Una leyenda de pasión, amor y guerra dio origen a los imponentes paisajes del Callejón de Huaylas: El curaca Huáscar quedó perdidamente enamorado de la hija del feroz Huaylas, curaca de una tribu enemiga. Los amantes lograron fugar hasta que fueron capturados por las tropas de Huaylas, pero no pudieron vivir separados y por gracia de los dioses quedaron convertidos en los dos nevados más hermosos del lugar, el Huascarán y el Huandoy. Se dice que los amantes hasta ahora lloran su separación y esas lágrimas heladas son las que nutren la hermosa laguna de Llanganuco.
Ambos nevados-amantes sirven como telón de fondo al inolvidable paisaje del
Callejón de Huaylas, uno de los rincones más hermosos del mundo y el favorito de los turistas peruanos y extranjeros.
Cuenta la historia que los únicos extranjeros que no se llevaron un buen recuerdo de Ancash fueron los españoles que llegaron con Francisco Pizarro. Mientras se dirigían a Cusco los conquistadores soportaron una férrea resistencia en Conchucos y Huaylas, la que finalmente fue reprimida a sangre y fuego. Será por eso que Huaraz, la capital departamental, es una de las pocas ciudades peruanas que no cuenta con partida de nacimiento propiamente dicha.
En 1860 Antonio Raimondi recorrió toda esta zona, enamorado de su imponente belleza y describiendo los numerosos pisos ecológicos, poblados y ruinas arqueológicas que corren a lo largo y ancho del departamento. Pese a que el recorrido fue inverso al que realizan en la actualidad los turistas que visitan el
Callejón de Huaylas, Raimondi acuñó una frase que hoy en día se canta en las famosas coplas del lugar "Yungay hermosura, Caraz dulzura, Huaraz presunción". Y describió las ingentes riquezas mineras del departamento.
Estas riquezas, empero, fueron causa de los maltratos y explotación de los naturales durante el Virreinato, provocando un conmovedor capítulo en la historia mundial de la defensa de los Derechos Humanos, cuando los curas se enfrentaron a los corregidores locales, los excomulgaron y lograron que el propio rey de España firmara una cédula amparando a los indios contra los abusos de las autoridades españolas locales.
Desde el fatídico cataclismo de 1970 que dejó en ruinas el departamento y que cobró la vida de 70 mil personas, el Callejón de Huaylas se ha convertido en un imán para los turistas peruanos y foráneos que llegan a gozar los impresionantes paisajes andinos de la cordillera tropical más alta del mundo o para realizar deportes de aventura y alto riesgo.
Para esto existe en el Callejón de Huaylas una adecuada infraestructura turística y una cómoda autopista. Sin embargo, otros hermosos rincones del departamento no pueden explotar sus recursos turísticos por no contar con carreteras adecuadamente asfaltadas que permitan el acceso masivo de los turistas.
La belleza de su paisaje, el fervor por recorrer los imponentes rincones de su geografía, la ancestral hospitalidad de su gente y el sofisticado folklore local han convertido al departamento de Ancash, en uno de los lugares más visitados por los turistas. Es por esto que ANDARES dedica este número al
Callejón de Huaylas, primero, y el siguiente fascículo a otros parajes de enorme potencial turístico.
Sechín, guerreros de piedra
No hay peor camino que aquel que no se anda. Por ello nos dirigimos hacia Ancash, la cuna de la cultura Chavín y escenario de las cordilleras más bellas e imponentes del Perú. Pero previa visita a Huaraz, el corazón del circuito turístico de este departamento, nos adentramos a la provincia de Casma.
Allí encontramos el Complejo Arqueológico de Sechín, con tres mil años de antigüedad, el cual posee murallas de piedra adornadas con sus imponentes y feroces guerreros, además de viviendas, depósitos, canales de regadío y templos. Una joya arqueológica que aún preserva el misterio del modo de vida de sus moradores. Tan espectacular como su construcción, allí nos enteramos que el descubrimiento de Sechín fue un episodio histórico que tuvo como artífice a don Julio C. Tello.
El 1° de julio de 1937, Tello y sus discípulos Toribio Mejía Xespe y Hernán Ponce planearon permanecer no más de 72 horas en Casma para dar un vistazo a los restos arqueológicos del valle, antes de proseguir su viaje en un cumplidor Ford modelo "T" rumbo a Trujillo. Ellos eran el grupo de avanzada de la famosa expedición arqueológica al Marañón, organizada por la universidad de San Marcos con el apoyo financiero del millonario norteamericano Nelson Rockefeller, quien se encontraba en Lima por aquellos días y de inmediato aportó dos mil dólares (seis mil soles de la época) al enterarse del proyecto, comprometiéndose a publicar los resultados de la investigación.
Fueron por tres días y se quedaron tres meses en Casma. Mientras medían las dimensiones de las huacas ubicadas en la zona de Sechín Alto, el ayudante Víctor Dueñas, de sólo quince años, comentó a Mejía Xespe la existencia del "indio bravo", un lugar ubicado en la falda de un cerro donde los brujos de Casma realizan sus rituales.
Escrupuloso en los detalles y para no perder tiempo en recorridos inútiles, el profesor Tello sometió al adolescente a un verdadero interrogatorio, obligándolo a describir y reproducir el dibujo grabado en aquella piedra. Víctor insistió: "es un rostro de perfil que muestra los dientes con ferocidad y tiene los pelos en punta".