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CHAN CHAN

LA CIUDAD
DE LA LUNA

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CHAN CHAN, LA CIUDAD DE LA LUNA

Textos Roberto Ochoa B.

A sólo cuatro kilómetros al noroeste de Trujillo, camino al balneario de Huanchaco, a los turistas nos espera un contacto directo con la historia y el asombro: ante nosotros la perfección y magnificencia de Chan-Chán, la ciudad de adobe más grande del mundo.
Chan-Chán fue, sin duda, una digna y majestuosa capital del imperio Chimú que no deja de maravillar a los visitantes. Basta recorrer sus amplias plazas, sus palacios, depósitos y centros de adoración edificados con enormes paredes de adobe que superan los cuatro metros de altura.
"La ciudad de la Luna" o de "Las largas Murallas", como también se le conoce, comenzó a edificarse en el siglo XIII d.C. hasta lograr finalmente su grandioso apogeo urbanístico a mediados del siglo XV, cuando fue conquistada por las tropas incaicas. Desde allí los jerarcas chimú gobernaron un extenso imperio que cubrió los actuales departamentos de Piura, Lambayeque, La Libertad, Ancash y Lima. Entre sus murallones trabajaban los orfebres -herederos dé la delicada maestría Moche- transformando el oro y la plata en complicados y bellos diseños que reproducían la flora y fauna local, con toques geométricos y escenas cotidianas de la vida Chimú. Sus pasadizos eran recorridos a diario por nerviosos sirvientes o apurados comerciantes que intercambiaban sus productos con lejanas regiones de la costa, sierra y selva. Ante sus palacios desfilaban las orgullosas y feroces tropas de guerreros chimús, dispuestos a ganar nuevos territorios para su gobernante.
El sol cae a plomo y todavía no hemos recorrido siquiera uno de los quince kilómetros que tiene todo el perímetro de este complejo arqueológico, sin embargo, la maestría de estos arquitectos logró hacer de Chan-Chán un lugar donde la frescura del mar podía sentirse en toda su extensión.
Según estudios realizados sobre sus características arquitectónicas, los techos facilitaban la circulación de corrientes de aire que además era complementado con jardines, pozos y lagunas artificiales, recreando un microclima especial -mucho más agradable que el actual- dentro de la ciudadela.
Levantamos la mano a modo de visera: La extensión de la ciudad de adobe es tan vasta que sus dominios se pierden en el horizonte.
Se ha podido determinar que su extensión es de 1'417.715 m2. Sólo el mar, que se encuentra a seiscientos metros de sus edificaciones más próximas, se percibe infinito.
Su enorme extensión se debe a que Chan Chan es una ciudad de ciudades. Al morir el gobernante de turno quedaban sellados para siempre sus palacios, patios ceremoniales, talleres y depósitos donde ejerció su poder; quedando como un enorme mausoleo, como una ciudad fantasma, silenciosa y deshabitada para siempre. Al sucesor le tocaba ocupar un espacio vecino donde volvía a edificar una ciudadela para albergar a sus sacerdotes, guerreros, ceramistas, albañiles, orfebres y sirvientes.

EN NOMBRE DEL BARRO
Chan-Chan no fue el primer nombre con el cual se conoció a esta ciudad.
Según estudios de la tradición oral, cuando llegaron los españoles, en 1535, se le Ilamaba Candia. En 1536 Cauchán, en 1620 Chimo-Capac.
Posteriormente en 1644 se le conocía como Cymor y en 1739 ya se le llama Chanchau.
En cuanto a su significado existen varias teorías. Por un lado, el alemán Ernest Middendorf a mediados del siglo pasado sostuvo que proviene del vocablo yunga Jang Jang (Sol Sol). También otro alemán Herman Leich, cuando compara vocablos nativos originados en otros lugares encontró que Chan Chan significa Serpiente en países de Centroamérica y Na Chan "casa de las serpientes".
Para completar la triada alemana, José Kimich descubrió que a Chan-Chan también se puede interpretar como Luna o Largas Murallas en varias zonas del Caribe. En otras palabras: Chan-Chan es Ia Ciudad de la Luna.

EL REINO DE SHI Y AIAPAEC
Mientras caminamos por el centro de una plaza del grupo arquitectónico conocido como Tschudi, tratamos de imaginar la febril actividad de hace varios siglos: hombres y mujeres de cuerpos robustos, pelo lacio y negro, de pómulos salientes, ojos almendrados y tez cobriza ataviados con una manta larga de algodón, a modo de poncho, y sobre la cabeza un pequeño gorro. Pero lo que más llamaba la atención eran sus rostros, piernas y pies, pintados con el rojo del achote y negro de la genipa. Todos ellos muy apurados pues pronto el Ciquic, o el gran señor, acompañado por los Alaec, los grandes curacas, iniciará la ceremonia a la diosa que reinaba en el universo chimú: Shi, la Luna. Y sobre ella, como el hacedor del universo y poseedor de sus vidas, el temible Aiapaec.

CAMINANDO POR LAS CALLES DE CHAN-CHAN
Dentro de este inmenso conglomerado de edificaciones se destaca entre todas la ciudadela de Tschudi. En ella se puede percibir toda la calidad de los trabajos arquitectónicos de los chimús. Allí pudimos observar que sus frisos y diseños en alto relieve han sido conservados y restaurados con la mayor precisión. Al pasear por sus patios ceremoniales, recintos, adoratorios, estanques, nos damos una idea precisa de cómo era realmente esta ciudad en su época de apogeo. Pero en estos quince kilómetros de historia escrita en los adobes también es posible encontrar en el camino con la Huaca Obispo, el grupo de Las Monjas, la Sala de Ios Arabescos, Huaca 0lvidada, Grupo Velarde, El Laberinto, El Grupo Tello, Huaca Misa, el Grupo Chayhuac. Y si quiere algo de aventura, nada como internarse entre sus laberintos de adobe bajo el abrasador sol liberteño para retroceder en el tiempo e imaginar un día en la vida de la Ciudad de la Luna.
Y eso que todavía queda mucho por andar ...