La Villa Rica de Oropeza
El estampido de los cohetones se mezcla con la larguísima pitada del tren. Huancavelica nos recibe alegre y soleada. En esta oportunidad preferimos lo soleado antes que lo alegre, pues el calorcito es toda una bendición a los 3,676 metros sobre el nivel del mar en la otrora Villa Rica de Oropesa.
Los rieles brillan intensamente bajo el sol, los pasajeros se agolpan en la estación, muchos de ellos llevan coloridos ponchos, sombreros, chullos multicolores. Estamos seguros que es lo más colorido que hemos visto en el recorrido que hemos realizado por el país.
Descendimos del tren luego de seis alucinantes horas desde Huancayo dentro de la cabina del maquinista. Caminamos unas cuantas cuadras hasta llegar a la bella Plaza de Armas. Una pileta lanza un brillante chorro de agua hacia el cielo azulísimo huancavelicano. Pero lo que nos detiene pasmados es contemplar las torres de la catedral de color blanco sillar que resalta entre el azul del cielo y el color de las montañas que rodean la ciudad.
En el frontis dé la también conocida como Iglesia Matriz de San Antonio, dos blanquísimas torres contrastan con un retablo de piedra de color rojo indio, labrada con diseños barrocos en la suave piedra volcánica. Parece un ave con las alas extendidas que muestra su encarnado pecho al sol.
Este bello edificio de líneas coloniales se empezó a construir en 1673 y fue terminado sesenta años después, es decir en 1733. Al traspasar la pesada puerta de madera y después de acostumbrarnos a la tenue penumbra, pudimos apreciar sus innumerables obras de arte. Las imágenes de Nuestra Señora de las Mercedes, la patrona de la ciudad, San Antonio de Padua, El Señor de la Agonía, Jesús Nazareno, Cristo Pobre, entre otros.
También pudimos apreciar las enormes pinturas de representaciones del cielo, el purgatorio; el infierno y de la Ultima Cena.
Una decena de cirios brillan ante el altar mayor que existe de pared a pared. La luz que ingresa por el tragaluz hace resaltar los toques indígenas que decoran el altar barroco e imaginamos las anónimas manos de esos artistas indios que dejaron su huella pese a la fuerte influencia española.
En la Plaza de Armas el sol sigue brillando. Toda ella mantiene la tradicional estructura colonial que implantaron los españoles: pudimos admirar el antiguo -y muy bien conservado edificio de la municipalidad, el de la Prefectura y el Palacio de Justicia.
¿Van a bañarse? nos preguntaron unos amigos. Se nos escarapeló hasta el pelo: Ya pensábamos en dar una excusa sobre los problemas del organismo cuando sufre abruptas alteraciones de la temperatura, pero al ver nuestro rostro, sonrieron y nos dijeron que nos invitaban a los Baños Termales de San Cristóbal. Bueno, allí sí que el alma regresó a nuestro cuerpo gélido y nos dirigimos hacia al barrio de San Cristóbal, en las faldas del cerro Potoqchi. Allí ingresamos con cautela a sus aguas -40 grados centígrados es para sancochar a cualquiera- que fueron examinadas por el mismo Antonio Raimondi en 1857 y gozamos de estas aguas que sirven para curar diversas dolencias de las articulaciones y de la piel.
Salimos al atardecer cuando el cielo poco a poco se ilumina con puñados de estrellas al alcance de la mano. Pero pocos se animan a cogerlas pues las noches son frías, especialmente en estos meses. Pero unas copitas de chutito, un trago de la zona, hacen que la sangre se caliente, bajo el chullo, guantes, y toda la ropa que llevamos puesta.
Al día siguiente, nos dirigimos a la iglesia de Santa Ana. La mañana todavía está fría, pero a medida que el sol recorre las calles éstas comienzan a llenarse de colorido y de transeúntes que van y vienen. Por fin el sol ilumina el frontis de Santa Ana, de cuya construcción se dice se inició en 1590 y se le considera la primera de Huancavelica. Cruzamos su pórtico en arco labrado totalmente en piedra roja volcánica. La iglesia tiene una nave principal con dos altares. En uno de ellos se eleva la imagen de la Virgen del Rosario, a la cual también llaman la Virgen Forastera. Flores y pájaros, diseños tomados seguramente de la escuela huamanguina, iluminan sus paredes.
