"Quiero que conozcas a unos amigos" - nos dijo Virgilio Grajeda, reportero gráfico de La República que había estado en
Ayacucho en muchas oportunidades. Así que acudimos a un pequeño taller donde vimos una fragua, un gasómetro, y un pequeño yunque. En medio de todo ello, pudimos conocer uno de los representantes del maravilloso trabajo en filigrana en Ayacucho, que hasta ahora conserva ese preciado arte de tejer maravillas con hilos de plata. Se trataba de don Miguel Flores Carrasco, de 76 años, acompañado de sus hijos Vasco y Miguel que aprendieron el arte de convertir el oro y plata en finas obras de arte.
Es un seguidor de aquellos artesanos que desde el Virreinato desarrollaron los grandes trabajos diseñados encargados por los templos. Mientras saboreamos un vaso de chicha de jora. Don Miguel trabaja con gran delicadeza. De sus manos sale de pronto una flor, una corona de plata o una sortija engarzada, o un zapatito para el niño Jesús. Cada una es una obra original, no tiene parecido a ninguna otra. Parece un sencillo Midas ayacuchano.
Piedra sobre piedra de Huamanga
La piedra cobra vida. Un delicado trazo, un suave contorno comienza a delinearse. Es un bello toro, cuidadosamente esculpido que lanza un inaudible mugido retando a su oponente. Una bella pieza realizada en piedra de Huamanga. Es un trabajo de Don Saturnino Blanco, uno de los mejores, nos dijo el vendedor.
Mientras observábamos con detenimiento la pieza nos parecía casi imposible que en una piedra tan delicada y casi transparente, pueda hacerse un trabajo tan bello. La maestría se adquiere con el tiempo, reza el dicho. Y los artesanos de Huamanga comenzaron con su lección desde el siglo XVI, cuando los aprendices de maestros españoles aprendieron la técnica y dotaron a la bella piedra blanca de un nuevo sentido, de nuevas figuras que vinieron a engrosar la nutrida imaginaria popular que existe en nuestro país.
Esta piedra es tan frágil que los artistas sólo pueden esculpir figuras de no más de 40 centímetros. De allí surgen estatuillas, santos, nacimientos, joyeros. Y
Ayacucho está llena de ellas, las puedes encontrar literalmente en cada esquina. Son casi como bellas-y esculpidas -piedras en el camino.
Los retablos de don Joaquín
Es el hijo de don Joaquín López Antay. Y eso es decir mucho. A sus setenta y tres años. Don Joaquín sigue manteniendo la línea que hizo famosos mundialmente a los retablos ayacuchanos. Línea impuesta por su padre, el primer artesano que recibió el Premio Nacional de Cultura en 1974.
Llegamos en un momento crucial pues estaba guardando sus retablos para enviarlos a una feria en Lima.
Así que desde el fondo de una enorme caja de cartón fueron saliendo retablos de todos tamaños y colores. Retablos que con pequeñas figuras de yeso amasado y pintado cuentan la historia que un pueblo, de sus costumbres y anécdotas, de los oficios que desempeñan. Un universo dividido en dos. El mundo de arriba y el abajo dividido por una simple tablilla. La sagrada familia, nacimientos, la cruz del camino. Todo cabe en un retablo.
El tradicional retablo ayacuchano está formado por una caja rectangular-un antiguo altar portátil- con dos puertas adornadas con flores pintadas. Esta infinidad de imágenes están trabajadas con una pasta hecha de yeso hervido, amasado con papas, aceite y goma. Luego, como parte de la creación, se pintan con brillantes colores y finalmente
las imágenes se cubren con barniz disuelto en aceite mineral de trementina. Don Joaquín nos dice, a través de su cálida voz, que el retablo ha ido evolucionando al igual que la historia del hombre. "Por ello ha ido incluyendo nuevos personajes y situaciones como aquella de colocar figuras y costumbres de los pueblos de la selva lugares que visité hace muchos años. Una forma de tributo a estos pueblos", nos dice don Joaquín.
No resistimos la tentación de llevarnos un retablo, un trozo de historia de
Ayacucho.
Una iglesia por favor
De barro, agua y arcilla roja. De la mezcla de estos elementos nacen millares de iglesias que se elevan hacia el cielo de Quinua, la tierra de los mejores artesanos de Ayacucho. Iglesias de altas torres que a veces caen a los lados, o se elevan como plegarias. Cada artesano coloca en ellas relojes ventanas pequeñas, ángeles que miran desde las cornisas.
Cuando uno recorre Quinua cada casa se convierte en un taller de artesanía. Es que casi el cien por ciento de sus habitantes tienen ese pacto de creación con la tierra misma.
Y sobre esos talleres -en realidad, sobre todos los techos de las casas- se elevan iglesias en miniatura cómo símbolo de la religiosidad de este pueblo de la serranía ayacuchana.
Pero no sólo son iglesias: su imaginación da para más. Mamachas dando de lactar sus hijos, toros arrastrando el arado, músicos en extasiada interpretación de sus instrumentos, campesinos limpiándose el sudor de la jornada, nacimientos.
Sobre cada mesa de las casa innumerables muestras de la creatividad: campos de cultivo con chacras, animales, árboles, riachuelos, la dramatización de la lucha entre el cóndor y el toro, casonas oscuras, borrachines durmiendo a pierna suelta. En fin, un universo de barro y agua.