De no ser por algunas prendas de vestir "modernas" la imagen nos remonta al pasado. Durante siglos, los chayagüitas han recorrido el Paranapura sobre balsas hechas de troncos amarrados que se hunden en el agua por al peso de la tripulación y de su mercadería, compuesta por algunos sacos de arroz, varias cabezas de plátanos verdes y algunas aves de corral que ofertarán en el mercado de Yurimaguas.
En la proa viaja el jefe de familia guiando al "timonero", su hijo mayor, un adolescente que viaja en la popa sujeto a una gruesa caña que hace de timón y remo a la vez. Bajo un pequeño toldo hecho con hojas de palmera está la mujer y sus otras tres pequeñas hijas, la menor durmiendo sobre una bolsa de vituallas para el largo viaje, vigilada de cerca por la abuela, que se muestra hostil con nosotros.
El papá y el hijo mayor lucen gastados jeans y polos, mientras que las mujeres de la familia visten sus prendas típicas y pinturas rituales en el rostro.
-¿Desde dónde vienen, hermano? -preguntamos mientras nos acercamos a su balsa. -Desde Balsapuerto y nos vamos hacia Yurimaguas -nos responde el papá en tono amigable y con el conocido acento selvática. -¿Cuándo salieron? -insistimos.
-Hace cuatro días, más o menos, y llegaremos remos pasado mañana a la ciudad.
Una semana de viaje para vender su pequeña cosecha y sus animales y para volver en un peque-peque con semillas, un paco de dinero y las escasas herramientas que logren adquirir con sus ventas.
Las niñas y las adultas se han mostrado hurañas con nosotros, pero todo acaba cuando les ofrecemos una bolsita de caramelos, sólo así nos dedican una sonrisa y nos responden algunas preguntas en su dialecto nativo, traducido por el jefe de familia.
Conforme avanzamos nos cruzamos con más balsas de chayagüitas, siempre familias enteras, algunos incluyendo hasta las mascotas (perros o loros), siempre la misma pobreza y el cansancio del viaje en los rostros de los navegantes. Lo que más nos llamó la atención fue una balsa con la familia entera incluyendo un toro cebú, asegurado a duras penas en un corral.
Casi al mediodía pasamos por Balsayacu, un pequeño poblado situado en una de las esquinas del Paranapura. Desde el río, el poblado da una bonita impresión con sus malocas bien instaladas sobre el barranco que da hacia el río y sus enormes campos de cultivo como canchas de fútbol con el césped perfectamente conservado. Lo único que afecta el paisaje son los horribles techos de calamina que contrastan con los finos techos de hojas de palmeras.
Un poco más allá nos cruzamos con un norme banco de arena blanca que parece pequeña isla en medio del río y es donde nos detenemos para almorzar, previo chapuzón, unos deliciosos pandichos (Pan de árbol) que nos invita un lugareño, un kilo de galletas de soda y dos latitas de atún. Cerca de nuestra playa los peces hacen de las suyas; palometas, manitoas y ganitanas saltan por la superficie del río y nos lamentamos por no haber incorporado una cañita de pescar o un buen cordel en nuestro equipaje.
No habían pasado ni quince minutos de nuestra partida de aquel banco de arena cuando el hermoso cielo azul se fue poblando de densas nubes: El fuerte viento que golpeaba nuestra proa nos advirtió la proximidad de un aguacero, otorgándonos cierta ventaja para cubrirnos con nuestros ponchos impermeables. Las gotas de lluvia fueron cayendo sobre la superficie del río hasta que junto con los truenos una gruesa cortina de agua cayó sobre nosotros, implacable, acentuada por la velocidad de nuestra nave; impidiendo advertir los amenazadores troncos que flotan en el río.
El día se oscureció mientras el chubasco nos empapaba hasta el alma, sin respetar nuestros impermeables. Los truenos estallaban sobre nosotros y su bombardeo sólo era aplacado por el ruido del motor fuera de borda. La lluvia, en cambio, mojó hasta nuestros pensamientos. Las gotas se estrellaban contra la nave como ráfagas, cegándonos casi por completo.
Agua. Agua sobre nosotros, agua bajo nosotros, estallando como si las gotas quisieran volver al cielo, como si rebotaran contra el río, agitando su cauce, retorciéndolo.
Así estuvimos viajando durante casi una hora, húmedos y en silencio, asombrados bajo ese muro de agua que se precipitaba sobre nosotros.
-Aquí siempre llueve así, -me respondió Mauricio Acho, imperturbable, mientras conducía nuestra nave bajo el diluvio.
Casi a las cinco de la tarde llegamos a nuestro destino: Varadero del Paranapuras, un poblado cuyo nombre nos trae a colación el famoso balneario cubano.
Como en la isla caribeña, Varadero sabe a turismo, a trópico, a sensualidad. Su gente nos recibe amablemente pero nos sorprende comprobar que nuestra presencia espantó a los niños del poblado. Poco después nos enteramos que habíamos sido confundidos con los vacunadores del Ministerio de Salud. Una larga vereda asfaltada es la avenida principal de este poblado escondido en los vericuetos del río Paranapura.
Todos nos ofrecen hospedaje pero para no provocarles problemas elegimos pernoctar en el local de las Hermanas de la Caridad, un grupo de misioneras laicas dedicadas a obras de caridad, educación y salubridad en la zona. Por ellas supimos que Varadero fue fundado por misioneros a fines del siglo XVIII, durante las avanzadas de catequización dirigidas primero por los padres jesuitas y luego por los franciscanos.
En la noche, las hermanas nos sorprendieron con una suculenta cena y una exquisita jarra de limonada con agua de lluvia previamente potabilizada. Así nos enteramos que casi todas las hermanas provienen de ciudades de la costa y sierra norte del Perú, pero se han asentado en Varadero para continuar su obra misionera.
A las nueve en punto nos dieron las buenas noches, y nos instalamos en una amplia maloca para dormir sobre cómodos tapetes do paja bajo nuestros mosquiteros.
Dormimos literalmente como troncos y sólo fuimos despertados por el violento bombardeo de rayos y truenos que precedieron la tormenta nocturna.
A la mañana siguiente, muy temprano, decidimos buscar un ruta por el monte apto para circuitos turísticos. Fue así como contactamos con un "trampero", quien nos guió durante una hora en medio de la selva virgen hasta el lugar donde ha instalado sus rústicas trampas para armadillos. El camino estaba fangoso y tuvimos que atravesar riachuelos y pantanos propios de la selva húmeda, comprobando además que de nada sirven los botines más sofisticados o de las marcas más famosas, y que basta con un par de botas de jebe de para internarse sin problemas en el corazón de la selva.
Dos horas después volvimos a Varadero, hicimos las fotografías de rigor y nos despedimos de las amables Hermanas de la Caridad previo delicioso desayuno con café tostado y panes cocinados en el horno de la misión.
De regreso por el Paranapura nos detuvimos en Moyobambilla, un pequeño poblado muy bien organizado y rodeado de cochas o aguajales (tahuampas) pobladas de peces y caimanes. El poblado merece un tratamiento especial para visitas de turistas pues ofrece un paisaje difícil de olvidar, con sus plantaciones y sus enormew lagunas con palmeras y otras especies de árboles nativos.
Ocho horas después estábamos de retorno en Yurimaguas, cansados y hambrientos pero felices, dispuestos a difundir las maravillas escondidas en los parajes del Alto Amazonas, uno de los lugares más bellos y menos explorados del departamento de Loreto.