La iglesia de San Sebastián es nuestra siguiente parada. Está ubicada en una plaza donde también se levanta la imponente iglesia de San Francisco. Y es precisamente en esa plaza donde se escenificaba hasta 1898 un violento ritual que enfrentaba a los bandos de "cristianos" y "moros" cada 20 de enero.
No faltaban los heridos y muertos.
Lo primero que llama la atención son sus retablos tallados en madera y revestidos en pan de oro. En uno de ellos se encuentra la delicada imagen del Niño de Lachoc, de quien se dice se convirtió en aliado celestial del Mariscall-Cáceres durante la Campaña de la Breña, se dice que se apareció en unos pastizales y ayudó en el combate. Por ello la veneración de su preciada imagen.
La iglesia de San Francisco fue construida a mediados del siglo XVII. Cuenta la historia que fue edificada en forma de cruz báltica y que las piedras con las que se construyó se sacaron de una cantera donde antes había aguas termales. El interior también tiene sus atractivos particulares: un altar mayor y retablos de extraordinario tallado, con imágenes realizadas en maguey.
En nuestro recorrido por las iglesias llegamos hasta la de San Cristóbal que fue levantada aproximadamente en 1770 en el conocido barrio del mismo nombre ubicado en la parte más alta de la ciudad. La caminata sinceramente nos abrió el apetito, así que nos cominos un par de obligados y tradicionales bizcochuelos. Lo primero que llama la atención es su portada barroca y las dos torres laterales coronadas con bellísimas cúpulas. En su interior hallamos excepcionales cuadros de la natividad del Niño, también frescos que ilustran la pasión y muerte de Jesucristo.
Luego en el barrio de Ascensión encontramos dos iglesias más: La Ascensión y La Dolorosa. En el interior de La Ascensión se hallan todavía dos enormes y sorprendentes cruces -de aproximadamente ocho metros- que llegan hasta el techo de la construcción y que son sacadas en procesión en el mes de mayo, durante la tradicional y colorida Fiesta de las Cruces y la Semana Santa,
En la tarde, nos subimos a un carro recorrimos los tres kilómetros y medio por la carretera a Huancavelica-Huancayo para llegar hasta la Casa hacienda Santa Rosa. Una joya colonial que tiene dentro de sus linderos una casona de patios amplios, y una pequeña iglesia. En la esquina un inmenso eucalipto se levanta airoso. Lo que nos sorprendió a primera vista son los murales republicanos pintados en el frontis de la amplia casona. Faenas agrícolas, una pareja que camina en el campo y un embarcadero con una nave que tiene la bandera peruana reformada por el presidente Torre Tagle. Pero parece que el descuido está dejando que este beIlo complejo termine sus días sin ningún tipo de restauración y mejora.
Nuestro interés también nos llevó también hasta el Arco del Triunfo, o también conocido como el Arco de Santa Inés Pata, en la entrada de Huancavelica. Nos colocamos debajo de él. La belleza del trabajo del labrado en la piedra volcánica no deja duda que artistas de la zona trabajaron con particular inspiración. Es el mismo arco por donde el Mariscal Andrés Avelino Cáceres apareció con su ejército después de librar la brillante Campaña de la Breña.
A diferencia de otras ciudades del centro del Perú, en cada calle de Huancavelica hay
siquiera un lugar que llama la atención del forastero. Cámara en ristre se pueden fotografiar viejísimos balcones, comuneros caminando por sus veredas usando sus tradicionales y coloridos trajes, portones que guardan en sus maderos siglos de historia, el mercado impecable y muy bien organizado que ofrece una enorme variedad de alimentos, placitas que aparecen en cada esquina y sobre todo, la amabilidad de sus pobladores.
Antes de partir hacia el interior de Huancavelica comprobamos que la ciudad está de fiesta cuando muy de mañana nos despierta el tronar de los cohetones y la alegre música de la bandas. Son las siete dé la mañana y ya hay varios grupos danzando en la plaza de la iglesia San Francisco. Nos acercamos para la foto del recuerdo y no sabemos cómo ya estamos brindando con un ponche calientito mientras tomados de la mano bailamos en ronda con varios vecinos. Aún no hemos dejado la ciudad y ya la extrañamos. A duras penas logramos despedirnos de los nuevos amigos mientras partimos hacia otros lugares de interés que esconde Huancavelica, tierra sagrada y linda.