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ANDARES
LA NEGRA CHINCHA
Escribe José Alva S.
Fotos: Flor Ruiz.
La primera escala en el camino. La noche chinchana tiene esquinas luminosas como enormes e inmóviles luciérnagas. Pero hay algo más en el ambiente. Se escucha el retumbar de música: Los cajones y las cuerdas de las guitarras se encabritan al igual que las enormes y blancas quijadas de burro. Manos oscuras retintas arrancan las invisibles notas que ahuyentan el silencio. Nos acercamos hacia la luz. La peña está que arde: los cuerpos oscuros y rítmicos son pasto de la música; la humedad de la transpiración permite ver casi como radiografía la voluptuosidad del baile. Las sonrisas amplias son blanquísimas y hospitalarias.
El calor inunda los cuerpos, martiriza la garganta, humedece las sienes. En una mesa, oscuras ollas de barro contienen la impresionante sopaseca y garrafas de plástico la refrescante cachina. Dos vasos al hilo y luego a la pista de baile. La consigna es sacudir el cuerpo "a lo negro" hasta el amanecer. Y no es nuestro estilo incumplir las consignas.
Chincha sigue siendo la misma ciudad hospitalaria y calurosa situada a 194 kilómetros al sur de Lima y 104 al norte de Ica. A paso de festejo se puede visitar los distritos de El Carmen, Grocio Pardo, Chincha Alta, Chincha Baja, Sunampe y Tambo de Mora, en el valle del río Chincha; Chavín y San Pedro de Huacarpampa, en la sierra.
Hasta allí se llega luego de cruzar las pampas que la separan de Cañete, por la autopista que corre paralela al mar hasta las dunas de la playa Jawai (kilómetro 200 de la Panamericana Sur), que se alzan como un muro de arena entre el desierto y el mar.
Situada sobre los noventa metros sobre el nivel del mar, Chincha conserva ese ambiente tranquilo de las pequeñas ciudades costeras, pero sin dejar de lado lo imprescindible para el paso de la modernidad. Como antigua población costera Chincha también es parte de la historia.
De la época prehispánica los cronistas daban cuenta de las encarnizadas batallas entre los habitantes de estas tierras y los invasores yauyos, quienes tenían como dios felino al jaguar, al cual llamaban Chinchay. Posiblemente de allí devino el nombre del lugar.
En la época de la colonia esta calurosa provincia basaba su economía en el transporte de azogue extraído de la famosa mina de Oropesa en Huancavelica, y hasta aquí llegaban sobre el lomo de las gráciles pero vigorosas llamas para embarcarlo hasta Arica y Potosí. De esta forma podían utilizarlo para la extracción de oro y plata.
Negra Linda
Con la llegada de los esclavos africanos en la Colonia para trabajar en las plantaciones de algodón y vid en su fértil franja costera, la cosa, como quien dice, se puso negra. Aquella cultura africana sometida y esclavizada, al mezclarse con manifestaciones de otros grupos humanos, permitió el nacimiento del arte musical afroperuano. Inicialmente como danzas paganas -religiosas fueron ganados luego por las festividades sacras de los españoles. De allí su homenaje festivo a la Virgen del Carmen. Todo ello permitió que se convirtiera en una de las expresiones folklóricas más difundidas en nuestro país. Y fue El Carmen el distrito donde se asentó la esencia de lo negro. Así surgieron una serie de danzas como El ArruIlamiento, la Contradanza, El Pastorcillo, El Yozo, la Llegada del rey, Pastoria, Pajarillo, Relaciones en Honor del Niño Jesús, Punta Suelta, entre otras.
Pero Chincha también es sinónimo de algodón y vid. Productos que dieron -y lo siguen haciendo- fama a esta provincia. Claro, aparte de ser considerada "cuna de campeones" por los deportistas que han logrado grandes lauros al país.
En el caso de la vid, son famosas sus bodegas que están recuperando su categoría de antaño. Los descendientes italianos que desde 1860 se afianzaron en el valle de Sunanpe y que buscaron implementar su propia industria del vino, nuevamente han tomado las riendas de las bodegas más importantes, como Vino Tabemero, San Eusebio, Viña Julia, Viña Naldo Navarro, entre otras que conservan el sabor tradicional de otras épocas.
En cuanto a la arquitectura tradicional los chinchanos se muestran orgullosos de la hacienda San José. Un bello complejo cuyos cimientos se comenzaron a trabajar en el año de 1600 y que hasta ahora conserva los bellos portales, la capiIla familiar, los amplios pasillos, los acogedores ambientes y habitaciones que son un remanso en medio de la campiña chinchana. Pero San José tiene un atractivo adicional: los laberínticos pasadizos que se entrecruzan bajo sus cimientos, los cuales -se dice- se utilizaban para trasladar a los esclavos desde la costa en horas de la madrugada con el fin de no pagar ningún tipo de impuesto. Actualmente San José ha sido remozada y dotada de la mejor cocina chinchana para brindar hospedaje y exquisita comida a los visitantes.
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