Antonio Raimondi comparó la orografía de Apurímac con la de un "papel arrugado" y es así como se ve desde el avión: una inmensa sucesión de montañas, nevados y otros escenarios de difícil e incomparable belleza en el corazón de los Andes del Sur. Un territorio impresionante y que parece poco propicio para la vida humana.
Sin embargo, mientras recorremos sus caminos comprobamos que la vida fluye entre sus valles y montañas. El río Apurímac serpentea entre las montañas gastando la roca, animando la cordillera con siluetas de dioses pétreos colgados en los abismos, diseñando una sucesión de pisos ecológicos que varían desde los bosques poblados de flora y fauna tropical hasta las inmensas praderas altiplánicas que rascan el cielo donde reina el cóndor, personaje central de las ceremonias del Toro-Puqllay.
Sólo una tierra así pudo forjar a los Chankas, cuyos ejércitos pusieron en jaque a los incas de
Cusco y que años después se rebelaron ante los abusos de las autoridades coloniales españolas. Allí están los monumentos erigidos en honor a Micaela Bastidas y María Parado de Bellido, entre otros héroes de la emancipación americana; o el permanente recuerdo de José María Arguedas y de Chabuca Grande, ilustres apurimeños.
Pero su paisaje feraz y melancólico contrasta con la alegría de sus pobladores, que desborda en cada fiesta familiar o en el centenar de festividades costumbristas donde se juntan las milenarias tradiciones andinas con el fervor católico, en un sincretismo cultural único en el Perú.
Pese al abandono y pobreza de su población, Apurímac ofrece a los visitantes la oportunidad de una permanente aventura, de un encuentro con nuestro pasado transitando los difíciles caminos cordilleranos, recorriendo las iglesias y mansiones coloniales de Abancay, Andahuaylas, Chuquibambilla o Mamara. Comprobando el encanto natural del Santuario Nacional de Ampay, el parque arqueológico de Saywite o enfrentando los peligrosos rápidos del río Apurímac, favorito de los amantes del turismo de aventura.
Lamentablemente, Apurímac no cuenta aún con buenas vías de acceso, de no ser por la carretera que lo une con el Cusco luego de seis horas de camino y otras vías que llegan hasta Huancayo o hasta Pisco, luego de dos días de accidentada travesía. El aeropuerto de Andahuaylas sólo soporta los pequeños aviones de pasajeros de una compañía aérea, de allí la necesidad de integrarse al circuito turístico del
Cusco .
Pero todo esto se olvida cuando en cada poblado apurimeño el visitante puede gozar de la hospitalidad de sus pobladores, de la alegría de sus fiestas y de los paisajes cercanos; garantizando una jornada inolvidable para el turista.
Los Caminos del Apu
La forma más rápida de llegar a Apurímac es bajar corriendo del avión apenas descienda en el aeropuerto del
Cusco , tomar un taxi directo hasta el paradero de los ómnibus que a diario hacen la ruta Cusco-Abancay. La vía está en buen estado y tarda seis horas en recorrer los 195 kilómetros que separan ambas capitales departamentales. Otra manera es tomar un avión pero se corre el riesgo de quedarse sin conocer Apurímac pues los aviones salen cuando pueden.
Pero si cuenta con un buen coche y con ganas de manejar más de 24 horas cruzando punas, abismos y los paisajes andinos más impresionantes del Perú, recomendamos las rutas
Huancayo-Ayacucho-Andahuaylas-Abancay, o sino la que parte de Nazca, cruza Puquio y las altiplanicies ayacuchanas hasta internarse en el corazón de Apurímac. En ambos casos, recomendamos pasar la noche en alguna ciudad intermedia y llevar dos buenas llantas y dos riñones de repuesto.