EI llamado Callejón de Conchucos es una de las tres alternativas turísticas que tienen los andes ancashinos, aparte del
Callejón de Huaylas y los poblados de la Cordillera Huayhuash.
Desde la ciudad de Huaraz tomamos un micro y nos internamos en la ruta hacia Catac, una estratégica intersección desde donde se bifurca el camino: al este el Callejón de Conchucos con su emblemática ciudad de Huari y hacía el sur Chiquián, corazón de la cordillera de Huayhuash.
Nevados que se elevan sobre los cinco mil metros, valles con diferentes tonalidades de verdes y dramáticos cambios del color del cielo mientras cae la tarde. Al fondo, impecable, el espejo de Querococha refleja el azul del cielo serrano.
El aire se enrarece, pues comenzamos a ascender para atravesar el corazón mismo de la cordillera a través del túnel de Cahuish (4450 msnm), que une en su largo y tenebroso recorrido la vertiente del Pacífico con la vertiente Atlántica de los Andes. Desde ahí comienza el descenso hasta llegar hasta las mismas puertas de "El Castillo" de Chavín de Huántar. Finalmente habíamos cubierto 113 kilómetros que dista Chavín de Huaraz. Continuamos nuestro viaje hasta Huari, capital de la provincia del mismo nombre, fundada en 1572, es el pueblo más importante de todo el Callejón de Conchucos.
Allí encontramos un sinnúmero de atractivos que hasta ahora no han sido explotados concienzudamente. En las cercanías observamos una bella flor de color lila. Era la flor de Huagancu. La flor heráldica de Huari y que pertenece a la familia de las orquídeas, y que para los huarinos simboliza el amor que cautiva hasta el llanto. Ello obliga a quedarse al forastero, y si se va, lo hará huagando (llorando).
El nombre de la población de Huari, que se encuentra a 3,160 metros de altura, viene de un vocablo quechua que significa indómito, autóctono, gigante. Y además proviene del antiguo nombre del dios de la sierra central, aquel que enseñó el arte de la agricultura.
Según un último catastro arqueológico de la zona, se han logrado contabilizar hasta 104 lugares de interés para los investigadores y turistas, incluyendo restos de antiguos edificios e impecables "caminos del Inca".
Uno de estos lugares es Rapayán, a más de tres mil metros de altura, que agrupa a una docena de fortalezas cuyos torreones alcanzan hasta los doce metros de altura, hileras circulares, andenería y terrazas agrícolas.
Y así como este lugar también uno se puede sorprender con Marcajirca, Huaritambo, Huacchis, los petrogrifos de Yunguilla, y un centenar más de asentamientos preíncas. A todos estos atractivos les sumamos algunos trayectos del famoso sistema vial de los
Caminos del Inca, que van de sur a norte en el trayecto de
Cusco a Cajamarca.
Pero de restos arqueológicos no sólo vive Huari. También existen sus famosas iglesias como las de Yanas, Huántar, Uco, Paucas, Huacchis y Rapayán, que conservan desde la Colonia retablos y murales originales.
En Yanas, por ejemplo, existe una exquisita muestra de más de doscientos metros de pintura mural realizado por los padres dominicos a mediados de 1570. Y por cierto, la naturaleza es quizás el elemento más importante en todo este tour. Uno logra mantenerse en contacto con ella como jamás podría imaginarse. Por ejemplo un paseíllo gourmet por el cálido valle de Puccha para recoger -con el permiso de sus dueños, claro- chirimoyas, ciruelas, paltas, naranjas, plátanos, mangos. Pero si su intención es el safari fotográfico también existen ejemplares para satisfacer todos los gustos: el oso de anteojos, el puma, el zorro, venados, la taruca, vizcachas, patos, cernícalos, gavilanes y torcazas.
Las lagunas y cataratas son una exclamación aparte. Cada una de ellas ha dado origen a leyendas y mitos que aumentan el atractivo para visitarlas. Allí están Reparín, Purhuay, Tisguyoc, Ishcaycocha, Bombón, Jatún Potrero, Yuraccocha.
Una excelente posibilidad para aquellos que gustan del descubrimiento de nuevas rutas, de nuevas experiencias y Huari con seguridad es una de ellas.