Son las cinco de la mañana, minutos más minutos menos. Un recio comunero me despierta retirando las matas de ichu que cubren mi bolsa de dormir: "vamos, compañero, el chaccu está empezando". Entumecido por el frío a duras penas logro empacar mi bolsa y cargar mi mochila mientras el viento gélido me hiere el rostro. No lo puedo creer he dormido con el jean puesto, dos pares de medias, botas de campaña, dos polos de algodón de manga larga, una gruesa chompa de alpaca y mi pesada casaca impermeable, sin embargo, estoy tiritando de frío y siento como si la sangre se me hubiera congelado en las venas. A poco más de 4,500 metros sobre el nivel de la Costa Verde me hacen falta dos pulmones más para capturar el escaso oxígeno del ambiente mientras los agitados latidos de mi corazón retumban en mis sienes.
Hacia el este, allá sobre la cima del Apu Kuntur, el cielo se torna azul anunciando el alba. La esperanza de un rayito de sol sobre mí congelado cuerpo me hace ferviente adorador del Inti, el sol, ese viejo dios andino. A paso lento me acerco al riachuelo para acicalarme y espantar el sueño lavándome la cara, pero es inútil pues el cauce está congelado con una gruesa capa de hielo debido a los cinco grados bajo cero que tuvo que soportar durante la madrugada.
Unas palmadas sobre el hombro me terminan de despertar. "Tómese un calientito para espantar el frío, compañero-me dice un anónimo comunero mientras me ofrece una jarra de aguardiente mezclado con algo que tiene sabor a emoliente. No sé qué estoy tomando pero lo importante es que la vida vuelve a mi cuerpo, que mi sangre se descongela, que siento un torrente de calorcito devolviéndome el fervor.
Poco a poco las luces del amanecer me permiten vislumbrar las sombras que andan apuradas a mi lado. Decenas de comuneros vistiendo sus ponchos multicolor o sus casacas cerradas hasta el cuello con la capucha cubriendo sus cabezas, avanzan hombro a hombro formando un enorme cerco humano en torno a las manadas de vicuñas.
Sus rostros de bronce curtidos por el sol y las heladas, su mirada fija adivinando el camino, me hacen pensar en algún mensaje genético inalterable que los hace repetir el antiquísimo ritual del chaccu: la caza colectiva de la vicuña, ese bello camélido sudamericano que se negó a la domesticación y que lleva enredada en su finísima fibra la solución a la pobreza que durante siglos agobia a las comunidades de campesinos y ganaderos altoandinos.
De pronto el lejano tronar de los waqrapuqus rompe el silencio de la planicie y los dos mil comuneros responden a esa señal con el atronador grito de batalla "!!chaccu!!, ¡!chaccu!!", mientras aceleran la marcha como si asistieran a un combate cuerpo a cuerpo, formando un enorme cerco en torno a las espantadas vicuñas que creen escapar sin imaginar que van cayendo en la trampa, en un inmenso embudo de mallas y postes instalado la noche anterior en las llanuras de Pampa Galeras, la Reserva Nacional dedicada exclusivamente a la protección y cuidado de la vicuña.
Con la adrenalina al tope voy siguiendo a los comuneros, corriendo y gritando, exaltado, haciendo aspas con los brazos para espantar a las vicuñas que están a mi alcance y evitar que huyan del cerco humano, del fantástico chaccu, una ceremonia que desde hace cinco años congrega cada 24 de junio a los comuneros de las alturas de Lucanas, en
Ayacucho.
Una hora más tarde, cientos de vicuñas yacen atadas en el enorme corral, esperando su turno para ser trasquiladas con tijeras de acero o rasuradores eléctricos. La fiesta ha comenzado: los míticos danzantes de tijeras hacen de las suyas en los alrededores del recinto, exigiendo la bendición de los apus, llamando a las divinidades telúricas para exigirles el Inkarri, rezando a las pacarinas mientras un ejército de comuneros vistiendo atuendos incaicos inician la verdadera ceremonia del Inti Raymi, la Fiesta del Sol, tal y como se desarrolló en los mejores años del Tawantinsuyo.
De pronto el Inca aparece en andas vistiendo sus atuendos de rigor, cubierto con una fina capa de fibra de vicuña símbolo de su poder divino, y rodeado de un ejército de guerreros finamente ataviados. La ceremonia culmina cuando el soberano ofrenda una llama, la más bella de la manada, al dios Sol para exorcizar los demonios de la Tierra: las plagas que afectan los cultivos, las pestes del ganado, las injusticias y los abusos, pero por sobre todo para que no falten vicuñas en la pampa y para espantar a los cazadores furtivos.
Así, uniendo un ritual de carácter económico como el chaccu con la escenificación de la fiesta a la divinidad solar, Pampa Galeras se ha convertido en los últimos años en uno de los rincones de
Ayacucho más atractivos para el turismo.
Casi al mediodía guardamos chompas y casacas pues el sol cae como plomo, quemando la piel y haciéndome olvidar el atroz frío nocturno. Por todos lados huyen las vicuñas trasquiladas que vuelven a las llanuras conservando un margen de fibra que les permite soportar el frío altiplánico. Pero la fiesta continúa en Puquio o en los anexos vecinos, donde la música, las danzas, el trago y las viandas de comida típica son compartidas por comuneros y forasteros, hermanados por los antiguos ritos andinos.
Cansado pero feliz prometo a los apus-wamani y a las pacarinas volver el próximo año para compartir esa incomparable experiencia del chaccu y del Inti Raymi en Pampa Galeras.