Por: Roberto Ochoa B.
Fotos: José Alva S.
Pocos son los puertos balnearios del litoral limeño que ofrecen al turista tantos atractivos corno Cerro Azul: Impresionantes restos arqueológicos que coronan los farallones poblados de aves guaneras y de mar hermosas playas y campiñas, buenos restaurantes y mejores hostales, veredas y pistas asfaltadas, servicio de serenazgo, un exclusivo balneario, una típica caleta de pescadores y un muelle erigido como monumento al antiguo esplendor de este puerto que hoy en día apuesta por el turismo, la ecología y la historia como alternativa de desarrollo social y económico.
El puerto - balneario de Cerro Azul se ha convertido en la mejor alternativa para una jornada inolvidable de sol y playa. Para llegar basta tomar la Panamericana Sur hasta el kilómetro 132, justo donde se acaban los dos carriles de la autopista. Es decir, ni tan cerca ni tan lejos de las multitudes que en estos días visitan las playas del sur limeño. Si no se cuenta con auto propio basta tomar los buses del jirón Montevideo o las "combis" y "coaster" que pasan por el paradero de Puente Atocongo.
Un ingreso de doble arco indica la entrada al Pueblo Viejo de Cerro Azul. Lo primero que llama la atención es su remodelada placita principal y su glorieta coronada con un viejo reloj en funcionamiento.
En cada esquina un agente uniformado del serenazgo municipal controla el tráfico vehicular e impide el ingreso de vendedores ambulantes. Nuevas veredas y pistas asfaltadas y señalizadas permiten el tráfico fluido hacia el muelle y el malecón ubicadas a sólo tres cuadras de la plaza.
Es difícil perderse en este pequeño poblado que tiene como eje a su plaza y las calles Jorge Chávez, Comercio y Malecón, que corren paralelas a la playa. El muelle marca la diferencia social y económica: a la derecha la caleta de pescadores y las populosas playas del Malecón. A la izquierda el exclusivo balneario de Puerto Viejo con sus casonas y condominios construidos en las faldas de los cerros Camacho y Centinela, los mismos que albergan recintos arqueológicos prehispánicos.
Es precisamente en la zona arqueológica donde iniciamos nuestro recorrido, luego de hospedarnos en el Hostal Cerro Azul -uno de los primeros albergues turísticos- que sirvió como alojamiento al equipo de arqueólogos de la Universidad de Michigan que investigaron recientemente la zona.
La historia de Cerro Azul se remonta 10 mil años en la historia del antiguo Perú. Desde los primeros asentamientos humanos de pescadores, recolectores y agricultores hasta las sofisticadas ciudadelas, templos y fortalezas construidos por la cultura Guarco, un aguerrido y próspero pueblo que dominó la costa y sierra de la actual provincia de Cañete hasta que fueron conquistados por los Incas luego de una dura resistencia.
Siguiendo las huellas de los pescadores llegamos primero a la punta El Fraile, símbolo geológico de Cerro Azul, para luego ascender hasta la cima del Centinela, donde aún quedan las bases del célebre faro. Sobre el abismo se pueden contemplar los restos de muros que semejan un torreón, al que se llega siguiendo las huellas de una antiquísima escalinata.
Hacia el sur se puede distinguir los restos del enorme centro ceremonial, con sus templos, muros perimétricos y antiguos caminos amurallados que emergen de la arena. Una de las huacas llega hasta la orilla del mar, donde ahora sólo se ven las siluetas de pescadores locales probando suerte con sus cordeles y cañas de pescar.
La zona mereció el interés de arqueólogos de la talla de Julio C. Tello, Pedro Villar Córdova, Ramiro Mattos Mendieta, Cristopher Donnan, Alfred Kroeber, Joyce Marcus, entre otros. Pero fue la historiadora María Rostworowski quien planteó una estructura poblacionál con los templos y "torreones" dedicados a los ritos en honor a la Mamacochá (el mar es la madre de todas las lagunas) y el conjunto de viviendas ubicado bajo el actual pueblo de Cerro Azul.
El cronista Pedro Cieza de León nos ofrece la primera y magnífica descripción del Cerro Azul prehispánico, en la que resalta las enormes plazas amuralladas, la "casa real" con sus escaleras de piedra volcánica que bajan hasta la orilla del mar y la "fortaleza" construida sobre el abismo con enormes piedras: "Para ser obra hecha por los indios -escribió Cieza de León- es digna de loor y que causa a los que la ven admiración; aunque está desierta y ruinada, se ve haber sido lo que dicen en lo pasado. Y donde es esta fortaleza y lo que ha quedado de la del Cuzco, me parece a mí que se debía mandar, so graves penas, que los españoles ni los indios no acabasen de deshacerlas, porque estos edificios son , los que en todo el Perú parecen fuertes y más, de ver, y aún andando los tiempos, podrían aprovechar para algunos efectos..”.
Sin embargo, las recomendaciones del Cieza de León cayeron en saco roto pues en febrero de 1571 las enormes lajas y piedras volcánicas de Cerro Azul fueron trasladas por mar hasta el puerto del Callao, sirviendo para construir todo el sistema de agua y desagüe de la Plaza Mayor de Lima, los muros de los edificios colindantes y, años después, para levantar el fuerte del Real Felipe.
Con todo aun se puede observar una de estas impresionantes piedras en la iglesia de Cerro Azul, donde fue instalada como altar. De aquellos formidables templos y fortalezas sólo quedan los edificios de tapias y adobes; así como restos de caminos incas y los escalones de la atalaya sobre el abismo. Las viejas construcciones prehispánicas contrastan con los condominios y residencias construidas a fines del siglo XX, esta vez para alojar a limeños y extranjeros que eligieron Cerro Azul como lugar de solaz y descansó veraniego.