Texto y fotos: José Alva S.
La fiesta de la Candelaria en Puno, una interminable fiesta en honor a la virgen en su reino sobre los 4,800 metros de altura.
Mauro Núñez Laura no tiene precisamente un pacto con el diablo. Con la venia de la Virgen de la Candelaria, este estudiante de último año de derecho en la Universidad Andina, en Puno, se transforma a medida que la luz del día de la Octava -como se le llama al primer domingo, ocho días después del día la virgen- se introduce por la ventana de su casa en el Barrio Calvario. Se coloca una a una las prendas que lo convertirán en un ser cornudo, un Diablo Especial, extraído de las entrañas de las minas, redimido luego para venerar a la "Mamacha Candelaria". Este es diablo oscuro, rutilante, infatigable, pretencioso, provocativo, sensual que justo ese día pretenderá ganar e Concurso Regional de Danzas en trajes de Luces que se realiza en el Estadio Monumental Torres Belón; junto a su agrupación "Confraternidad Diablada Victoria" conformada por más de 150 personas entre diablos, ángeles, diablezas, caporales, cholitas, diablos especiales y "chinas".
Mauro, ahora convertido en Diablo Especial, se persigna ante la imagen de la Virgen y se encamina hacia el estadio, haciendo sonar sus cascabeles de sus oscuras botas en medio de la calle.
Es imposible abordar totalmente la Fiesta de la Candelaria. Es una explosión de colores, centenares de danzas y de fe inconmovible hacia esta virgen asentada en su trono sobre los 4,800 metros sobre el nivel del mar. Todos en el altiplano tienen algo que decirle, cantarle y danzarle. Llegan desde todo el Perú -y también desde el exterior- con el único objetivo de mostrar que cualquier gasto físico y monetario es poco para demostrar su amor a esta Mamacha puneña.
Todavía no existe la certeza de cuándo fue escogida la Candelaria para interceder ante Dios por sus discípulos altiplánicos. Pero los relatos orales sitúan esta fecha en los primeros meses de 1781, cuando las fuerzas del lugarteniente del caudillo Túpac Catari y del azangarino apellidado Vilcapaza, quien mantenía los ideales del gran rebelde de América indígena Túpac Amaru, sitiaron la villa de Puno.
No había nada que hacer contra la arremetida de 12 mil hombres que se habían posesionado estratégicamente de los cerros aledaños. Se ubicaron en Huajsapata, Yuraj Orqo y Orcopata. Los gritos de guerra se escuchaban hasta la Plaza de Armas, y el temor de caer en manos de los rebeldes era casi un hecho. Los puneños sólo pidieron a la Virgen de la Candelaria que interceda por ellos: La sacaron del templo San Juan y luego realizaron una procesión entre cánticos, oraciones y los gritos dé amenaza de los sitiadores. Esa noche Puño durmió vigilante, con la angustia de ser exterminado.
Pero no sucedió nada por el estilo. Al día siguiente, los gritos amenazantes se apagaron. Y con sorpresa vieron que los enemigos se habían retirado de los cerros liberándolos de la muerte y destrucción. Esto se consideró como un milagro de la Virgen de la Candelaria, y por ello la eligieron -o se eligió- como su patrona y protectora.
Desde entonces Puno baila, canta, reza y se juerguea en su nombre. Pero hay algo más en este culto. Según los estudiosos, es el resultado de la simbiosis de las dos culturas, de dos religiones: la occidental y la indígena. Tras la liturgia y forma cristiana, que llegó de ultramar con los conquistadores, se pueden observar elementos indígenas que mostrarían que al venerar a la Virgen de la Candelaria también lo hacen a la Pacha Mama, la Madre Tierra, que representa el motivo fundamental de la vida y del universo.
Comienza el festival
El estadio Torres Belón es un hervidero popular a las ocho de la mañana. Miles de personajes acuden entre los sones de los implacables bombos y trompetas de más de un centenar de bandas que han acudido a este lugar. Cada agrupación musical hará hasta lo indecible para amenizar y prestigiarse con las innumerables danzas que se realizarán en el gramado. Allí, bajo el mismo auspicioso cielo, y en sólo ocho minutos, cada una de las 65 agrupaciones demostrará lo que han venido practicando durante meses. Todo el trabajo de un año se evidencia en este pequeño espacio de tiempo.
Allí las danzas de sicuris, caporales, waca waca, diablada, tuntunas, morenadas, tinkus, zampoñistas kallahuaya, ayarachis, doctorcitos y sayas se lucen en este domingo de Octava. Dos mil danzarines han puesto sumo cuidado para memorizar sus pasos de baile y lucir sus vestimentas. Trajes de luces cargados de lentejuelas, espejos, pedrería, polleras, penachos, pecheras bordadas, sombreros y capas cuyo alquiler puede costar más de 150 soles por toda la semana, según la exquisitez y el. trabajo en cada uno de ellos.