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ANDARES
CHAVIN, LAS PIEDRAS QUE RUGEN
Luego de recorrer los increíbles paisajes de la Cordillera de Huayhuash, retornamos a la intersección de Catac para dirigirnos hacia el mal llamado Callejón de Conchucos que de Callejón no tiene nada, pues se trata de una cadena de hermosos valles interandinos que terminan en las orillas del Marañón, nuestra Serpiente de Oro.
Vamos al encuentro de la historia para visitar Chavín de Huántar y comprender por qué la provincia de Huari lleva el título de la Capital Arqueológica de la Región Chavín. Seguimos por un camino afirmado que nos lleva desde la vertiente occidental hasta la oriental de los Andes en apenas quince minutos. Es lo que tardamos en atravesar el túnel Carhuish a poco más de 4 mil metros sobre el nivel de las playas ancashinas. Una hora más tarde, bajando por hermosas quebradas decoradas con enormes dameros de plantaciones multicolores, llegamos al "Castillo de Chavín" a la enorme cancha ceremonial, al anfiteatro de piedra construido hace tres mil años a orillas del río Mosna afluente del Marañón
Allá nos enteramos que la historia de estos restos arqueológicos -considerados la cuna de la civilización en los Andes Centrales- están directamente relacionados con los huaycos e inundaciones provocados por e Fenómeno del Niño.
Don Julio C. Tello descubridor de Chavín de Huántar llegó por primera vez a este lugar en 1919, pero no encontró nada, pues los monumentos yacían sepultados desde hacia hacía siglos.
Volvió a la zona en 1934 para descubrir que la crecida del río Mosna producida durante el Fenómeno del Niño de 1925, había erosionado gran parte de sus orillas sacando a relucir las misteriosas construcciones.
Así lo describió el sabio Tello en su cuaderno de apuntes: "...al contemplar los daños causados por el río tuve una grata sorpresa: en las capas más profundas del acantilado descubrí una multitud de fragmentos de alfarería que había estado buscando en toda la región andina".
El hallazgo transformó la historia del Perú prehispánico y sus investigaciones serían fundamentales para reconstruir los restos arqueológicos que años después, en 1945, volvieron a ser enterrados por un enorme alud de piedra y lodo.
Al recorrer las instalaciones de Chavín de Huántar uno queda pasmado ante la puntillosa perfección en el tallado de las piedras, el Pórtico de Chavín, las Cabezas Clavas, y el todavía misterioso y atemorizante dios cincelado en el llamado Lanzón Monolítico.
Nos detenemos en medio de la gran plaza que está en el edifico del templo de Chavín. Según los investigadores podía albergar hasta 20 mil personas, que venían a rendir culto al dios felínico graficado ampliamente en su cerámica y vestigios arqueológicos.
Bajo este templo también existen 24 pasajes subterráneos, oscuros y angostos, que llegan hasta habitaciones que habrían servido como depósito de ofrendas al temible dios de granito.
Al llegar al Lanzón el visitante queda impresionado ante esta inmensa mole de piedra que simula a un gigantesco puñal clavado en la tierra.
Se puede observar que en su superficie está grabado el cuerpo se su temible hacedor, de aquel que podía decidir entre la vida y la muerte de sus seguidores. Un rostro con rasgos felínicos manos y pies que terminan en garras, y además una cabellera formada por haces de serpientes. Un dios que habría reclamado la sangre de sacrificios humanos.
En el interior de !as mismas galerías vemos agrupadas a un conjunto de cabezas-clava que en un tiempo estuvieron colocadas en las paredes del exterior del Templo Chavín Eran en total 56 de estas esculturas líticas, fieles guardianas de los secretos que se guardaba en el interior.
Los estudios del sabio Julio C. Tello determinaron que estas cabezas clavas eran imitaciones simbólicas de los cráneos degollados de los enemigos. Una costumbre enraizada en tribus de la selva. Por ello, una razón más para reafirmar la teoría que sostenía este investigador huarochirano los antiguos pobladores de Chavín habían llegado de la espesura amazónica para poblar los andes.
Las puertas de ingreso al complejo Chavín se cierran tras nosotros. Aún sentimos la rugosidad del Lanzón en nuestras manos. Habíamos tocado a un dios de hace tres mil años.
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