"La muy Noble y Leal Ciudad de los Caballeros de León", es la inscripción que se lee en el escudo de Huánuco, que Vaca de Castro le concedió en 1543. Una ciudad cuyo diseño urbanístico imitaba a todas las demás ciudades fundadas por los españoles, pero que con el aporte de los lugareños ganó una imagen propia, un aire inconfundiblemente mestizo.
Eso lo pudimos observar cuando arribamos a la capital de Huánuco. Al centro de la ciudad se halla la Plaza de Armas, con la Catedral y el Palacio Municipal. Tres cerros Marabamba, Rondos y Paucarbamba vigílan la ciudad; los ríos Huallaga e Higueras cercan su superficie, y las calles la cortan horizontal y transversalmente. Paseamos con deleite por sus calles disfrutando la arquitectura de sus viejas casonas e iglesias y contemplando a las hermosas damas huanuqueñas que acostumbran pasear por las transitadas calles 28 de Julio, 2 de Mayo, Abtao, Huallayco, Aguilar, Huánuco, General Prado y Dámaso Beraún.
Pero el trabajo es primero, así que nos lanzamos a realizar un recorrido por sus atractivos principales. La ciudad preserva con gran cuidado sus iglesias, quizá su principal legado colonial.
El primer templo construido en la ciudad fue la iglesia San Cristóbal, a pocos metros del río Huallaga, en el mismo lugar donde Fray Pablo de Coimbra celebró la primera misa. Hasta hoy se guarda celosamente en sus sacros ambientes un cáliz de plata y hierro que perteneció a Santo Toribio de Mogrovejo,
También llegamos hasta la iglesia de San Francisco, cuyo edificio fue levantado por los padres de esta antigua congregación. Por sus tragaluces ingresa la luz del día que nos permite asombrarnos ante tanta riqueza del pasado. El altar mayor resalta por su estilo churrigueresco, y al costado se encuentra la más bella pintura de la ciudad, Santa Gertrudes.
Salimos de la iglesia y decidimos acudir a otro templo donde anónimos hombres, hace miles de años, rindieron culto a dioses perdidos en el tiempo: es el templo de las Manos Cruzadas de Kotosh, que se encuentra apenas a tres kilómetros de Huánuco, el cual fuera descubierto por el sabio Julio C.Tello en 1935. No podemos dejar de sentir respeto a un lugar que fue levantado 4,200 años a.C. con las primeras manifestaciones artísticas de las culturas que prosperaron en los andes centrales,
Regresamos a Huánuco y las calles bailan. 0 mejor dicho los Negritos danzan. El baile, que data de la época colonial, consta de 16 danzarines que bailan en parejas, bajo las órdenes de los caporales. Los disfraces brillan bajo el sol. La elegancia de los pasos nos remiten al minué de origen europeo, lo que podría decirse es como un remedo sarcástico de la encopetada cultura del Viejo Continente, En este alegre cuadro participan también La Dama y El Turco -los privilegiados-, El Abanderado y los "Corochanos", que representan en la danza a los blancos españoles.
El sonido de la música se va perdiendo mientras nos alejamos de la ciudad para internarnos en sus provincias.
Tingo María, la bella
La cabeza parece queso fundido. El sol concentra sus rayos sobre nosotros. Han sido cuatro horas de viaje sobre la tolva de una camioneta recorriendo los 135 kilómetros que dista Tingo María de la ciudad de Huánuco.
La sensación de estar en plena selva se acentúa cuando ingresamos al túnel del cerro Carpish. El cambio es notorio e impresionante: de un lado los Andes, la sierra a plenitud, y al otro, la espesa y verde vegetación además del calor agobiante de la selva.
Un recodo más y Tingo María aparece bajo el radiante sol. Al fondo, una mujer que descansa de cara al cielo, extendida cuan larga es -aproximadamente doce kilómetros- duerme apacible, imperturbable ante los ruidos de una ciudad que hormiguea a su lado.
Es la Bella Durmiente, la curiosa cadena de montañas que se encuentra en medio de la llamada Cordillera Azul.