Cuál sería nuestra sorpresa cuando desde la orilla contemplamos un hermoso velero (de esos que abundan en los balnearios de Lima) que navegaba veloz rumbo al pequeño muelle.
-¡¡Esa es la foto! -dijo Paul Vallejos mientras preparaba los lentes de su cámara fotográfica para aprovechar la luz cada vez más escasa.
Mientras nos preguntábamos quién es ese loco que tuvo la gran idea de traer veleros a Pomacocha, tratábamos de imaginar otras hermosas lagunas del Perú convertidas en sedes naturales de los deportes acuáticos, con cientos de turistas remando en kayacs, descansando en un catamarán, pescando tranquilamente en su bote o compitiendo en certámenes de sky acuático, motojet y remo olímpico.
En Pomacocha este sueño puede ser una hermosa realidad. Este es el proyecto del empresario hotelero Carlos Gonzales Henríquez -el loco del velero-, quien adquirió el ex hotel de turistas de Pomacocha y lo rebautizó Puerto-Pumas.
"Pomacocha ofrece todas las garantías para las prácticas de navegación en vela o en remo, y el sueño de una larga jornada pescando con caña o cordel en medio del lago" -nos explica Gonzales.
Esa noche nos hospedamos en Puerto Pumas gozando de sus cómodas instalaciones y la hermosa vista nocturna del lago. Más tarde cenamos un delicioso caldo de gallina en un pequeño restaurante de Pomacocha, donde Gonzales ya es considerado un vecino más, mientras oíamos sus entusiastas proyectos: "La idea es implementar un circuito turístico que integre Tarapoto y Moyobamba, en San Martín, con Pomacocha y Chachapoyas, en Amazonas, y con Yurimaguas, en Loreto. Todo en un solo paquete organizado en Lima, garantizando así el desarrollo del turismo en toda zona.
Al día siguiente, muy temprano, cargamos con kayacs, canoas y veleros para internarnos en Pomacocha. Bastaron cinco minutos de remo para olvidar el frío matutino y a eso de las ocho de la mañana los primeros rayos del sol dieron el ambiente tropical que caracteriza a la zona.
Con el velero se puede recorrer todo el lago en un día, aprovechando el viento, pero hay que llevar sombrero y polo para evitar la insolación. Al mediodía nada mejor que un buen chapuzón para refrescar la jornada y dormir la siesta en un catamarán para adquirir un buen bronceado.
Pero teníamos que continuar el viaje hacia
Chachapoyas.
Andariyacu: Una catarata para Andares
La idea era visitar primero
Kuélap y luego Chachapoyas, pero el camino nos obligó a paradas sucesivas para contemplar el imponente paisaje: profundas quebradas cubiertas de vegetación y cañones de paredes casi verticales cortadas por el curso del río Utcubamba, caudaloso y provocativo, invitando a una jornada de canotaje en sus peligrosos rápidos y turbulencias.
Fue en esta zona donde sentimos en carne propia la temporada de lluvias que había convertido el camino en casi un pantano intransitable. Fueron precisamente las lluvias las que nos impidieron visitar las cataratas de Chulucapampa, muy cerca del poblado Pedro Ruiz, pero no evitó que contempláramos las enormes cascadas (algunas de ocho o nueve "velos") que se precipitan desde lo alto de las montañas a lo largo del camino; y que desaparecen cuando se acaban las lluvias.
A 10 kilómetros de Pedro Ruiz hicimos un descanso en Churuja (1,570 m.s.n.m.) pequeño poblado ubicado a orillas del Utcubamba, aprovechando un cese de la tormenta para comprar algunas gaseosas y galletas.
Al salir del pueblo, desde la ventanilla del auto vimos una impresionante caída de agua rodeada de una enorme nube de vapor. Detuvimos el coche para consultar entre los lugareños el nombre de esa enorme cascada:
-No tiene nombre -nos aseguró un anciano- pero no conviene subir en esta época, en el monte abundan los tigriIlos y las serpientes.
Pero la curiosidad pudo más y de inmediato nos vestimos con botas de jebe, ponchos impermeables y machetes para internarnos en la selva cargando todo el equipo fotográfico.
Eran las 10 de la mañana, el cielo estaba encapotado de nubes y la lluvia seguía cayendo pero con menos intensidad. Nadie en el pueblo quiso acompañarnos, así que el grupo expedicionario fue encabezado por Conrado Rengifo, un trabajador del hotel Puerto-Pumas que se ofreció acompañarnos hasta
Kuélap. Su experiencia se basaba en los años que sirvió en el Ejército Peruano vigilando las fronteras de la Cordillera del Cóndor.
Primero hallamos una trocha usada por los campesinos de la zona, pero que se perdió conforme fuimos ascendiendo por el monte. Fue entonces cuando tuvimos que abrir trocha a machete limpio, guiándonos con la brújula, pero equivocando el camino sucesivamente. A los pocos minutos ya estábamos empapados por la humedad de la frondosa vegetación que formaba un techo sobre nosotros, protegiéndonos de la lluvia , pero impidiendo vislumbrar el camino que nos esperaba . Casi siempre terminábamos frente a una pared rocosa habitada por bandadas de loros.
Después de una hora de camino nos fuimos guiando por el poderoso sonido de la catarata, similar al de un huaico precipitándose desde las alturas.
Media hora después y luego de rondar por la base de la pared rocosa, caminando sobre enormes troncos de árboles caídos, surgió un paisaje difícil de olvidar: algo así como un oasis poblado de palmeras surgía a los pies de un acantilado en forma de herradura. Sólo crecían palmeras y daba la impresión de que la industria humana había podado los arbustos y árboles pequeños que abundan en la zona.
Unos pasos más y comprendimos que los fuertes troncos de las palmeras eran lo único que podía soportar el choque del agua al caer sobre la roca, un chorro de más de cinco metros de ancho que rebotaba como una explosión de agua contra la base de enormes rocas, disparando chorros en todas direcciones como si se tratara de un tifón arrancando árboles y plantas a su paso. Sobre nuestras cabezas; decenas de loros huían espantados, pero sus fuertes gritos eran silenciados por el tronar de la cascada.
La imagen era sobrecogedora. Nos sentimos indefensos ante el poder de la Yacumama (la "madre agua") que se precipitaba sobre nosotros a poco más de 80 metros de altura. Nuestros ponchos impermeables fueron inútiles para evitar empaparnos hasta los huesos con la fuerza de la caída, y tuvimos que acondicionar un espacio especial para instalar los trípodes y poder fotografiar esa imponente catarata a la que bautizamos
ANDARIYACU, el Agua de Andares.