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ANDARES
MALA, LA BUENA NOTICIA
Texto y fotos: José Alva S.
Los tamales y chicharrones son sólo un pretexto para llegar a este lugar lleno de historia y tradiciòn al sur de Lima.
Fueron veinte minutos de trayecto desde Chilca al distrito de Mala. Y apenas bajamos del bus nos sorprendió el dinamismo y gentileza de su gente. A la altura del kilómetro 85 de la Panamericana Sur, Mala se enfrasca en una diaria lucha por mantener su liderazgo comercial en la región.
En los años 80, cuando se estableció el nuevo trazo de la Panamericana Sur, Mala quedó prácticamente aislada, ya que la anterior vía cruzaba por el corazón de su pueblo. Muchos pensaron que se iría extinguiendo, y con ello la tradición de sus tamales y chicharrones serían sólo un agradable recuerdo. Pero los maleños no cejaron y, poco a poco, como un poderoso imán, atrajeron nuevamente la atención hacia su valle.
Y ahora estábamos en el justo medio, viendo cómo acuden como abejas al panal centenares de automovilistas, hasta los locales donde se venden los deliciosos tamales y crocantes chicharrones.
Pero esto es un delicioso pretexto, pues Mala nos ofrece mucho más. A través de la historia siempre se consideró a este lugar de una gran importancia, en el llamado horizonte intermedio o Wari Tiahuanaco recibió la influencia de la cultura Aymará mediante el reino Regional del Ichma, que tuvo su sede en la desembocadura del río Lurín.
En cuanto al origen de su nombre probablemente viene de la voz aymara Malla o Mallac, que significa "persona pálida o de color marchitado", como una forma de describir los rasgos físicos de los habitantes de estas tierras.
Posteriormente, cuando los incas conquistan el reino de Ichma, lo cambiaron por el dios Pachacámac y lo integraron al panteón cusqueño. Y fue desde el centro arqueológico, conocido ahora como "El Salitre", donde se irradió la divinidad de este dios costeño.
También, según la historia, fue aquí, el 13 de diciembre de 1537, donde se reúnen Francisco Pizarro y Diego de Almagro, a fin de decidir la posesión del Cusco, lo que dio origen a la cruenta guerra civil entre los socios de la conquista.
Luego de este brochazo histórico, nos dirigimos hasta la remozada Plaza de Armas en la que se levanta su Iglesia Mayor, que alberga en su interior bellos retablos trabajados en pan de oro. Según cuentan las leyendas, ésta se erigió sobre un antiguo cementerio, lo que anima a las almas de los difuntos a salir en procesión alrededor de la plaza a medianoche, rezando por el negado descanso eterno.
Después nos dirigimos hacia el valle, al distrito de Calango. Allí nos detuvo la vista de una imponente construcción: la antigua hacienda La Rinconada, en una época una majestuosa edificación levantada en 1,600 y que perteneció a la familia Asín. Ahora sólo se observan algunos niños que juegan en su immenso y abandonado patio, a la espera de mejores tiempos.
Al descender al valle no pudimos más que admirar su fertilidad, siempre regado por el río Mala. Detuvimos nuestra marcha hasta las instalaciones del local Campestre Municipal Laguna Encantada, cuyos bungalows estan listos para recibir a los turistas que desean su ración de sol y campo fuera de Lima.
Al retorno por la Calle Real y La Barranca, nos detuvimos ante el Templete de Barranca,
una pequeña iglesia de dos torres, desde la que se observa la campiña en toda su extensión, a la que, según reza en el frontis, los maleños acudían a rezar desde 1818.
El sol y el hambre arreciaban, así que decidimos dar solución a ambas necesidades. Ingresamos a la chicharronería de los Hermanos Barahona, ubicada desde hace 35 años en la tercera cuadra de la antigua Panamericana Sur. Los tamales y los chicharrones aparecieron y desaparecieron como por arte de magia en nuestra mesa. Exquisitos. Elaborados con el mejor maíz y los carnosos chanchos del valle, son suficiente argumento para que los limeños se agolpen los fines de semana ante su establecimiento para devorar estos manjares populares.
Más tarde, se nos metió entre ceja y ceja la idea de ver cómo el río Mala vertía sus caudalosas aguas en el mar. Así que raudos tomamos un colectivo hacia Las Totoritas, un exclusivo balneario a 3.2 kilómetros de la ciudad. Allí, sobre un macizo rocoso, se levanta, cincuenta metros arriba, el centro ceremonial "El Salitre", donde todavía se puede ver parte de las pirámides y las plataformas que iban hacia el templo principal que habría dominado el valle durante los siglos XI-XV. Desde allí observamos la llamada boca del río. Millares de gaviotas esperaban sobrevolando el encuentro de estas dos aguas: las del Mala y del Pacífico, para obtener su ganancia de pescadores. Realmente imponente.
Más tarde, como para redondear la faena, llegamos hasta la Caleta Bujama, en la que pescadores y sus familiares de raza negra celebran cada fin de semana sus festivales de danza, como una forma de perpetuar y mantener sus tradiciones.
La tarde comenzó a madurar, y era necesario partir, así que prometimos volver para celebrar el Festival de Plátano, el producto más importante de la región. Esperamos no resbalar en el intento.
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