Si el Ferrocarril del Centro justifica su existencia por los millones de dólares en minerales que descarga en el Callao, provenientes de La Oroya y Cerro de Pasco, el trencito que une Huancayo con Huancavelica vale porque transporta una carga más preciada: la gente que día a día utiliza sus vagones como única vía de contacto con el mundo exterior.
"Es el trencito pasajerito", dicen los pobladores cuando escuchan su potente bocina rebotando en las montañas anunciando su próxima parada. Su silueta de serpiente de hierro surge lenta e imponente en la curva del cerro más cercano esforzándose por arrastrar sus 300 toneladas de hierro y madera por una de las rutas más accidentadas y bellas del mundo.
En la cabina de la locomotora, el conductor don Víctor Gómez desacelera el motor de 6 pistones y al mismo tiempo acciona los sistemas de frenos hidráulicos mientras jala el cordón de la bocina. Tiene 54 años; hace 33 empezó como ayudante de vagón
y fue ascendiendo a carpintero, brequero, albañil, carrilano y desde hace una década es maquinista. "Creo conocer a todos los paisanos de estos pueblos -nos dice sin dejar de mirar los controles- ellos bendicen estos rieles porque el trencito es el carguero de los pobres".
Estamos en la estación de Pilchaca, ubicada en los límites departamentales de Junín y Huancavelica. Son las siete de la mañana. Hace aproximadamente una hora partimos de Huancayo y nos acomodamos en los asientos de cuero y madera del vagón "bufette", que parece un restaurante móvil con sus asientos frente a frente y su mesita de por medio.
El gélido viento de las mañanas andinas entra por las ventanas pese a que el brillo del sol inunda el paisaje. La belleza de los vallecitos huancavelicanos bañados por las aguas del río Mantaro; contrasta con las tenebrosas cifras estadísticas que colocan a este departamento andino entre los más pobres del Perú. El tren avanza lentamente sobre su riel de trocha corta, construido en los años 30 para soportar el viejo tren de vapor, aquel que ganó su fama de "tren macho" sorteando los abismos, quebradas y los 38 túneles ubicados en el camino de Huancavelica hacia Huancayo y viceversa.
Fueron años en que había que ser bien macho para treparse al tren a vapor y correr el riesgo de quedarse en el camino por alguna insospechada avería. Años en que no se sabía la hora exacta de llegada o de salida, pues emprendía la marcha "tarde, mal o nunca.
Esos años son ahora sólo un recuerdo. El "trencito pasajerito" es remolcado ahora por una locomotora Gibbins & Birmingham de 68 toneladas; con motor diesel ("viejito
pero cumplidor", nos dicen los pasajeros)
Sólo el viajecito de cuatro horas hasta Huancavelica justifica una buena e inolvidable jornada turística, ingresando por los parajes más impresionantes de los Andes centrales. Además del vagón "bufette", el trencito ofrece los servicios de primera, segunda y tercera. En todo caso, recomendamos el servicio "bufette" pues ofrece la posibilidad de fotografiar o filmar los hermosos paisajes que se suceden en el camino: bosques de eucaliptos, sembríos de avena y cebada en las pendientes de las montañas, enormes paredes de roca esperando a los escaladores ó los remolinos y "rápidos" de ríos atractivos para una buena jornada de canotaje.
La siguiente parada es Cuenca, un pequeño poblado de campesinos dónde el tren se detiene apenas dos minutos para cargar y descargar, tiempo que aprovechamos para dejar el vagón "bufette" a la carrera y trepar a la cabina de la locomotora. Allí nos recibe don Víctor Gómez sin soltar los controles de mando mientras se comunica a gritos y señales con los brequeros y carrileros.
Observamos su rostro chamuscado por el sol, su gorrito azul de maquinista, su gruesa y vieja chompa con la que cada día soporta el helado viento que ingresa por su ventanilla. No podemos evitar una comparación con los sofisticados equipos que usan los conductores de trenes en otros países, donde los operarios se comunican con intercomunicadores y van vestidos con uniformes o chaquetas especiales para el clima, lentes solares y...pero no nos hagamos ilusiones, estamos en el Perú.
Desde la ventana vemos a uno de los brequeros parado sobre el techo de uno de los vagones de carga, orgulloso y temerario, soportando el viento helado pese a que sólo lleva un viejo mameluco. Una imagen inolvidable. De pronto, vemos que se tiende boca bajo y comprendemos que se aproxima un túnel, abrimos la pequeña puerta de hierro de la cabina y nos instalamos en la punta de la locomotora para saber qué se siente ingresar a esas cavernas que exponen las intimidades de las montañas andinas.
Pepe Alva suelta sus cámaras fotográficas y se sujeta de la baranda. La tenue luz permite ver el techo rocoso del túnel cubierto de hollín, el ruido de la locomotora se hace casi insoportable y un viento helado atraviesa nuestras casacas, chompas y camisetas. No sin alivio vemos la luz al final del túnel y al salir no podemos evitar un fuerte suspiro de alivio. "Esto es peor que el tren fantasma", comenta Pepe, pálido pero sereno. 37 túneles después, cuando llegamos a Huancavelica, ya estábamos curados del susto.
En su viaje de ida, el trencito realiza 8 paradas antes de llegar a Huancavelica. Luego de Cuenca, se detiene en Izcuchaca, célebre por su pequeño puente de piedra donde huancas e incas, incas y españoles, realistas y libertadores, peruanos y chilenos, etc. etc. sostuvieron cruentos combates por lo estratégico de su ubicación. Allí los vagones se ven asaltados por vendedores de chicharrón, empanadas de calabaza y deliciosos bollos.
Luego se detiene en Mariscal Cáceres (donde se pueden comprar habitas sancochadas con queso de cabra) seguido por el próspero pueblo de Acoda "El paraíso perdido" que permite la visión de hermosos paisajes andinos mientras comemos sus sabrosos buñuelos. Sigue Yauli, un bello poblado situado en las faldas de una montaña y considerada la capital artesanal de Huancavelica donde probamos papitas sancochadas con queso y, finalmente nos espera la estación de la capital departamental, construida en madera y que guarda como monumento histórico el viejo trencito a vapor.
Antes de bajar contemplamos a los cientos de pasajeros descendiendo de los vagones. Una banda de músicos completa baja con sus instrumentos en la mano, una pareja se saluda con un largo beso de bienvenida, decenas de comerciantes cargan su mercadería, saludos, abrazos, gritos ...nosotros nos despedimos de don Víctor Gómez mientras guardamos los rollos y cámaras fotográficas usadas durante esta inolvidable travesía, convencidos de que el futuro turístico de Huancavelica está sobre los rieles del trencito pasajerito.