Allí esperaba el curaca ricamente ataviado, los jefes guerreros y la élite de sacerdotes encargados del ritual. La ceremonia duró toda una tarde y el escenario escogido dentro de la Huaca de la Luna fue una plataforma de adobe construida en torno a un afloramiento rocoso que simula la silueta del vecino cerro Blanco. Las paredes de la plataforma estaban decoradas con altorrelieves de color rojo y amarillo con la figura de Ai Apaec, el feroz dios degollador, dueño de la vida y de la muerte de los moches. Allí fueron sacrificados brutalmente los 43 jóvenes y adultos, en una desesperada y sangrienta ceremonia para evitar las inundaciones, lluvias torrenciales y la posterior catástrofe económica producida por el Fenómeno del Niño.
Mil quinientos años después, más exactamente en 1995, el arqueólogo canadiense Steve Bourget, como parte del Proyecto Arqueológico Huaca de la Luna, descubrió los restos de los sacrificios humanos, confirmando las teorías de que este monumento
funerario tuvo una utilidad ceremonial muy importante para los moches y que los sacrificios humanos, como en toda gran civilización de la antigüedad fueron parte del comercio espiritual del hombre con la naturaleza y con los dioses.
Los restos de las excavaciones arqueológicas son lo que más sorprende en estos días a los turistas que visitan la Huaca de la Luna, situada al sur de la Huaca del Sol y en las faldas del cerro Blanco, apu wamani de los moches.
Es aquí donde las investigaciones arqueológicas de la Universidad de Trujillo han logrado desenterrar asombrosos murales y los restos de los feroces rituales que sólo se conocían en la iconografía de los famosos huacos mochicas.
La visita promete toda una jornada de contacto con el pasado y con la silenciosa y dura labor de los arqueólogos peruanos. En la Huaca de la Luna se puede comprobar la costumbre de enterrar los monumentos con gruesas capas de adobe, una técnica que logró conservar durante siglos los finos relieves y decorados de las huacas. También se pueden confrontarlas construcciones con unas finas maquetas halladas durante las excavaciones, así como otras piezas que salieron a la luz en las recientes investigaciones arqueológicas.
Un detalle importante es que la Huaca de la Luna consta de seis edificios superpuestos, construidos en un período de 600 años, hasta alcanzar los 30 metros de altura.
Allí se puede pasear por patios y recintos ceremoniales donde nuestros antepasados fueron armando su complicada cosmovisión y sus rituales íntimamente vinculados a la naturaleza, una sabiduría que se daba por perdida pero que viene siendo reconstruida gracias a la fina tarea de los arqueólogos peruanos.
EMBRUJO MOCHE
A sólo 60 minutos de Trujillo, en la margen derecha del valle de Chicama, provincia de Ascope, los turistas pueden retroceder 4 mil años en la historia del departamento de La Libertad.
El distrito se llama Magdalena de Cao, nombre con el que también es conocido un pequeño poblado famoso por sus maleros y shamanes.
Se puede llegar desde Trujillo en colectivos, combis y microbuses, y de ahí basta tomar una mototaxi para llegar al enorme complejo arqueológico de las huacas El Brujo, Cao Viejo, Huaca Partida y Huaca Prieta; imponentes y antiquísimas pirámides donde los arqueólogos han desenterrado los vestigios de sucesivas culturas que se asentaron en el lugar desde el año 2000 antes de nuestra era. Las visitas suelen durar un día, pues en la zona no existen adecuados alojamientos para turistas, pero se puede permanecer más tiempo compartiendo de paso la hospitalidad de los pobladores de Magdalena de Cao.
El paseo empieza por el balneario de Punta Prieta, al oeste de El Brujo, donde aún se pueden contemplar las excavaciones realizadas en la década de 1920 por el arqueólogo estadounidense Junius Bird, quien descubrió valiosos vestigios de los primeros habitantes de la costa peruana.
Luego recomendamos ascender a Huaca Partida y desde su cima contemplar toda la zona arqueológica y la hermosa vista de la playa en forma de herradura situada justo al frente del complejo arqueológico.
Dicen los lugareños que Huaca Prieta es un monumento femenino, vinculada o la Luna, mientras que Huaca El Brujo es masculino y relacionado al Sol. Y es precisamente en El Brujo donde los turistas pueden conocer una de las investigaciones arqueológicas más importantes del siglo, auspiciadas por la Universidad de Trujillo, el INC y la Fundación Augusto N. Wiese.
Todo empezó en 1990 y coincidió con los descubrimientos de las Tumbas Reales de Sipán, en Lambayeque. En ambos casos, los estudios y hallazgos han resucitado el pasado esplendor de la civilización Moche.
Luego de un delicado y exhaustivo trabajo de excavación e investigación, los arqueólogos dirigidos por Régulo Franco y Segundo Vásquez han logrado desenterrar hermosos murales con escenas rituales de los moches, conservando el color original de sus altorrelieves.
En uno de los muros se puede observar un grupo de prisioneros desnudos y atados por el cuello caminando hacia el sacrificio ritual. En otra, una danza ceremonial de guerreros ataviados con trajes de guerra y puruchucus (coronas de plumas).
Pero nada como el enigmático mural -denominado por los arqueólogos como el "Tema complejo" con escenas de la cosmovisión moche donde se repite la imagen de un jerarca local que luce una corona de oro de cinco puntas semejante al de los reyes europeos. Un antiguo e indescriptible asombro embarga a los visitantes quienes tratan de descifrar el mensaje o la historia oculta durante dos mil años en ese mural de adobe y gastados colores que se ha convertido en el orgullo de los arqueólogos.
En El Brujo los visitantes pueden comprobar todo el proceso de investigación arqueológica, desde la excavación hasta el trabajo de reconstrucción física y virtual, realizado en un laboratorio de informática. Incluso se puede observar las huellas de un catastrófico Fenómeno del Niño que acabó con el apogeo de esta zona hace aproximadamente mil años.