Los primeros turistas que pisaron Tumbes fueron el español Alonso de Molina, el griego Pedro de Candia y un anónimo esclavo negro que integraban la accidentada expedición conquistadora de Francisco Pizarro. Cuentan las crónicas que éste fue el primer contacto con la civilización incaica y que los visitantes quedaron pasmados con los magníficos palacios, con la belleza de sus mujeres y la generosidad de los tumbesinos. Pero la fama de Tumbes no fue obra sólo de los incas, pues esta región estuvo poblada siglos antes por grupos humanos dedicados a la caza, pesca y, sobre todo, al comercio. Allí prosperó la cultura Yumple, considerados los mejores navegantes de la costa peruana y los mejores talladores del Spondyllus, un molusco que sólo se desarrolla en las cálidas playas tumbesinas y que fue ofrenda obligatoria en todas las ceremonias a lo largo y ancho del Tawantinsuyo. Así como Tumbes fue escenario del primer encuentro de Occidente con los incas, así también esta ciudad fue la primera en declarar su independencia del yugo hispano, según consta en el acta del 7 de enero de 1821, cuando el pueblo de San Nicolás de Tumbis expresó su voluntad de desligarse del imperio español. Años después, en 1857, fue elevado a distrito. A provincia en 1901 y departamento en 1942, por su trascendental papel en la victoria peruana durante el conflicto con Ecuador.
Fue precisamente en 1941 cuando Tumbes forjó una página imborrable en nuestra historia al ser escenario de la Batalla de Zarumilla. Este conflicto terminaría con la firma del Acta de Talara el 2 de Octubre de 1941 y luego con el Protocolo de Río de Janeiro.
Desde entonces Tumbes ha progresado gracias al esfuerzo de sus pobladores, garantizando a los visitantes un paseo inolvidable en un paraíso tropical sin salir de nuestra fronteras: playas de arena blanca con palmeras a la orilla de un mar de aguas turquesas y sol todo el año, únicas en el Perú, con la posibilidad de vivir la inolvidable experiencia de la pesca de altura o de enfrentar las olas sobre una tabla hawaiana o vivir una verdadera aventura de safari fotográfico en su reserva de Biósfera del Noroeste. Todo esto acompañado de una buena infraestructura hotelera, excelentes autopistas y sobre todo, la ancestral hospitalidad del pueblo tumbesino.
Una vuelta por la ciudad
La ciudad de Tumbes rompe todos los esquemas de las urbes costeñas del Perú. Clima tropical, un río que se puede navegar todo el año y tan cerca al litoral que se puede sentir la brisa marina en la Plaza de Armas.
Es tan apacible y segura que el único peligro que acecha a los visitantes son los llamados "matacojudos", unos enormes frutos que cuelgan de los árboles de su Plaza Mayor.
Una visita obligada es la Catedral San Nicolás de Tolentino que alberga en su interior un altar mayor trabajado en madera con aplicaciones tributarias del barroco y sus vitrales con escenas de la Santísima Trinidad y de los santos más importantes del panteón tumbesino.
A un costado de la catedral se ubica el antiguo Cabildo de Tumbes -hoy biblioteca municipal- una casona de origen colonial construida con caña de Guayaquil y rematado con una típica torre-mirador. Pero allí no queda la cosa. Otros sitios de visita obligada son la Plazuela Bolognesi y los paseos peatonales de la zona comercial: el Paseo del Maestro, Los Libertadores, El Abogado, El Triunfo, La Concordia Peruano Ecuatoriana y El Triunfino, donde están ubicados restaurantes, discotecas y tiendas comerciales.
La arquitectura de la típica casona tumbesina también es única en su género. Construidas con caña de Guayaquil, hualtaco o algarrobo, cuenta en su interior con amplios salones y pueden tener hasta tres pisos con techos altos para mitigar el calor. La Casona Feijoó ubicada entre la calles Grau y los Andes, es una de las más representativas.
Al mediodía, cuando la temperatura supera los 30 grados centígrados a la sombra, nada mejor que refugiarse en una picantería para saborear un buen cebiche de conchas negras o la gran variedad de platos a base de mariscos y pescado fresco, acompañado de música regional y un buen vaso de "clarito", esa aneja chicha de jora previamente decantada y enterrada durante años para su maceración.
Más tarde, cuando el calor lo permite, se puede pasear por la Plaza de Armas y enfriar hasta el espíritu en la tradicional heladería Curich. De allí que sería imperdonable no recorrer el malecón Benavides y la plazuela El Beso con sus rotondas y corredores.