtió en una enorme duna de arena, conocida ahora como Cerro Blanco, situada frente a Nazca. Mientras que Tunga quedó convertido en un enorme morro que ahora se llama Cerro Azul, a orillas del mar.
Hay días en que el cielo está tan despejado que desde la cima de Cerro Blanco, en Nazca, se puede contemplar el nevado Carhuarazo, situado en las cordilleras de Lucanas, Ayacucho, y al mismo tiempo se puede observar la cima de Cerro Azul. El Carhuarazo está ubicado en el corazón de lo que fue el Imperio Wari, una cultura vinculada con el esplendor de la cultura Nazca. Hace algunas décadas estas tres montañas eran consideradas deidades de la zona.
Y es precisamente la enorme presencia de la duna Cerro Blanco la que llama la atención de a los viajeros apenas llegan a Nazca, luego de recorrer los 140 kilómetros que lo separan de la ciudad de Ica.
Pero ¿qué tiene que ver esta historia con las célebres
líneas de Nazca?
Recientes investigaciones sostienen que los geoglifos de las pampas de Nazca están relacionados con el culto de las montañas y a ceremonias relacionadas con la fertilidad de los campos de cultivo y con el ancestral culto al agua, elemento básico para los pobladores de Nazca, una de las zonas más áridas del Perú.
Don Toribio Mejía Xespe tuvo noticias de las
líneas de Nazca a principios de siglo, pero fue el sabio Paul Kosok quien inició las investigaciones de estos misteriosos dibujos que cubren un área de 350 kilómetros cuadrados.
Fue allí donde María Reiche conoció a Kosok y quedó prendada del descubrimiento dedicando 50 años de su vida a la protección y estudio de uno de los monumentos arqueológicos más enigmáticos del mundo.
Kosok y Reiche vieron en las líneas de Nazca el "libro de astronomía más grande del mundo", sin embargo, no todos los estudiosos de la zona comparten su teoría.
Johan Reinhard, célebre descubridor de la momia "Juanita" en la cima del volcán Ampato, en
Arequipa, y principal investigador de los santuarios de altura en el Perú, propone que las numerosas
líneas de Nazca sirvieron como senderos sagrados en las ceremonias de culto al agua y a la fertilidad de la tierra, relacionados con el difundido culto a las montañas. Mientras que las figuras (arañas, monos, aves,etc.) fueron tótems relacionados con las sequías y la proximidad de las lluvias.
Si bien aún queda mucho por estudiar en la zona, lo que permanece inalterable es el asombro que provocan los geoglifos de Nazca entre los miles de turistas que recorren la zona, observando las líneas y figuras desde el mirador o, mejor aún, desde la cabina de un avión.
La ciudad cuenta con buena infraestructura turística y una excelente autopista que la conecta a Lima en sólo 5 horas de camino. También se pueden visitar la zona de Paredones (a 2 kilómetros de la ciudad) y los canales de regadío prehispánicos.
Pero si la idea es una buena jornada de aventura, nada mejor que ascender a la cima de Cerro Blanco -la duna más grande del Perú- y desde ahí contemplar el espléndido panorama. Incluso hay quienes portan sus tablas para arena para hacer más espectacular el descenso.
De regreso a Ica se debe visitar la ciudad de Palpa, famosa por sus naranjas y limones y, de paso, recorrer sus pampas cubiertas de dibujos. Más allá está la zona de Ocucaje (kilómetro 336 de la Panamericana Sur), ubicada a sólo 20 minutos de Ica, y realizar una jornada de turismo de aventura en el desierto, donde existen verdaderos yacimientos de fósiles de tortugas, tiburones, ballenas y otras especies marinas que poblaron la zona hace más de 50 millones de años.