Una cuesta más y surge como una joya de piedra colgada del abismo los andenes, escalinatas, acueductos y centros ceremoniales de Wiñay Wayna, la "eternamente joven" monumento inca que precede al de Machu Picchu.
El camino sigue hasta llegar a una hermosa cascada donde se puede descansar y refrescar el calor casi tropical de la zona. Veinte minutos más y llegamos a una enorme roca que marca el ingreso a Wiñay Wayna.
Casi cinco minutos después se encuentra el albergue del INC, otorgado en concesión. Allí se puede descansar en sus cómodas terrazas, o pasar la noche en sus habitaciones o almorzar en su restaurante.
Desde allí existen dos opciones: ascender las impresionantes escaleras de caracol labradas en piedra que van hasta Phuyupatamarca o seguir directamente hasta Machu Picchu. Elegimos la primera opción, que resultó inolvidable por el fino trabajo de ingeniería vial realizado por los incas, con escaleras que ascienden formando ángulos de 45 grados al borde del abismo. Un poco más arriba existe un lugar para acampar que permite un visión magnífica de la cordillera nevada y de las montañas cubiertas de bosques que bajan por el cañón del Vilcanota.
Allí pasamos la noche y muy temprano descendimos hasta el albergue de Wiñay Wayna, donde desayunamos y nos aseamos para continuar nuestro camino hacia Machu Picchu.
Siguiendo el camino de piedra nos internamos en la selva hasta llegar a Inti Puncu, desde donde se tiene una magnífica visión de la ciudad sagrada de los Incas.
La visión de Machu Picchu basta para olvidar las penurias del camino. Desde las puertas de piedra del Inti Puncu se logra distinguir a los cientos de turistas que recorren la ciudadela bajo la imponente vigilancia del Wayna Picchu.
Ya en Machu Picchu observamos los trabajos de recuperación de el ascenso hacia el Huayna Picchu, el arqueólogo restaurador Sabino Huanco Usca, del INC, ha dirigido en tiempo récord la reconstrucción de los caminos incaicos que se desprendieron cuando se quemaron las plantas y árboles de la zona hace algunos años.
Luego de recorrer las habitaciones, pasadizos, andenes, el gran patio ceremonial y el Intihuatana, ascendimos al Wayna Picchu acompañados por el equipo de arqueólogos del INC, quienes nos llevaron por caminos que van al Ilamado Templo de la Luna y a la cima de la montaña, desde donde se logra una magnífica vista de la ciudad sagrada de los Incas.
Agotados por el trajín descendimos en los buses hasta Aguas Calientes, un poblado que nos recuerda el desorden y la ausencia de diseño urbanístico de muchas ciudades de la selva peruana, que se poblaron de gente por la explotación de algún recurso natural. En el caso de Aguas Calientes, el "oro" que atrajo a tantos pobladores fueron los turistas que cada día visitan Machu Picchu.
El poblado cuenta con hoteles, restaurantes, comisaría, servicios de luz, agua y teléfono y una feria permanente de artesanos. Nosotros, como premio a nuestro esfuerzo, nos dimos el lujo de alojarnos en el Machu Picchu Pueblo Hotel, una verdadera joya arquitectónica de estilo colonial español que resalta como una isla de buen gusto entre el caótico diseño urbanístico de Aguas Calientes.
Allí aprovechamos para darnos el primer baño de agua caliente después de cuatro días de trayecto por los caminos incaicos y, pese al cansancio, nos provocó dar un paseo por ese pequeño "pueblo" diseñado por el propio José Koechlin Von Stein, para albergar a turistas de todo el mundo. Por si fuera poco, el hotel cuenta con un vivero de orquídeas donde se ha reunido 160 especies de orquídeas que crecen en las selvas del Santuario Nacional de Machu Picchu.
Con las piernas acalambradas pero con la satisfacción de ofrecer una edición que es casi un homenaje a Machu Picchu, nos despedimos de los buenos amigos del hotel para dirigirnos a la estación del tren en Aguas Calientes. Allí nos esperaban los cómodos asientos del autovagón rumbo al
Cusco.